Hoy queremos compartir la biografía de un gran torero, el II Califa del toreo Rafael Guerra Bejarano, un matador de toros español, nacido en Córdoba el 6 de marzo de 1862, y muerto en su ciudad natal el 21 de febrero de 1941. En el planeta de los toros, es conocido por los sobrenombres de “El Guerra” y “Guerrita”.

El mismo año en que el miura Jocinero mató en Madrid a José Dámaso Rodríguez y Rodríguez, “Pepete”, nació en Córdoba un sobrino suyo que, bautizado con el nombre de Rafael, andando el tiempo habría de ser proclamado como el II Gran Califa del Toreo. Rafael Guerra Bejarano vio la primera luz y creció en la popular barriada donde estaba ubicado el matadero cordobés -del que su padre era empleado-, y frecuentó desde niño el trato con las reses y con las gentes del mundillo taurino. Parece ser que llegó a desempeñar allí algún cargo relacionado con las llaves de los corrales, pues su primer sobrenombre (“Llaverito”) hacía una clara referencia a ello.

Vencida la inicial oposición paterna, cuando todavía era un muchacho imberbe formó pareja becerrista con Rafael Rodríguez, “Mojino”, hijo del banderillero “Caniqui”, que capitaneaba una cuadrilla de toreros infantiles, los “Niños Cordobeses”. El 26 de junio de 1879, con Manuel Díaz, “Lavi”, al frente de la cuadrilla, los jovencísimos toreros se presentaron en Madrid. Al año siguiente, disuelta ya esa agrupación infantil, “Llaverito” toreó algunas novilladas que levantaron la expectación de los aficionados atentos; ello le acercó a los diestros “Lavi” y “Bocanegra”, a cuyas órdenes se visitió de banderillero durante las temporadas de 1881 y 1882.

Pero el empujón definitivo se lo dio Fernando Gómez, “El Gallo”, quien lo llevó consigo hasta 1885, ofreciéndole en no pocas ocasiones el puesto de media espada. Hay noticias de varias actuaciones destacadas del banderillero “Guerrita” -ya había hecho definitivo ese apodo en 1882- en la plaza de toros de Madrid, en dicha temporada y en la de 1883. El 2 de junio de 1884, en la plaza de Córdoba, “El Gallo” le cedió un toro que “Guerrita” despachó de un espléndido volapié; y el 5 de octubre se enfrentó al primer toro que habría de matar en Madrid, también cedido por su generoso maestro. La afición de la Corte quedó entusiasmada con aquella joven promesa del toreo.

La racha que le iba llevando de un maestro bueno a otro mejor, unida a su afán de ir prosperando en un terreno del que se sabía dominador, le deparó en 1885 un puesto en la cuadrilla de una de las figuras cimeras de aquellos tiempos, su paisano Rafael Molina, “Lagartijo”. Y éste precisamente fue el espada que, en la plaza de Madrid, el 29 de septiembre de 1887, le cedió el toro Arrecío, de la vacada de Gallardo, para que con su lidia y muerte tomara “Guerrita” la alternativa. Un año antes, el 20 de junio de 1886, el cordobés había coincidido por vez primera sobre la arena de un ruedo con quien estaba llamado a ser su más enconado rival, Manuel García y Cuesta, “Espartero”. Este primer contacto tuvo lugar en Málaga, frente a las reses de Barrionuevo.

A partir del 15 de abril de 1888, alrededor del albero de la Real Maestranza de Sevilla, la afición de finales del siglo XIX quedó dividida en dos bandos irreconciliables: los partidarios de “Guerrita” y los seguidores de “Espartero”. Pronto se vio que el infortunado coletudo sevillano iba a llevar la peor parte en este duelo singular entre dos grandísimas figuras del toreo, porque Rafael Guerra realizó en 1889 y 1890 dos campañas tan triunfales, que en la última de ellas llegó a oír en su honor los acordes de la banda musical de Madrid, reconocimiento que hasta entonces no se había otorgado en la Corte a ningún torero. Fue el día 2 de mayo, días antes de que las cañas se le tornaran lanzas en el mismo coso y ante la misma severísima afición.

En efecto, aconteció que el día 12 de mayo de 1890, fecha elegida por Salvador Sánchez Povedano, “Frascuelo”, para despedirse de la afición de Madrid y cortarse definitivamente la coleta, los partidarios de su paisano “Lagartijo” estimaron que “Guerrita” había favorecido a “Frascuelo” porque, a modo de homenaje, se había ofrecido a banderillear sus toros. Sabida es la rivalidad que existía entre “lagartijistas” y “frascuelistas”, y no menos conocida resulta la condición de seguidores acérrimos de que hacían gala los partidarios de Rafael Molina; los cuales, muy molestos con el gesto de “Guerrita”, no estaban dispuestos a perdonarle que traicionase a su paisano y maestro, y menos en beneficio de su más señalado rival. Esta fue la causa que dio origen a que, a partir de entonces, los “lagartijistas” fueran también seguidores de “Espartero” y persiguieran con ahínco cualquier error de “Guerrita”.

Debido a esta inquina, la temporada de 1891 fue muy dura para el espada cordobés; tanto, que en la siguiente sólo se presentó en Madrid en dos ocasiones. Pero, aunque en 1893 no participó en la despedida de “Lagartijo”, el día primero de julio de la campaña siguiente, reciente aún la trágica muerte de “Espartero” entre los pitones de Perdigón, logró en las arenas de la Corte uno de sus triunfos más clamorosos, después de haberse encerrado en solitario con seis toros de Murube. Cuando ya parecía estar reconciliado con la afición capitalina, un nuevo desplante (esta vez, con motivo de la despedida de José Sánchez del Campo, “Cara Ancha”) volvió a enemistarle con el sector más purista de la Fiesta. Y así -tal vez huyendo de Madrid y, al mismo tiempo, buscando hazañas cuyos ecos llegasen a la Corte-, el 19 de mayo de 1895 protagonizó una de las gestas más peregrinas de cuantas se recuerdan en los anales del toreo decimonónico: a las siete de la mañana, mató en solitario seis toros de Saltillo en San Fernando (Cádiz); a las once, alternó con “Fabrilo” en Jerez (Cádiz); y a las cinco y media de la tarde hizo el paseíllo en Sevilla en compañía de Antonio Fuentes, para enfrentarse a las reses del hierro de Murube.

Sin embargo, la afición más seria ya no le perdonaba las ventajas que solía concederse al entrar a matar, y mucho menos sus exigencias a la hora de lidiar los toros de menos trapío y más cómodos de agujas. En efecto, junto a los méritos que atesoró “Guerrita” (torero de largo repertorio, insuperable con los rehiletes y gran conocedor de todo género de astados), es obligado reseñar que hizo mucho daño a la Fiesta al erigirse en el iniciador de esa selección “a la inversa” exigida e impuesta a los ganaderos. El 15 de octubre de 1899, en plena Feria del Pilar, en Zaragoza, después de escuchar la estrepitosa bronca con que la afición le censuraba este y otros desmanes, reunió a su cuadrilla y les espetó una de sus frases más célebres: “Ea, ahí ‘sus’ quedáis, ya podéis buscarse otro maestro ‘p’al’ año que viene, que yo me marcho ‘pa’ siempre“. Dos días más tarde, se cortó la coleta en su ciudad natal, en la que disfrutó de una plácida, respetada y prolongada vejez hasta que la muerte se lo llevó en 1941.

“Guerrita”, que dejó testimonio impreso de su concepto del toreo en la Tauromaquia que dictara en 1896, fue un personaje muy notorio dentro y fuera de los cosos. Su despejado ingenio, su inteligencia natural, y un punto de descaro que amparaba en la devoción que hacia él sentían muchos de sus partidarios, le llevaron a pasar a la historia de la Tauromaquia como el autor de decenas de sentencias celebradas, aprendidas y repetidas por todos los aficionados. Cuentas de él que, cuando el rey Alfonso XIII, haciéndole un cumplido, se lamentó en su presencia de no haber llegado a verle torear, el Califa cordobés le espetó en su real cara: “¡Pues haber nasío antes!“. En otra ocasión, después de que le hubieron preguntado su opinión acerca de quién ocupaba el segundo lugar del escalafón, no perdió la oportunidad de dejar bien clara la ventaja que, según él, llevaba al resto de sus colegas: “Después de mí, ‘naide’; y después de ‘naide’, Fuentes“. Aseguraba, asimismo, que no le daba ninguna pena retirarse del torero, ya que los que de verdad iban a lamentar su ausencia eran los aficionados.

Texto extraído de McnBiografías.

El altar de los toreros

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