red
Imagen: pixabay.com

Todo es un camino al borde, por el margen de todas las cosas. Albor y ocaso al mismo tiempo en la esperanza embellecida, por ese afán de no ver la realidad, de no ver esas cosas que nunca nos pasarán a nosotros.

El atavío sutil de la victoria finalmente falsa, de la mascarada lasciva, exultante de artificio y convencimiento herido en la espera. Escribiendo nuestros nombres con mayúscula al final en ese miedo a que nos conozcan, a que sepan lo que pensamos.

La red parece haberse convertido en una especie de disfraz de hombre invisible para desaprensivos, con la mentalidad ética de un colegial, tanto como en un campo de caza para tiburones anónimos, con las características propias de estos depredadores. El anonimato ha convertido al troll, al hacker o al simple criminal en cómplices de una misma degradación de las mejores posibilidades de Internet. No es extraño que la trama antiliberal haya desarrollado sus estrategias a partir de la parasitación de amplios espacios de la red a escala planetaria.

Hoy todo está en internet. Nada se escapa a la red. La carrera armamentística nuclear ya no tiene sentido. Con sólo entrar en los programas de lanzamiento y anularlos, queda resuelto el asunto. Hoy, un hacker, que se empeñe entrar en alguna institución para desestabilizarla, consigue el caos inmediato. Por ejemplo: alguien entra en el sistema de encendido de Nueva York y consigue apagar las luces de toda la ciudad durante una noche. Al amanecer se pueden contar los asesinatos por decenas, los robos por miles y Wall Street no puede abrir porque no se puede realizar ninguna transacción. El virus Wannacry ha infectado cientos de miles de ordenadores en todo el mundo pidiendo un rescate por cada aparato de 300 dólares. Creo que han picado unos pocos que han pagado unos diez mil dólares. El crío inglés ese ha conseguido parar el asunto de la forma más sencilla y el gobierno inglés se lo ha llevado de las orejas para ficharlo. Un hacker que se estacione en Corea del Norte, pagado por el demente Kim Jong-un puede hacer más daño que los misiles de juguete con los que quiere amedrentar a todo el mundo.

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