burguesía
Portada del libro El Privilegio catalán, 300 años de negocio de la burguesía catalana

EL pasado mes de Octubre asistí a la presentación del libro de Jesús Laínz, “El PRIVILEGIO CATALÁN”, presentado por el Profesor Fernando García de Cortázar (S.J.), y nos resumió con meridiana claridad los “300 años de negocio de la burguesía catalana”, subtítulo de su obra, cuya lectura recomiendo.

Es cierto que el tema catalán resulta ya muy cansino, pero ocupa un primer plano y hay que seguir  con él, pero viendo también de donde viene tanto despropósito, convertido en nuestros días en más latrocinio y, de nuevo, en un intento de  golpismo. Por eso traigo a colación este esclarecedor libro del que se pueden extraer datos a tener en cuenta  para poner en contexto una situación que a mi juicio explica, sin lugar a dudas, el conocido refrán “Quien siembra vientos, recoge tempestades” y eso es lo que el Estado español empezó a hacer tres siglos nada menos aunque el “agravio” para el separatismo catalán se remonta incluso a finales del Siglo XV, tras el descubrimiento de América, de cuyos asuntos, según ellos, fueron “excluidos” por Castilla -pero no “los catalanes”, insiste el autor, sino en todo caso “los aragoneses”-, en una interpretación laxa e interesada de la instrucción de los Reyes Católicos en 1501: “que en las Indias no haya extranjeros de nuestros reinos y señoríos”, que en realidad se refería, como aclara Laínz, “a los no súbditos de las dos Coronas” y, en particular, “al expresamente excluido de la gobernación de Castilla, Felipe el Hermosomarido, como sabemos, de su hija Juana I de Castilla, conocida como la Loca´y su corte de flamencos”.

Pero es a partir de 1714, con la Capitulación de Barcelona que da fin allí a la Guerra de Sucesión -que no de secesión, como algunos quieren imponer contra la Historia-, cuando empiezan los privilegios a Cataluña -ya solicitados en el reinado anterior- y a fraguarse esa gran falacia de la falsa nacionalidad catalana que nunca existió. Una guerra que “no fue entre catalanes y castellanos”, como dice el autor y sabemos, sino entre partidarios -con muchos catalanes entre ellos- de Felipe V de Borbón, nombrado sucesor al morir sin descendencia el último de los reyes de la Casa de Austria –Carlos II- y partidarios -catalanes incluidos- del Archiduque Carlos de Austria. El historiador británico Henry Kamen, conocido hispanista y autor entre otros de “España y Cataluña. Historia de una pasión”, dijo al respecto que “uno no sabe si reír o llorar ante tanta insensatez”.

Insensatez que tiene su origen, como decía, cuando en 1717 el Rey vencedor “suprimió los aranceles interiores, prohibió la importación de tejidos de algodón y ordenó la preferencia por los productos nacionales en la adquisición de pertrechos para el ejército”. Y que continuó con Fernando VI -cuando se fundó la Real Compañía de Comercio de Barcelona (1755), que competiría con el Puerto de Sevilla y Cádiz, sedes de la Real Casa de Contratación de Indias, por la que tenían que pasar los barcos procedentes de América- y continuó con Carlos III, que expidió en 1771 una Pragmática sanción que “prohibía rigurosamente no sólo la entrada de todo género de algodón, o con mezcla, que fuese de fábrica extranjera, sino que ninguna persona de cualquier estado y condición que fuese, pudiese usarlo en sus vestidos y adornos”. ¿Hay mayor proteccionismo a la industria catalana por excelencia entonces, la textil, que prohibir la competencia, pese a ser más caros los tejidos catalanes que los ingleses por aquella época? Ahí empezó a despegar la industria catalana y ya entonces, la olvidada Andalucía daba muestras de su descontento en boca del político y poeta Francisco Martínez de la Rosa: “No hay cosa más desigual ni más injusta… Es claro que obligando a las clases consumidoras a comprar los géneros más caros, se las hace más pobres”. Reivindicación que se hace más justificada si cabe tras las palabras, medio siglo después (1863) del empresario catalán Juan Güell y Ferrer: “El interés de los puros consumidores es un interés despreciable… el interés de las naciones es la suma de los intereses de los productores”.

Y si en algún momento algún gobernante intentaba suavizar la situación rebajando los aranceles, el enfurecimiento de este sector daba lugar a un paripé negociador en el que salían favorecidos siempre. Una  situación que fue definida por Joaquín Mª Sanromá -Catedrático de Economía Política en Santiago y de Comercio en Madrid y diputado durante el Sexenio Democrático (1868/74)- como “hacer la fortuna a pucheritos”. Porque, eso sí, los catalanes siempre recibieron entre vítores y aplausos rendidos -condecoraciones incluidas- a todos los monarcas y gobernantes desde Felipe V a Franco -medalla de oro del Farça F.C. (altavoz nacionalista en los últimos años) en dos ocasiones, por citar un par de ejemplos menores-. Y otro tanto puede decirse de los que también fueron protegidos desde esa época por todos los gobernantes que en España hubieron, los vascos. El mismo Sanromá resume de forma magistral, en sus Memorias, lo que fue hasta entonces -y profetizó lo que sería después, añado yo- el desarrollo industrial y económico de la España contemporánea: “Unos cuantos fabricantes catalanes y otros tantos ferreteros vizcaínos, tenían metido el país en un puño” y aunque podrían añadirse algunos empresarios cerealistas castellanos, añadía: “Pero los gallitos de la fiesta eran los proteccionistas de mi tierra y muy especialmente los algodoneros. A fuerza de ingeniosas combinaciones, habían llegado a tomar una posesión mansa del consumo general, de la Administración y de la Hacienda…”. ¿No suenan estas afirmaciones a la más rabiosa actualidad? Pero dejo aquí los detalles y remito a la lectura de “El Privilegio Catalán”, como decía al principio, para el que quiera abundar en ellos. Hay para un buen rato.

Y, “de aquellos polvos, estos lodos”, porque así siguió siendo -con los matices que se quieran- el resto del XIX; todo el Siglo XX, con sus alternativas, monárquicas, dictatoriales -Cataluña apoyó con fervor al General Primo de Rivera y recibió en aclamación a Franco tras la liberación de Barcelona- o ¿democráticas?, hasta llegar a la redacción de la actual Constitución de 1978 -aprobada por el 88’5% de españoles en general  y más del 91% de catalanes, dos de ellos en la mesa de negociación, el comunista Jordi Solé Turá y el nacionalista Miguel Roca Junyent– que concedía al nacionalismo el nefasto sistema de las autonomías -el resto de España no lo demandaba entonces- y la inclusión en el artículo 2 del innecesario, por absurdo, término “nacionalidades”; y lo que llevamos de Siglo XXI. Como siempre -y también como siempre, sin generalizar, porque gente buena la hay hasta en las dictaduras comunistas más extremas-, Vascongadas y Cataluña las grandes favorecidas en logros y esta última en grado sumo, hasta llegar a liderar corrupción y golpismo como estamos viendo en los últimos años, en una especie de repetición de la Historia que -en mi opinión- sólo la situación global de España en Europa y una sociedad sin hambre en las calles ni sentimiento patriótico están impidiendo que se llegue a un desenlace parecido al de 1934/36, tensando una cuerda que sigue superando el límite de elasticidad, que continúan forzando desde Barcelona y Bruselas.

Continúa pues el esperpento en sus distintos frentes tras la aplicación descafeinada del Artículo 155 que ya se empieza a lamentar –Andrea Levy cuestionaba no haber intervenido TV3- y el aparato judicial a toda máquina ampliando la causa procesal con posibles inhabilitaciones para un número aún indeterminado de “investigados”. Además, supimos el martes que la réplica al independentismo en clave de humor, conocida como TABARNIA, ha convocado una concentración ante el monumento a Rafael Casanova y marcha hasta la Plaza de San Jaime el próximo domingo 25 de Febrero, en la que no sabemos si estará presente su Presidente en el exilio, Albert Boadella, que denuncia esta “ficción sin límite por la que unos Boixos Nois -chicos locos- están presidiendo Cataluña” y justifica su movimiento porque si los separatistas esgrimen su derecho a decidir, ese derecho debe ser igual para todos, con el pequeño matiz de que en la zona en cuestión está la mayoría del voto constitucionalista y la mayor parte de la población, además de representar el 80% de la economía catalana, lo que “les debe provocar una cierta impresión a los separatistas”, dijo. Precisamente sobre esa aplicación descafeinada del 155, Boadellas dice que “fue un gran error de PSOE y Ciudadanos haber impuesto límites”, como decimos muchos y, a mi juicio, el Partido Popular no repite continuamente como debería hacer. Como le pasa a este partido con otras muchas cosas, como la derogación de la Prisión Permanente Revisable, que por cierto se “apoyó” en el parlamento andaluz con la única oposición del PP y la abstención de Ciudadanos, que sigue con su doble cara, ya que en Madrid, después de acordar hace dos años hacer esa propuesta de derogación con el PSOE, se abstuvo en la votación de la proposición no de ley presentada por el PNV en Octubre pasado en el Congreso -ahora defendida por la “magistrada del Supremo en excedencia” Margarita Robles– y dice ahora que pedirá mayor dureza en su aplicación: “la apoyo, me abstengo, la endurezco” en esa “Yenka” particular de “lo que haga falta si pesco en el río revuelto”. Como siempre, los “principios” de Ciudadanos están en la dirección que sople el viento y el barrunto que le llegue de la calle. Un partido muy “centrado” para Libertad Digital, EL Español, Voz Populi o ABC y que “siempre rectifica en la dirección correcta” según mi querido amigo Alejo Vidal-Quadras -claro que la “dirección”, en Física, no tiene “sentido” si no se le da-.

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