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“¿Qué estímulo puede haber para ser mejor, ser austero, vivir con decencia, si viviendo con indecencia se triunfa más rápidamente?”. Fue la pregunta que formulaba hace unos días en las redes sociales, el ilustre pensador republicano, don Antonio García-Trevijano.

Desde luego la pregunta no carece de legitimidad porque retrata de forma inmaculada  el desvarío moral en el que estamos instalados. Pero tiene un punto flaco; está ligada a una respuesta material: el éxito. Sin duda, el más infiel de todos los compañeros de viaje. El materialismo se puede combatir con materialismo pero, ¿se puede vencer con materialismo?

Lo fácil es ser débil, la fortaleza requiere de esfuerzo, y los esfuerzos no se llevan a cabo sin objetivos por los que luchar. Si éstos son terrenales, cualquier camino puede admitirse, llegado el caso. Entonces, ¿acaso no hay motivos para ser honrado, austero y decente?. Sí, pero solo aquellos que representan un verdadero horizonte vital, los más elevados por los que vivir. El hombre los necesita, sin ellos  queda a merced de todo un mercadeo sibilino de pecados.

Decía Bertrand Russell-aludiendo a Kant- en su obra “Los problemas de la filosofía,” que un fin es aquello que tiene valor por si mismo. Determinados principios como la austeridad o la decencia (por muy loables que sean) no tienen un carácter finalista, sino se les dota de trascendencia, ergo su cumplimiento puede parecer tan pueril como lo contrario.

EL HUMANOIDE ACTUAL

Una de las cosas más deleznables que ha engendrado la socialdemocracia es que en su falso paraíso terrenal se admiten todo tipo de conductas energuménicas al amparo de la legalidad como límite. Sin embargo  el energumenismo no conoce límites, siempre quiere más.

Todos aquellos gobernantes y demás politicastros empecinados en disociar la espiritualidad de la condición humana son incapaces de dar razones para vivir en plenitud por algo. Más bien al contrario, solo ofrecen espacios confortables para no mirar en nuestro interior. Lo cierto es que vivir de la farándula, el clientelismo político, el pelotazo, los denuestos y trifulcas televisivos, y todas las malas artes que con descaro alegan que la mala vida es buena vida, seduce mucho más que llevar una vida digna, cuando la dignidad no significa nada más allá de cierta dosis de civismo.

A priori, los humanos que carecen de una  trascendencia que defender, están abocados a vivir su trámite con individualismo en el mejor de los escenarios, o con personalismo en el peor de ellos. El individualismo los reduce a meros poseedores de los mismos derechos que el resto de individuos. En tanto que el personalismo, los convierte en seres efímeros sin más pretensión que saciar a cada instante sus anhelos más primitivos, caiga quien caiga. Sin embargo aún existe una alternativa más destructiva para el ser humano; la combinación de individualismo y personalismo, es decir, a la vez que alimenta delirantes exigencias sobre sus derechos como un individuo más de la comunidad, vilipendia los del resto haciendo gala de sus  caprichos ególatras. Situación que se está haciendo cada vez más omnipresente.

Atrapado en un péndulo el humanoide actual se debate entre la socialización que institucionaliza el político, y el libertarismo. Supuestamente curará todos sus males. Pero las suposiciones pueden llegar a ser cosas de optimistas sin fundamento. La evidencia histórica demuestra que las continuas descargas de socialización a espuertas por parte del Estado conducen a un individualismo alienante. El experimento, sumado al libertarismo de manual, trae consigo una fuga desbocada de los sentidos.

El libertarismo los exacerba, mientras la socialización los estabula. Para tapar las semejantes aberraciones a las que nos acostumbra el péndulo, y que no resulten reveladoras a ojos de propios y extraños, la sociedad posmoderna instituye el maquillaje terapeútico. Psicoanalistas de la gran pantalla, prescriptores del reality, y el resto de los presbíteros del progresismo, ponen sus confesionarios y demás material de ayuda y autoayuda a funcionar para aquellos damnificados que se dan cita. Basándose en el mantra de que para todo tiene que haber una solución. Pero la incapacidad para discernir entre el bien y el mal es el peor de los males para una sociedad que, paradójicamente,  lo ha instituido como el mayor de sus logros.

No se trata solo de una cuestión filosófica también de hechos consumados. La modernidad ha tenido la gran virtud (quizá la única), al poner el mundo patas arriba, de desnudar al ser humano, de demostrar con virulencia lo que es y lo que no es. No es un autómata feliz en la deriva existencial que liquida sus diferencias de base con el resto de especies: la conciencia y la espiritualidad.

DONDE DIOS HABITA

Donde Dios habita, las palabras éxito y fracaso son bagatelas. Él no ha fabricado placebos, ha creado al hombre, y lo ha hecho con grandezas para poder vencer sus propias miserias desde el espíritu. Los creyentes, en ese sentido, juegan en otra liga, una liga espiritual donde las menudeces materialistas no tienen cabida, y el individualismo y el personalismo son subalternos  que jamás promocionarían más allá de los momentos coyunturales de debilidad inherentes a la condición humana. Aun cuando muchos pecaran, volverían a casa del Padre para hacer penitencia y empezar de 0.

Porque no hay mayor ruina que fracasar en la búsqueda de la plenitud amando al prójimo. Pero ese no es modus vivendi para el hombre moderno, que es ante todo un consumidor de todo, incluso de personas. Los estímulos basados en la satisfacción material, por legítima y decente que pueda ser a veces, son un tren de corto recorrido que en cualquier momento puede descarrilar. La solidez de lo que construyamos depende de algo más. La vida de San Pedro cambió por completo cuando conoció a Cristo y este le dijo: “tú eres Simón, hijo de Juan y te llamarás Cefas (Pedro)”.

A aquel humilde pescador, que llego a ser un gran pescador de hombres, no le importaba triunfar rápidamente, ni siquiera tenía interés por triunfar. Sabía que no lo necesitaba. Sabía que tenía a Dios.

 

Más de 300.000 peregrinos en el Camino de Santiago en 2017, la mayor cifra de su historia

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