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En la Cataluña real, los líderes de la patria se llevan su patriotismo a Andorra o a las islas Caimán; el pueblo es solo medio; la democracia apenas es un cartel publicitario; la prosperidad se mide en número de empresas que se fugan de la comunidad”.

Entretenido parece poco para definir el año que recién estrenamos en Tabarnia. Puede que, también, raro. Como lo fue el primer día de rebajas en el que una fina lluvia limpió de transeúntes la comercial calle de Sants. Regresaba a Esplugues persiguiendo los quince mil pasos, plácidamente, sorteando únicamente los lacitos amarillos pintados en la acera, cuando, frente al semáforo de Riera Blanca, contemplé un interesante anuncio publicitario en una de las fachadas del antiguo cine Continental, ahora transformado en el bingo Enracha Continental.

Ocupando toda la fachada que da a la Carretera de Collblanc, sobre seis grandes imágenes se lee: “Te podemos enseñar el bingo, las máquinas de azar, las ruletas, la sala de apuestas deportivas, el bar. Pero la ilusión… esa no cabe ni en esta fachada”. Genial. Es la propaganda adecuada para llenar la sala de gente dispuesta a satisfacer su curiosidad, sus ilusiones o sus fantasías a cambio de unos cuantos euros. O de muchos. O de la ruina personal y familiar. Claro que, quien propaga esa ilusión, se enriquecerá a costa de los ilusos. Y eso, tampoco cabe en la fachada.

Nada que ver con el bingo independentista, un auténtico tsunami propagandístico que cuenta con 7 canales de TV, 4 emisoras de radio y centenares de medios de comunicación privados, hasta totalizar más de 500 medios —su coste supera los 300 millones de euros— capaces de generar tanta ilusión como para que los dos millones de personas que forman el auténtico pueblo catalán —en palabras de Forcadell — compren la fachada de una República catalana pura, democrática, tolerante y próspera.

Sin embargo, en la Cataluña real, los líderes de la patria se llevan su patriotismo a Andorra o a las islas Caimán; el pueblo es solo medio; la democracia apenas es un cartel publicitario; la prosperidad se mide en número de empresas que se fugan de la comunidad; la tolerancia se manifiesta atacando sedes de Ciudadanos, colocando dianas sobre líderes de la oposición, fomentando la rebelión en las calles, asaltando coches de la Guardia Civil o colocando niños en carreteras y vías de ferrocarril. O dejando la presidencia del Parlamento en manos de una repugnante racista como Nuria de Gispert, de una xenófoba y supremacista de libro como Carmen Forcadell o el recién nombrado Roger Torrent, sectario hasta el tuétano.

Paradójicamente, los estafadores, los vendedores de ilusión al mayor, que viven a costa de todos, afirman sentirse oprimidos. A ellos, que acusan de opresor al Estado que les paga suculentas nóminas y garantiza privilegiadas pensiones, que disponen de coche oficial y escolta policial, que utilizan la escuela y los medios de comunicación para adoctrinar y sembrar semillas de odio entre los ciudadanos, les digo: váyanse a la mierda.

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