siembra tormenta
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Querido padre:

Recuerdo que en mi niñez las personas mayores (entiéndase por aquellos que superaban la veintena de años), eran, para los niños que nos tocó vivir en la década de los cincuenta, algo muy especial. Se les admiraba, nos poníamos a su disposición para ayudarles en lo que fuera preciso y, sobre todo, sus consejos para la chiquillería eran sabios y muy respetados.

El que, por ejemplo, un deportista profesional de la modalidad que fuese, nos solicitara que le custodiáramos su vehículo era todo un honor, sabiendo de antemano que algún *realillo que otro iría a parar a nuestro bolsillo por el favor. Y no hablemos de las amas de casa cuando nos pedían que fuéramos a la tienda a comprarle cualquier cosa que se le había olvidado, porque los cincuenta céntimos de pesetas era la propina que caía. Bueno, también estaban las roñosas que simplemente te daban las gracias y en paz. Pero a uno se le quedaba, en nuestra alma infantil, la agradable satisfacción de ayudar a un mayor.

Seguiría enumerando todos los estatus sociales, según la edad y me voy a centrar en los que nosotros mencionábamos como “viejitos”. Aquí es donde le poníamos la guinda al pastel, porque, sin tener ningún grado de parentesco con ellos, ejercíamos de nietos improvisados, cómplices…

-Mi niño, corre a la tienda y tráeme un paquete de cigarrillos y un **pizco de ron en este vaso, y si te pregunta que para quién es, le dices que para tu padre, porque como se entere mi hija… Y no mencionemos cuando se producía un óbito de uno, porque al margen de acompañar al féretro, con bastante tristeza, a la necrópolis, íbamos a los funerales y misas de recuerdo. Y así una infinidad de anécdotas te podría contar, pero aquellos años, por desgracia, ya no volverán.

El tiempo avanza a galope sin que nos demos cuenta, querido padre. Nuevas tendencias se crean constantemente en costumbres, modas, métodos educativos, la vida familiar, etc., etc., y ya no existe esa educación ni el cariño que se le profesaba a un longevo.

En la era que estamos atravesando se define, por ejemplo, a un sexagenario como a un trasto inútil, al cual se le ha acabado toda forma de vida y sin derechos, socialmente hablando. El que ha pasado de los sesenta sólo es válido, según la mentalidad moderna, por no llamarle de otra forma, para cuidar nietos, para que sus vástagos trabajen y se creen un estatus social en el cual pueda poseer una segunda vivienda (a ser posible un chalet con piscina y barbacoa en el jardín de más metros cuadrados que la vecina del ático), coches de alta gama (como o mejor que el del jefe), etc., etc.

Lo más gracioso del tema es que todas esas personas que en nuestros tiempos tratan despectivamente a un/a mayor, que los ignoran, los atracan, tratan de hacerlos imbéciles, de decirnos que padecemos Demencia Senil, no saben que nosotros sentimos, padecemos, nos enamoramos como jovenzuelos y somos capaces de muchas cosas más. Y como dice el refrán: -A todo marrano le llega su San Antón.

Después de lo expuesto, con lo cual me quedo conciso, pienso que para todos ellos también el tiempo pasará de forma imparable. Cuando se quieran dar cuenta habrán sobrepasado con creces el medio siglo de vida, y en ese instante veremos a ver qué opinión tienen de la vejez, sobre todo cuando sus hijos decidan llevarlos a una residencia de mayores porque ya no les valgan para cuidar nietos.

Amigos míos, esta vida se compone de un enorme campo de cultivo, y si tú siembras en tu juventud desprecio hacia los vetustos, no esperes recolectar cuando tú seas uno de ellos amor, comprensión y buen trato, porque habrá alguien que te hará pagar con creces tus errores.

Tu hijo que te quiere…

J.L. Mantecón

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