Rafael Cerro

Cuando cumplí los seis años empecé a jugar al ajedrez. Pasé dos décadas compitiendo entre barbudos, tipos con gafas de pasta negras y portadores de gruesos jerséis que no habían conocido detergente, todos medio sonámbulos atravesando una atmósfera apestosa de tabaco. Crecí en ese ambiente, inevitablemente aderezado con algunas referencias políticas: el Club de ajedrez Alcobendas era, en realidad, la sede del Partido Comunista del pueblo durante la dictadura.

Murió el tirano y todos aquellos chicos salimos devotos del Che Guevara y de todo lo que sonase a revolución. No sabíamos que estábamos colgando de la pared de nuestra alcoba posters de un asesino. Ernesto Guevara no era para nosotros un psicópata, sino todo un símbolo, exactamente igual que el anagrama rojo y blanco del PCE. Yo seguí votando a ese partido durante algunos años y dejé de votar cuando la edad adulta me convenció de que la política es el mal. Opino lo mismo que George Carlin: “Si votas, luego no te quejes”.



Pensar lo contrario que todo el mundo es agotador y erosiona, pero suele resultar lo más ético. Cuando todos te den la razón, no te vengas arriba: toma unos minutos para meditar.
Madurar es ir sustituyendo símbolos por realidades y emociones por ideas. Calentones con cada chica que cruza tu campo visual por el amor de una sola mujer que te deslumbra. Es desear que este amor sea eterno. Es avezarse en realidades más allá de pegatinas y carteles.

Madurar es aprender a pensar. Los que no aprenden, se mantienen toda la vida en el mismo ángulo del cuadrilátero, sea esta o no la esquina de la corrección y la Justicia. Le llaman integridad a la necedad de su inmovilismo, como esas personas que blasonan de ser tercas como si eso fuera una virtud. Se convierten en anacronías vivientes. Si se creen de izquierdas, votan para siempre en Andalucía a un partido que no representa allí la pólvora de la revolución, sino el poder de lo establecido. Incluida la corrupción.

Si se consideran de derechas, votan en Madrid a un partido conservador, tan corrupto también que seguramente no ha ganado una sola elección con dinero limpio. Las figuras emergentes de esta formación de derechas son nuevos vicesecretarios generales sin ética, cuyo trabajo consiste precisamente en predicar que el que la hace, la paga y que el partido conservador está para combatir la corrupción, cuando en realidad genera la mayor parte. La nueva lideresa hace negocio incluso de defender que ella es la gran heroína contra la corrupción, pero desde la misma silla que ya ocupaba. Sin preocuparse de cambiar de sitio ni para disimular. Denuncia al líder a cuyos pechos pasó, trabajando, toda una vida. Más de dos décadas en una estructura de poder con presidentes y vicepresidentes de comunidad en la cárcel, pero impoluta ella misma. Enarbolando ya las primeras banderas progresistas. Demagogia hasta en el aliento.

Las profesiones preferidas del progre son la holganza y la política, casi lo mismo. En cuanto a la vagancia, el que no hace nada suele decir pomposamente que es activista. Desconfíen cuando vean esto en un perfil de Twitter. El de la biografía quiere decir “soy solidario”, pero pregúntenle si el dinero que financia sus campañas sale de su propio esfuerzo o del erario. En cuanto a la política, hay progres en todos los partidos. Estos les exigen absoluta ausencia de principios éticos, capacidad camaleónica de cambio de color y remar veinticuatro horas al día a favor de la corriente. Los progres del nacionalismo catalán descubrieron hace 25 años que esa línea era la más rentable, laboralmente hablando. Ahora, dicen “franquista” sin saber a quién se lo llaman.

Su revolución es la de los más acomodados, los del riñón cubierto que señala Gregorio Morán. Los progres del PP nos piden que olvidemos cualquier responsabilidad en la corrupción y que de todo hagamos ‘tabula rasa’. Los del PSOE intentan cambiar nuestra manera de hablar para modificar también nuestra forma de pensar. Por eso, dicen ‘compañeros y compañeras’ sabiéndolo innecesario. Los especímenes que Javier Sobrevive llama ‘pijomunistas’ forman una nueva clase social: la de los que han conseguido fama y prosperidad gracias a defender un sistema socioeconómico arrumbado en el desván de la historia. Niños bien que quieren imponernos un esquema que nos arruinaría a todos, pero haciendo su negocio particular con él.

En realidad, y más allá de lo meramente estético, ningún progre se ha opuesto jamás al poder en la historia del mundo. Todos se amamantan de él. El progre es lo contrario de lo que parece. En lugar de progresista, es establishment puro, pues solo cree en la estructura más anquilosada e improductiva: la política. Rara vez veremos a uno de estos especímenes emprendiendo o sudando. Lejos de ser solidario, el progre es profundamente egoísta: como decíamos, no hay progre que intente cambiar nada con su propio dinero. El progre, animal de subvenciones, habla de su solidaridad pero se refiere despectivamente a lo que llama caridad si el donante es un rico. En ese caso, puede llegar a rechazar el auxilio en nombre de los pobres porque para él hay dinero sucio y dinero limpio. En lugar de un intelectual, es un demagogo: no maneja ideas, sino emociones a las que pone etiquetas: la revolución, la calle, la injusticia o los ricos. Con la más amplia, “la gente”, se arroga representatividad universal.



“La gente” es casi una marca registrada y el progre considera que todo el que deja fuera de ella es un enemigo del pueblo. Nos da lecciones morales cotidianas pero, en lugar de ser justo él, el progre es apariencia. Es un individuo impermeable a la ética que finge defender siempre a colectivos marginados pero, en realidad, solo protege su propio interés: el de medrar. Rema siempre a favor de la corriente dominante. Compra paquetes ideológicos completos que, generalmente, hace suyos sin el menor reparo crítico. Algunos de esos bloques de reivindicación y melancolía son izquierdismo, feminismo radical, animalismo y protección del planeta.

El progre se adhiere sistemáticamente a ellos, de una manera mecánica y sin posible consideración diferencial hacia casos particulares. Por ejemplo, él está siempre a favor de la mujer y considera al hombre culpable de nacimiento. Masivamente, globalmente. No se digna considerar si una denuncia de violencia de género puede ser una clamorosa mentira, como ha ocurrido en ocasiones de féminas condenadas efectivamente luego por inventar. El progre se presenta como un justiciero, pero tiene decidida sin reflexionar su adhesión a cada causa. En cuanto a la feminista, él pretende hacer justicia y poco le importa que el feminismo ultra no busque justicia, sino venganza.

Nuestra palabra para progre, antes de que existiera esta, fue arribista, persona que progresa por medios rápidos y sin escrúpulos. Si el progre albergase algún sentimiento ético y no solamente tuviera ganas de medrar, discreparía en casos concretos de algunas de las causas citadas, cosa que nunca ha ocurrido y que resulta impensable. Él pretende ser un justiciero pero solo es una excrecencia del poder. Porque, en la España de las subvenciones, progre es una forma de vida, pero también un modo.

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