Captura de pantalla del vídeo

Cuando mi hija pequeña estaba en el vientre de su madre, el ginecólogo nos planteó algo, dada la edad de ella: “Ahora tienes que hacerte la prueba de la amniocentesis”. Ella le miró tranquilamente y le dijo: “tiene riesgos para el niño, ¿no?” El médico contestó siendo realista que tenía algún riesgo, pequeño, pero algún riesgo. A lo que ella contestó que no, “esté como esté mi hija la voy a tener, aunque estuviera mal va a nacer”.

Aquello que dijo lo teníamos hablado ella y yo, no estábamos dispuestos a que nuestra hija corriera ningún riesgo ajeno al embarazo normal porque iba a nacer estuviera como estuviera. Felizmente mi hija llegó al mundo sana y preciosa, ahora es una adolescente a la que todos adoramos.

Recientemente he encontrado un vídeo por redes sociales en el que un hombre, con síndrome de down, se dirigía al congreso de los Estados Unidos. Contaba su vida, contaba que había ido a la universidad y que incluso había visitado la Casa Blanca. Decía ser feliz y alegre de estar vivo, durara lo que durara su vida. Pero hacía una petición, una dura petición a las madres con un niño con un posible Down en su vientre: “dejadles vivir”.

¿Quién es nadie para decidir por la vida de los demás? ¿Quiénes son una madre y un padre para no asumir sus responsabilidades y darle la oportunidad de vivir a su hijo? No somos nadie, nadie es nadie para decidir por la vida de los demás, por darles una oportunidad. Vivimos en el egoísmo y la irrealidad de tener los hijos perfectos, con dientes perfectamente alineados, como si nosotros lo fuéramos. ¿Por qué nosotros sí y ellos no?

No le mates, dale la oportunidad de vivir. Es tú hijo, no entiendo quiénes nos creemos que somos para decidir sobre la vida de los demás, ¿dioses?