Al finalizar la Segunda Guerra Mundial, las triunfantes  élites capitalistas de Occidente  se propusieron no perder espacio y hegemonía vertebrando, nuevas estructuras geoeconómicas-políticas para afrontar posibles amenazas y superar múltiples desafíos.

De la estrategia de los poderes geolocalizados en Gran Bretaña y los Estados Unidos, surgió en 1948  la Organización para la  Cooperación Económica Europea (OECE) con sede en París, Francia. Su administración se instaló en el castillo que fue propiedad del empresario y filántropo Henri de Rothschild –miembro de  la rama inglesa de la poderosa familia banquera Rothschild- que acababa de morir. Después de gestionar el Plan Marshall y al concretar la interdependencia económica, la OECE se transformó en 1960  en la Organización para  el Desarrollo y la Cooperación Económicos (OCDE), incorporando a dos actores extra-continentales: los Estados Unidos y Canadá. Desde sus inicios, se la consideró el “Club de los País Ricos” y  el marcado sesgo exclusivista de la organización generaba utilidades sustanciales para sus integrantes.

En 1964, cuando OCDE tenía 20 miembros, se permite el ingreso de Japón y, gradualmente, fue incorporando a otros países como México -1994-, Chile -2010- y  Letonia – 2016-, entre otros, llegando a contar en la actualidad con 35 miembros de cuatro continentes: Europa, América, Asia y Oceanía. La masa continental africana no posee ningún activo en OCDE y están excluidos de ella Rusia, China,  India y Brasil. Siempre en función de los intereses macroeconómicos de sus miembros, la OCDE estableció una serie de vínculos con países que no son parte formal, ni material de la Organización, como es el caso de la República Argentina, con los que mantiene propósitos de incremento en relaciones, cooperación y realización de actividades conjuntas. Sus principios fundacionales hacen referencia a la búsqueda y la materialización de políticas que mejoren el bienestar económico y social de las personas de todo el mundo, conforme al paradigma liberal. La liberalización económica y el aperturismo cultural para la mentalidad global son los principales mantras de la Organización.

Siendo un socio activo del G-20, mantiene estrechos vínculos con el FMI, con múltiples organismos de las Naciones Unidas, con diversas plataformas de la sociedad civil y con la Red Parlamentaria Mundial.

Mediante la aplicación de una amplia y compleja  red de observadores, asesores y programadores, OCDE procura ejercer las funciones de monitoreo y codirección de los programas económicos-políticos-socio-culturales de los países que aglutina, indicándoles el derrotero a seguir y exhortándoles a la implementación de medidas compatibles con el enfoque filosófico y crematístico de ella. Contribuye a la institución, reconstrucción, ensanchamiento  y profundización de los circuitos y los mecanismos de intercambio de bienes y servicios a escala regional y mundial.

Desde su conformación, el “Club de los Países Ricos” ha recibido muchos cuestionamientos y recusaciones desde todo el mundo, por promover  y defender la lógica de funcionalidad de ganancias de los bancos y las empresas multinacionales por encima de  los beneficios objetivos de los Estado-naciones que no constituyen el núcleo de poder atlantista.

La administración de Mauricio Macri, en reiteradas veces, manifestó que uno de los objetivos fundamentales de su gobierno es el de  subsumir el país en la OCDE  para reforzar la capacidad de recepción de inversiones extranjeras, con el propósito de que el mercado interno y los parámetros socio-políticos-culturales de la Argentina den un salto cualitativo  en provecho de todo el país. Nosotros, sin tener la voluntad de entrar en la dilucidación de la real  intención subjetiva del mandatario, sostenemos que son los poderes británicos quienes verdaderamente están impulsando la integración de la Argentina en el foro internacional.

Indiscutiblemente, llegarán al país capitales extranjeros, pero gran parte del mismo no será destinado a la economía real para goce y disfrute del pueblo argentino. La obtención de la membresía por parte del gobierno nacional no será de manera inmediata, pero el proceso específico nos hace pensar que, mientras el país acomode sus estructuras internas a la geoestrategia de los poderes británicos y globalistas, su inserción plena puede darse a partir de 2020, en tanto y en cuanto, claro está, no se produzcan en el horizonte inmediato la amalgama y la dinámica de una fuerte y ascendente  resistencia civil y política de la población local, rechazando el ingreso del país a la OCDE y otras urgencias y prioridades  mundiales de la geopolítica de los centros internacionales.

En la actualidad, la OCDE no tiene la misma magnitud de antes ya que estos tiempos exhiben la declinación general de la globalización, el surgimiento de actores proteccionistas en lo geoeconómico y la aparición de nuevas estructuras de financiamiento y promoción económica que no están alineadas con los poderes atlantistas, ya que la OCDE misma está siendo afectada por la crisis del capitalismo. Crisis que posibilitará la modificación de algunas estructuras de las élites occidentales o la aparición de otras nuevas.

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