Así funciona el cerebro

Seguro que es raro el día en el que no escuchas ninguna canción o ninguna melodía. Todos somos conscientes de la importancia de la música en nuestras vidas y de su impacto pero ¿sabemos lo que es realmente la música? Vamos a tratar de aclararnos sobre este importante concepto.

La mejor definición que podemos dar a la música fue la empleada por el filósofo Jean-Jacques Rousseau en su Dictionnaire de la Musique, la música es el arte de combinar los sonidos de una manera agradable para el oído. Es bastante evidente pero es una definición muy buena, puesto que combina los factores más influyentes y decisivos del término: los sonidos, el ser humano (es un producto para nuestro agrado, para que te mole) y la estética asociada al producto. Los sonidos son muy fáciles de explicar desde el punto de vista científico, lo que nosotros percibimos como un sonido no es más que una onda, una perturbación del medio (en este caso el aire) que se propaga produciendo alteraciones, cambios de presión, que nuestro cerebro interpreta como sonido. Ahora bien, lo intrínseco al ser humano y la estética es, como siempre, muy difícil de formalizar científicamente (algo que para mi puede ser muy bello para ti puede ser basura), por lo que existe toda una rama de la ciencia y la filosofía que estudia la música desde el punto de vista tanto físico como humanista, la musicología. Nos vamos a centrar en el carácter físico y psicológico de la música, pero debemos recordar que hay toda una teoría filosófica alrededor de ella.


La física de la música surge principalmente a partir de la búsqueda de una respuesta a la pregunta ¿cómo se hace música? Pues bien, para responder a esto contamos con la ayuda de la parte de la física que se encarga del estudio de las ondas sonoras, la acústica, y en concreto la acústica musical. Ya en la antigua Grecia comenzaron a cuestionarse la pregunta que nos hemos planteado. El primero en diducidar la relación entre la geometría y el sonido fue Pitágoras (si, el del teorema), al darse cuenta de la relación entre la altura de un sonido producido por una cuerda (la frecuencia de la onda) y la longitud de la misma, descubriendo así los sobretonos. Vámos, que si coger un hilo en tensión y lo haces sonar sonará más grave que si lo sostienes por la mitad, el principio fundamental con el que trabajan los instrumentos de cuerda.

Para poder entender cualquier sonido tenemos que relacionarlo con propiedades de una onda, así los podemos componer con cuatro parámetros fundamentales: la tonalidad, que es relativa a la frecuencia y tiene que ver con si un sonido es agudo o grave (cuanta más frecuencia, más agudo), la duración, relacionada con el ritmo es simplemente el tiempo que dura una vibración sonora, la intensidad del sonido y el timbre, que distingue los instrumentos. Con todo esto y algo más de conocimiento teórico ya podríamos componer cualquier sonido, sin embargo ¿qué pasa en nuestras cabezas?

La psicología de la música es una cuestión muchísimo más compleja que la física de la misma. La física de la música, al fin y al cabo, es física, y con un par de transformadas de Fourier lo comprendemos todo, pero: ¿por qué nos gusta la música? ¿qué nos pasa cuando la escuchamos? eso, amigos, es un tema más espinoso. El primero en asociar estas preguntas a la música fue Aristógenes de Tareno, que en el siglo IV a.C. afirmó que la música no es solo física (la estudiada por nuestro amigo polivalente, Pitágoras), sino que hay que estudiarla como una ciencia experimental, puesto que tiene una evidente relación con la naturaleza y con nosotros. Pese a esto, la especialización psicológica musical no llegará hasta el siglo XX, cuando se trata de formalizar definitivamente este arte. Biologicamente, oir un sonido es que una onda sonora excite terminaciones del nervio auditivo, que transmite un impulso al área del cerebro dedicada a la audición y nos proporciona una sensación llamada aural, que es lo que notamos. Todo esto tiene un desarrollo mucho más amplio, pero el hecho de que te guste la música tiene que ver con la liberación de dopamina en el sistema de recompensa del cerebro proveniente de la Prehistoria, dado que cuando el ser humano se desplazaba para cazar los pasos que daba generaban un ritmo que si se seguía, procuraba la supervivencia.

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