humor sin sentido

Miguel Camuñas.-  Sin duda se está agotando nuestra capacidad de sorpresa. Los medios de comunicación nos bombardean con noticias diariamente y cada vez nos llegan más frescas, se van sucediendo precipitadamente y unas sustituyen a otras, sin que nuestro almacén de datos particular tenga tiempo de organizarlas.

Aunque por sectores siga habiendo particularidades que afectan a unos más que a otros, guerras, desastres naturales o fallecimiento de famosos se llevan la palma. Hubo un periódico en Inglaterra que sólo daba buenas noticias y no prosperó, a nadie interesaba.

Pienso que hay un arte en periodismo a la hora de presentar, enjuiciar o comentar la realidad, resaltando el lado cómico, risueño o ridículo de las cosas. Otra cosa son la sátira, la ironía o el surrealismo que han  ocupado momentáneamente espacios de la sociedad; son historia ya, “la codorniz”, “hermano lobo” o “el jueves”.

En los periódicos, por ejemplo, el humor se reduce a una viñeta ilustrada, casi siempre relativa a temas de actualidad. La televisión, sin embargo, tira de largo, concursos de monólogos al más puro estilo yankee proliferan. En ellos actores de primera compiten con famosillos advenedizos o incluso con aficionados. También está de moda recopilar imágenes reales de nuestros políticos o nuestros famosos y utilizando el doblaje llegar al esperpento de su imagen mediante  frases soeces, denigrantes o ridículas.

Todo vale en el humor, ya no hay una dirección ni sentido. Ya no hacen gracia los popurrís cutres de Emilio el moro o Pepe da Rosa, las retahilas de Gila, el inteligente-absurdo humor de  Tip y Coll o Faemino y Cansado ni las parodias carnavalescas de Martes y trece o los Morancos. Quizá el último producto “tipical spanish” haya sido Chiquito de la calzada.

Ahora el humor se está igualando en todo el mundo y circulan chistes, viñetas o vídeos del mismo tono en su carencia de sentido para ridiculizar o vilipendiar cualquier evento social, político o incluso religioso; tenemos como ejemplo al Charlie Hebdo.

Las redes sociales, como Facebook o Twitter y el fagocitante  whatsapp hoy día son el medio de comunicación más empleado donde la ciudadanía opina sin escrúpulos, para bien o para mal. Es el instrumento favorito de contacto y entrecomillas parapeto de la cobardía y el anonimato permite llegar desde el humor más negro a la agresión. Numerosas conductas llevadas a cabo en estas y otras redes sociales sobrepasan los límites establecidos, atacando firmemente un derecho tan fundamental, recogido en nuestra Constitución Española, y que no es otro que el derecho al honor. Aquí en realidad es donde se enfrentan dos derechos, por un lado, el de la libertad de expresión y libre circulación de la información (se puede tener una opinión distinta al contrario y defenderla) y, por otro, el derecho al honor. Precisamente, insultar e injuriar o calumniar no es expresar abiertamente una opinión o hacer una broma, es dañar al prójimo, agrediendo a su persona y su reputación, principalmente.