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Por Gaston Federico Addisi

La pasada semana la Argentina asumió la presidencia “pro tempore” del poderoso G-20. Durante el año que nuestro país tiene que presidir este foro internacional, habrá más de 50 reuniones de técnicos que avanzarán en la elaboración de un documento que tendrá su corolario con la presencia de los 20 primeros mandatarios en diciembre del 2018.

Pues bien, el país anfitrión, en este caso la Argentina, al inaugurar las sesiones tiene, por derecho consuetudinario, la facultad de “poner en agenda” algunos de los temas que a su juicio sean fundamentales para su tratamiento.



Y así lo hizo el Presidente Mauricio Macri. Trazando, guste o no, por acción u omisión, un camino totalmente en línea con los postulados globalistas de los cultores del Nuevo Orden Mundial. De esta manera, Argentina propuso tres ejes temáticos, a saber:

– El futuro del trabajo.  – Infraestructura para el desarrollo.  – Futuro alimentario sustentable.

De los tres puntos citados nos interesa detenernos en el primero y el tercero. Su sola enunciación acusa un claro lineamiento político con lo más rancio del supracapitalismo concentrado. Pero también muestra claramente que el actual gobierno nacional, posee un plan de gestión para la Nación que implica al menos una reelección para poder consumarlo. Y a su vez, les dice a propios y extraños, que Mauricio Macri no vino aquí a improvisar.

Pedido de ingreso a la OCDE, integración vía acuerdos de libre comercio con la Unión Europea, giro del Mercosur hacia la Alianza del Pacífico, presencia en el Foro de Davos, son sólo muestras de la política exterior del actual gobierno que se sustancian en los tres ejes enunciados en la apertura del G-20.

En lo atinente al futuro del trabajo, la mención es una clara referencia a lo que el Sr. Klaus Schwab, Presidente del Foro de Davos ha llamado IV Revolución Industrial, la cual no es otra cosa que la concentración máximo de capital y finanzas en unas pocas manos, que a su vez tendrán la tecnología (medios de producción) para crear los nuevos -y menos- puestos de trabajo que la transformación en ciernes requiere. Se trata de la convergencia de la tecnología digital, con la física y biológica cuyo paradigma será la inteligencia artificial y la robótica como reemplazo de la mano de obra del hombre. Todo en nombre de maximizar la producción y bajar los costos laborales. Los agentes disruptivos que terminarán con el mundo tal y como lo conocemos serán entre otros: la impresora 3D; el big data, la ingeniería genética, la internet de las cosas, el bitcoin o dinero digital además de la mencionada IA. Este cambio traerá aparejado dos grandes problemas. El primero producto de las asimetrías entre aquellos países que posean esta tecnología y aquellos que sólo la consuman, condenando a éstos últimos a una nueva forma de sometimiento. Y el segundo, desde ya, es el factor humano. El Sr. Schwab calcula una pérdida de empleo a nivel global que oscila entre el 25 y el 35%.  O dicho en sus propias palabras: “Estamos al borde de una revolución tecnológica que modificará fundamentalmente la forma en que vivimos, trabajamos y nos relacionamos. En su escala, alcance y complejidad, la transformación será distinta a cualquier cosa que el género humano haya experimentado antes”.

Los apologistas de este cambio radical, entre los que se encuentra nuestro presidente, imaginan una optimización en las ganancias, un boom de la producción, una economía dependiente e interrelacionada con la tecnología, y a un hombre con mucho, mucho tiempo libre. Imaginan a ese % global que no tendrá trabajo, disfrutando el ocio de la vida viviendo nada menos que sin trabajar. ¿Será así o se convertirán en nuevos parias sociales excluidos del sistema? ¿Filosóficamente será el fin de la matriz judeo-cristiana y su paradigma de “ganarás el pan con el sudor de tu frente?”. O como lo expresar su Santidad el Papa Francisco en su -encíclica Laudato Si: “Estamos llamados al trabajo desde nuestra creación. No debe buscarse que el progreso tecnológico reemplace cada vez más el trabajo humano, con lo cual la humanidad se deñaría a sí misma.

Finalmente, abordaremos brevemente el tópico del llamado “futuro alimentario sustentable”. El mismo, entendido en clave del supracapitalismo que venimos analizando, no es otra cosa que la vuelta del neo malthusianismo. Esta es la teoría del economista T. Malthus que sostiene que la población crece en proporción geométrica mientras que los alimentos lo hacen en aritmética. Esto ocasionaría un desfasaje entre la creciente población y los cada vez mas escasos alimentos. ¿Y cuál era la propuesta para solucionar este “problema”?, pues Malthus no dudaba en las bienaventuranza de las hambrunas, las pestes, la guerra y todo aquello que pueda eliminar hombres de la faz de la tierra. Incluso sostenía que el Estado nada tenía que hacer por aquellos más desvalidos (cualquier semejanza de lo que acontece hoy día con niños y ancianos NO ES COINCIDENCIA). Pero incluso fue más allá y proclamó el beneficio de que las clases más bajas de la sociedad no se reproduzcan. Famosa es su frase: “Parece que es una de las inevitables leyes de la naturaleza que algunos seres humanos sufran de miseria. Estas son las personas que, en la gran lotería de la vida, fracasarán”. Hoy en día e Informe Kissinger mediante, sus seguidores -como lo es el eje atlantista del G 20- podemos apreciar esta  filosofía en la imposición del control de natalidad, y más llanamente, del aborto. En las antípodas, nuevamente se alza la voz de Su Santidad en su mencionada Encíclica, dándonos la razón: “En lugar de resolver los problemas de los pobres y de pensar en un mundo diferente, algunos atinan sólo a proponer una reducción de la natalidad. No faltan presiones internacionales a los países en desarrollo, condicionando ayudas económicas a ciertas políticas de salud reproductiva”. Y con esto queda todo dicho.

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