democracia
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La Navidad impone un pequeño paréntesis en la actualidad política que los últimos meses ocupó el primer plano del panorama nacional, con el secesionismo catalán en un destacado puesto en el índice de preocupación ciudadana y las reacciones que Gobierno, Oposición y golpistas -fugados o encarcelados- dejaron en periódicos y televisiones y que sin duda seguirán al no adoptarse con firmeza las medidas que la situación requería, porque esto no hizo más que “empezar”.

Voy a tratar hoy sobre Pluralismo, resumiendo la ponencia que expuse en Mayo pasado cerrando el ciclo sobre diferentes aspectos de la Democracia que durante tres años desarrolló el Aula Política del Instituto que bajo esté epígrafe engloba la Universidad CEU San Pablo. Un término del que se habla mucho y en un sentido mal entendido a mi juicio, que a veces se utiliza para justificar el despropósito del que se rodea nuestra titubeante democracia.

Empiezo por definir Democracia, que la R.A.E. recoge como “Forma de gobierno en la que el poder político es ejercido por los ciudadanos” o como “Doctrina política según la cual la soberanía reside en el pueblo, que ejerce el poder directamente o por medio de representantes”, ¿a que suena bien?

Admitimos en general que la democracia moderna aparece en Norteamérica, aunque históricamente se remonta a la Grecia Clásica, donde se ejercía por el pueblo como “democracia directa” a través de asambleas vecinales, referéndums o iniciativas ciudadanas, sin mediación de representantes, algo que durante siglos fue imposible en Europa, dominada por el estado aristocrático de la sociedad.

Desde su adopción como sistema político, la democracia soportó “apellidos” diferentes: burguesa, censitaria, cristiana, liberal, orgánica, popular” o “representativa. Hoy se habla de “democracia auténtica o sustantiva” que González Vila denomina como aquella que “no sólo permite decidir quienes gobiernan sino que garantiza el respeto a la dignidad de toda persona y le asegura a cada una el ejercicio efectivo de sus derechos y libertades”. Una definición perfecta si se cumpliera.

Vinculado a esta democracia aparece el término Pluralismo que, si bien desde un punto de vista filosófico constituye una de las tres teorías que estudian la realidad de las cosas, en contraposición a las otras dos, monismo y dualismo, está basada precisamente en que esa realidad está compuesta por una pluralidad de principios y sustancias. Podemos definirlo desde el punto de vista político como un “Sistema por el que se acepta, tolera y reconoce la pluralidad de doctrinas, posiciones, tendencias creencias o pensamientos dentro de una sociedad” y tanto desde el punto de vista sociológico, como cultural o religioso, se entiende como la tendencia a la multiplicidad de formas de sociabilidad en cada grupo social. Supone por tanto el reconocimiento de la diversidad y la coexistencia pacífica de grupos con diferentes intereses, pudiendo entenderse como sinónimo de tolerancia e inclusión. Así pues, al menos en teoría, creo que no se puede refutar la “indisoluble” unión de ambos conceptos y no se entendería democracia sin pluralismo ni éste, en su sentido más amplio, existiría en un sistema político no democrático.

Centrándonos en el aspecto político y democrático de pluralismo, el artículo 1 de la Constitución recoge que “España se constituye en un Estado social y democrático de Derecho, que propugna como valores superiores de su ordenamiento jurídico la libertad, la igualdad y el pluralismo político. En la misma línea se expresó el Rey en su mensaje de Navidad: “Respetar y preservar los principios y valores de nuestro Estado social y democrático de Derecho es imprescindible para garantizar una convivencia que asegure “la libertad, la igualdad, la justicia y el pluralismo político. Vemos pues que pluralismo sustituiría a fraternidad como tercer valor del lema de la República Francesa, que bien podría entenderse como una forma de pluralismo en el sentido de tolerancia y respeto “fraternal” de la ideología y principios de los adversarios por parte de cada grupo político. Aunque dada la intolerancia y sectarismo que exhiben algunos grupos de nuestro Parlamento, especialmente de izquierda y nacionalistas, la sensación percibida es precisamente la antítesis de esta interpretación. Nunca mejor dicho que las palabras del politólogo italiano Giovanni Sartori: “La democracia no está basada en el consenso, sino en el conflicto, en el disenso”. Pero no sólo habla de pluralismo el artículo primero de nuestra Carta Magna, sino que lo tenemos también en el artículo 6: “Los partidos políticos expresan el pluralismo político…”, añadiendo que “…Su estructura interna y funcionamiento deben ser democráticos” -que también figura en el artículo 7 para los sindicatos de “trabajadores”-. Muy lejos de la realidad en ambos casos. Y como también recordó el Monarca: “cuando estos principios básicos se quiebran, la convivencia primero se deteriora y luego se hace inviable”.

Por su parte, el Profesor Lucas Verdú señala al pluralismo como un “valor que verifica la libertad y atempera la igualdad”, como mezcla de Tolerancia, Cooperación y Relativismo, distinguiendo cuatro vertientes de pluralismo, recogidas en nuestra Constitución:

  • Autonómica, 2: “La Constitución … reconoce y garantiza el derecho a la autonomía de las ‘nacionalidades’ -craso error- y regiones que la integran y la ‘solidaridad’ entre todas ellas”.
  • Lingüística, 3.2: “Las demás lenguas españolas serán también oficiales en las respectivas Comunidades Autónomas…” y 3.3: “La riqueza de las distintas modalidades lingüísticas de España es un patrimonio cultural…”.
  • Simbólica, 4. 2: “Los Estatutos podrán reconocer banderas y enseñas propias… Estas, se utilizarán junto a la bandera de España”.
  • Político-social, 6 y 7, en referencia -antes citada- a partidos políticos y sindicatos o asociaciones empresariales, respectivamente.

Desgraciadamente, la experiencia de las cuatro últimas décadas en España demuestra la dificultad que históricamente han tenido, democracia y pluralismo, para implantarse como sistema estable en la sociedad española y que cuanto más “democrática” se vuelve una democracia, más tiende a ser gobernada por la plebe, degenerando en la oclocracia que Aristóteles definía como el “gobierno de los demagogos en nombre de la muchedumbre”, que a mi juicio era el objetivo de la concentración del 15-M en la madrileña Puerta del Sol, germen del fenómeno Podemos, que cambió el término muchedumbre -al principio tal vez plural- por el de “gente”, pervirtiendo y degradando el significado de democracia, para mostrarnos después al “caudillo”, carismático y “salvador” –Pablo Iglesias– que “satisfaría” las necesidades y reivindicaciones más inmediatas de esa gente aborregada, la para el oclócrata “buena gente”, frente a los “malos” que son todos los demás. Como decía el escritor suizo Louis Dumur, “La política es el arte de servirse de los hombres haciéndoles creer que se les sirve”.

Tal vez, en los últimos años hemos podido comprobar que lo más parecido al teórico Pluralismo político ha sido su suplantación por el término “transversalidad”, que califiqué hace años como “Vale Todo” y que parece haberse impuesto en nuestra masa social y su fracción “representativa”, hoy tristemente conocida peyorativamente y por méritos propios como “casta”, que lo ha adoptado como convicción: “me vale todo, es decir, cualquier cosa y (un) ‘cualquiera’ para conseguir mi objetivo… que ‘los míos‘ lleguen al poder“ -o lo más cerca posible-, acompañado además por un lapidario “No Pasa Nada”, otro “principio” incorporado en el “ADN político” de muchos de nuestros “representantes” o, si pasa, es poco y tarde, gracias a unas leyes  permisivas e interpretables, que cuando se aplican después de larguísimos procedimientos con un desfase importante respecto del “presunto” hecho delictivo, ya pueden constituir en sí una injusticia.

Decía Winston Churchill que “La Democracia es el menos malo de los sistemas políticos”, pero visto lo que han sido estos cuarenta años en España, me parece que no es muy desacertado dudarlo. La democracia representativa que pretendíamos ha ido degenerando en España a partidocracia casi totalitaria, que dio un paso más para convertirse en “Cupulocracia”, sinónimo de oligarquía o “tiranía” de los líderes de los partidos, que hacen las listas electorales  y pactan las políticas que les interesan al margen de los ciudadanos que dicen representar, demostrando las carencias del régimen del 78, hoy más cuestionado y débil que nunca.

Parece pues que el pluralismo está perdiendo la esencia de “valor prevalente” en nuestro sistema democrático, que decía el Prof. García de Enterría y, como dirían nuestros más “progresistas” y “regeneradores” políticos en uno de sus eufemismos característicos, experimenta un “crecimiento negativo”. Es decir, tal vez estemos llegando a lo que algunos denominan ya como “democracia fallida”, en la que acabe enterrado ese “pluralismo”. Se hace buena la frase de Charles Bukowski: “La diferencia entre una democracia y una dictadura consiste en que, en la democracia, puedes votar antes de obedecer las órdenes”.

¡Feliz y próspero 2018!

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