cero
Fotografía: pixabay.com

Hoy, está la literatura empañada de esa neblina que a veces los ojos rechazan como a la tristeza, hoy se lee por el precepto social de no resultar palurdo. Temas artificiosos y comerciales, desde el erotismo de las “50 Sombras” a las entregas rufianescas de “Juego de Tronos” o “Los pilares de la Tierra”.

Las literaturas comerciales me recuerdan que la mente humana es tan retorcida como para intentar emponzoñar a la naturaleza, es difícil deshacerse de su propia sombra, pero si descuadra en la foto, se quita. Se quitan las espinas de las rosas y la cafeína al café. Pero no se quita la mala leche y la mezquindad. Tal vez la nueva religión en la que hemos de comulgar sea de imperativos siniestros.

Guardo un magnífico aporte cultural de mí ansía de saber, pero me enseñaron a leer más que a escribir. Estoy  advertido a guardarme de los lobos con apariencia de corderos, pero analizando a Hobbes encuentro muchos lobos literarios. Todos somos portadores del gen de la maldad, pero algunos trabajan a fondo para perfeccionarlo.

El octavo precepto del decálogo se ha transformado en deporte y cada vez hay más mentes podridas en cuerpos sanos. Hay una nueva ola de periodismo demagógico que se dedica a engordar a politiquillos zafios y vilipendiar las buenas acciones, y la honradez está también empañada de esa neblina que el cerebro rechaza, esperando que el próximo partido político creado, o el surgido de la podredumbre de otros no nos afecte. El antónimo de honestidad parece ser indignación (para justificar cualquier conducta) así como el sinónimo de esta, impotencia. Impotencia de que no se pueda hacer nada, de que todo esté perfectamente medido y controlado para que no nos falte ni nos sobre, discurso sobre el programa del que adolecen.

La honradez periodística es directamente proporcional al poder del carisma, partido por la credibilidad de las encuestas, y de esta fórmula no se libra ni la derecha ni la izquierda ni la radicalización ni el nacionalismo; porqué hoy día, intenciones de voto que dependan de la literatura expresada por algunos políticos, o sus profetas, son tan imponderables como cero elevado a infinito.

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