Ningún acólito ni líder adorador del estado podría serlo sin venerar antes a otro dios menor: la mentira; y cuanto mayor sea la mentira más poderoso será su dios Estado. Goebbels, que compartía el sueño de Hitler de que toda la sociedad fuese Estado, fue el gran maestro de la mentira; de la propaganda nazi convirtiéndola en un verdadero arte siniestro. “Si una mentira se repite muchas veces la convertimos en verdad”, solía afirmar. Esta máxima es la que han lanzado las asociaciones independentistas cuando han repetido hasta la extenuación el mantra de “presos políticos” confundiéndolos con políticos presos en los medios afines, pancartas y declaraciones. Así, una flagrante y pública traición al independentismo será interpretada por el mismo independentismo como una de las maniobras políticas más inteligentes de todos los tiempos por parte de Puigdemont; o el robo sistemático de los Pujol a todos los catalanes y resto de españoles no dejarán de entrar en el imaginario colectivo secesionista como un “bien hecho” -honorable Sr. Pujol- “es lo que se merecían”.

Este es el mundo al que la traición de los sucesivos gobiernos españoles y las autonomías nos ha entregado ¿Podría darse un cambio de tribunal porque a la juez Amela no la controlan y ha metido a medio exgobierno catalán en la cárcel de forma preventiva? ¿Será posible que al final salgan todos libres porque prometerán ser buenos chicos? ¿Harán lo mismo con un atracador de bancos porque prometa no volver a las andadas en sus fechorías?

Los acontecimientos futuros nos darán de qué está hecho el gobierno. Si hay algo peor que un gobierno débil es un gobierno cobarde que no se atreve a cumplir sus funciones: La función del gobierno no es legislar para salvaguardar las prebendas de los políticos y sus partidos, ni mucho menos cebar obscenamente de medios y recursos financiaros a quienes tienen como único objetivo destruir España.

Cuando existe verdadera separación de poderes el gobierno no legisla. En realidad, el gobierno debería tener prohibida la entrada en el Congreso porque gobierno y legisladores deben estar en esferas distintas y confrontados en perpetua tensión. La función del gobierno es salvar al pueblo cuando está en peligro, y ahora seguimos en peligro con un nacionalismo rampante y lo seguiremos estando mientras no se neutralicen a las asociaciones golpistas junto a los medios, políticos, entramado clientelista y doctrinario educativo dedicado al odio a España. Desprogramar treinta años de mentiras resultará una labor de tiempo y paciencia, pero de no realizarse España dejará de existir. Es una cuestión de supervivencia, y el tiempo está a su favor si no se desmonta el independentismo. Solo habrá que dejar pasar unas cuantas generaciones más debidamente adoctrinadas y que desaparezcan las que ahora forman la resistencia a la locura nacionalista. Si no se revierte la situación España dejará de existir si es que no lo ha hecho ya desde que se instauró el germen de su destrucción. Ese germen son las autonomías.