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Dios sabrá y el juez dictará sentencia sobre el caso de “la manada“. Ahora bien, manadas haylas y muchas; entre ellas aquellas aficionadas a los juicios precipitados y linchamientos que anteponen los abominables códigos de la corrección política a la verdadera justicia.Yo ni quito ni pongo rey, pero imagino que por muy profesional y experimentado que sea un juez no dejo de reconocer la inmensa y difícil labor que han de afrontar y superar los jueces. Y el valor de algunos de ellos como la Juez Alaya o la juez Lamela son verdaderamente encomiables. Ahí es nada, atreverse a separar los poderes.

Los alegatos de las defensas y el fiscal

Como no me dejo influir ni por los discursos feminazis, ni por circos pancarteros callejeros, ni por los actos de fe inquisitoriales realizados desde los púlpitos mediáticos de los pontífices progresistas, he intentado escuchar a las dos partes: defensa y fiscal; y la verdad es que no tengo datos ni mucho menos me veo capacitado para pronunciarme a favor de unos ni tampoco de la supuesta víctima. He escuchado los alegatos de la defensa y del fiscal; y ambos me parecen posibles. No me gustaría estar en un jurado popular para pronunciarme sobre el caso de la manada respecto a si son inocentes o culpables. Lo que sí tengo claro es que deberían haber sido inocentes hasta que no se demostrase lo contrario; pero los medios han machacado literalmente día sí, día también a la manada.

El mismo nombre de “la manada” con el que se les ha dado a conocer mediáticamente ya resulta despectivo y acusador, aunque ellos fuesen suficientemente descerebrados para denominarse así: una cosa, Sres. periodistas, es informar y otra bautizar. Descerebrados y jóvenes producto de la más absoluta carencia de valores sí que lo son. Sin estructuras de pensamiento analítico o sintético porque tampoco conviene que los jóvenes aprendan a pensar, están todos acostumbrados a la ausencia de esfuerzo y la obtención inmediata de los más mínimos caprichos.

¿Culpables o inocentes?

Si son culpables no caeré en el tópico de decir que “la culpa es de la sociedad”, pero innumerables jóvenes se hallan hundidos irremediablemente en una sociedad de consumo cuyo sistema derrochador de recursos, a la postre, está destruyendo el planeta.

Nada tienen que ver los San Fermines descritos por Hemingway en su novela Fiesta, The Sun also rises con unos San Fermines cuyo objetivo es el desenfreno, las drogas y el sexo. Puede que de haber nacido los miembros de la manada cincuenta años atrás sí que hubiesen crecido con esos valores que la actual sociedad progresista hipertecnológica les ha negado. De haberlo hecho no se les habría pasado ni por la imaginación semejante monstruosidad, fuese consentida o no.

Con el papel de la familia y los valores tradicionales relegados no a un segundo plano, sino apartado en un baúl al mismo sótano del edificio social los medios están dando mensajes absolutamente destructivos ofreciendo no la manzana de Eva (que por lo menos distinguía entre el bien y el mal), sino valores hedonistas de barro.

En fin, que hemos dejado a la serpiente del paraiso a la altura del betún… La apariencia física prevalece sobre el mérito o el esfuerzo, el engaño sobre la verdad y el honor, el sexo sobre el amor; y los políticos nos dan lecciones diarias de corrupción y cómo vivir sin dar palo al agua engañando a ilusos. Los nacionalismos, que tantos muertos y horror trajeron a Europa el siglo pasado están resurgiendo cual ave fénix. Y mientras, la sociedad ofrece mil ejemplos de aborregamiento en masa. No se me ocurre mayor renuncia a la libertad. Tiene que llegar una nueva generación de luz que acabe con esta oscuridad. Es la ley del péndulo.