Carlos Puigdemont

En su día disentí de aquella frase que hace ya más de treinta años puso de moda el entonces todopoderoso Pedro Pacheco, a la sazón alcalde de Jerez de la Frontera, que, al final, fue condenado por diversas cuestiones que no vienen al caso. Porque, pese a quien pese, nuestra justicia, que está a la altura de cualquiera de las mejores del mundo libre, merece el mayor respeto y consideración.

Ahora, amparado en su cobarde retiro temporal, el delincuente Puigdemont -que lleva gastados ¿de qué bolsillo? 500.000 euros en abogados- trata de llevar a la justicia española, por la vía de los hechos, a esa injusta e irreal calificación de que nuestra justicia pueda ser un cachondeo. El citado delincuente, traidor también con los suyos, al parecer ha solicitado dos regalos imposibles. El primero, que Don Mariano Rajoy Brey, presidente del Gobierno de España se disponga a viajar a Bélgica, cuanto antes, para establecer un diálogo -de igual a igual- sobre el “conflicto catalán”.
Según mis noticias (aún no confirmadas) el Sr. Rajoy ante este reto tan difícil de resolver, ha caído en una fuerte depresión que exige un tratamiento de choque, para evitar que derive a enfermedad incurable. Y el segundo es, que la justicia belga le ponga una escolta para venir a votar en las elecciones del 21 de diciembre. El solo comentario de estos imposibles regalos, denota -con toda claridad- la escasa “masa neuronal” que hay bajo la ahora más aligerada pelambrera del prófugo personaje. Ignoro qué dirá la justicia belga, aunque confieso que no las tengo todas conmigo. Sin embargo, para paliar toda esta rocambolesca situación, yo pediría a los belgas que, una vez acordada la expulsión del torpe Puigdemont, nos lo manden a partir del día 22 de diciembre -contra reembolso de un euro- a la prisión de Alcalá Meco. Y, también, que el día de las elecciones, le preparen, en la cafetería donde suela desayunar, una urna de juguete para que meta en ella, hasta llenarla, recortes de varios periódicos para que posteriormente los pueda utilizar con fines higiénicos.