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Ayer al mediodía me encontré con el compañero de siempre, como todos los días por el mediodía hablando de lo mismo. De política más que nada y sobre todo de Cataluña. ¡Qué le vamos a hacer! Nos ha tocado vivir estos excesos de manifestaciones mal paridas que nos tienen acostumbrados los nacionalistas catalanes, no por ello, por tanta animadversión que nos tengan, no quita que también allí, hay personas que disienten de estos, ya que son constitucionalistas y españoles. Entre sorbos de vino de la tierra y unos buenos aperitivos—por cierto muy buenos y deliciosos—mi amiguete me soltó una pequeña historia que me dejó pensativo para todo el resto del día.

¡Ya ves! A lo mejor no te crees lo que te voy a contar, es la pura verdad—él se refería al sueño—Anoche soñé y no pude dormir. Le daba vueltas a comentarme los sueños. Debo reconocer que mí estimado acompañante y amigo de toda la vida, le costaba trabajo hablar: le solté: ¿Qué soñaste? Pues mira, soñé que aún estaba trabajando y que la empresa nos convocó para suministrarnos nuevos elementos de trabajo, cuando estaba llegando a Cataluña era ya casi de noche: pernocté en un pueblo llamado San Rafael del Río. Por la mañana me dijeron que estaba cerrada la frontera y que para entrar tenía que tener pasaporte. Yo que estaba despierto, empecé a titubear si estaba soñando como mi compañero. Esta noticia me dejó confuso ante aquellas palabras que me estaba diciendo el gerente de aquél hostal. Cogí mi coche y cada vez que me iba acercando a aquella frontera apuntada por aquel hostelero me entró un escalofrío que quisiera olvidar. En aquel lado opuesto de la frontera había personas mayores, niños y ancianos con maletas, a la lejanía se veían venir por la carretera filas de personas con enseres de todo tipo que querían salir de aquella parte catalana. Desde el lado que me encontraba haciendo estraperlo todo tipo de personas del otro lado de la frontera en la que me encontraba. Todo esto me pareció que mi compañero estaba hablando por hablar y a su vez, delirando con todo aquello que a mí me perecía un disparate.

Cuando me estaba expresando todo esto, apareció el gorrón de siempre, este que se dio cuenta de la conversación, nos dijo: Yo soy el Gobierno y les doy la carta de libertad, es decir, les doy la absoluta, su independencia e incluso, además tendríamos que votar todos, ¡ah! y que nos devuelvan los dineros que nos deben y que se vayan a…Que se las arreglen como puedan. Yo el que suscribe, a estas declaraciones le hice una pregunta: y los demás catalanes ¿qué hacemos con ellos? Los tres nos quedamos en silencio unos segundos. Por unos mentecatos y estúpidos ¿cómo podemos dejarlos fuera de España? Mi amigo del alma quería seguir comentando el sueño. Le guiñé y dejó de hablar. Pero viendo todo lo acontecido estos años, después de ver tanto atropello a la legalidad, de tantas mentiras y de tantos miserables, podría también repasar y reconsiderar mis pensamientos de aquellos comentarios que me dejaron aquel mediodía estos dos amigos: el soñador y el que duerme a pierna suelta. Si yo sueño lo que soñó aquel amigo, no podría dormir por muchas noches. Cualquier parecido con la realidad es pura coincidencia. Pero, hay quien pudiera decir: que los sueños a veces se repiten.