No seré yo quien rectifique a esos cinco malvados, suavizando su denominación. Cuando ellos lo hacen es porque están contentos con su condición de salvajes, inhumanos, y despreciables. Ahora los medios de comunicación nos tienen al día sobre el juicio que se está celebrando en Pamplona, del que no es fácil aventurar un resultado.

Por mi parte solo quiero hacer unas breves consideraciones, basadas en lo que he oído y visto en los medios de comunicación.
Lo primero y principal es que el hecho que se está juzgando se produjo indubitablemente, en el lugar y fecha indicados. No hay que volver más sobre el tema. Me fijaré, en los demás aspectos. Sin opinar sobre los abogados, porque estos profesionales trabajan para favorecer a sus clientes y allá ellos con su conciencia. Tampoco haré caso a las declaraciones de los acusados porque tienen derecho a mentir. Aunque haré una excepción. Al parecer uno de los ellos afirmó que fueron relaciones consentidas y al preguntarle porqué, respondió que la víctima “gemía”. Torpe respuesta, sin duda, porque todo el mundo sabe que gemir es “expresar naturalmente con sonido y voz lastimera la pena y el dolor” y es lo que está más lejos de prestar consentimiento. Estoy seguro de que el juzgador les dará a esas palabras el valor que tienen.

Pero sí quiero detenerme en la moralidad de estos individuos. Aunque hubieran sido relaciones consentidas (a todas luces parece que no) hay que ser muy poco hombre, y de la peor catadura, para envilecer y ensuciar un acto íntimo, respetuoso y reservado, transformándolo en otro violento, multitudinario y realizado en un portal. Solo por eso, esos cinco borregos, aparte de las penas que les imponga la justicia, merecen la mayor repulsa de los ciudadanos.