Anoche intenté dormir y no pude. Las ventanas de mis ojos se abrían y cerraban por arte de magia, aunque yo vislumbraba el porqué de ese abrir y cerrar de ese sentido que nos hace felices y a veces nos apesadumbra una enormidad, pero de vez en cuando, cuando miramos al infinito vemos la realidad de las cosas. No atisbaba del porqué de esa intranquilidad, de esa oscuridad pasada de esa noche. Me levantaba de mi cama, me asomaba a mi ventana y volvía a emparejar una vez más mi silueta en mi cama, volvía a nacer en mi alma, pensamientos que de tarde en tarde aparecen y me dejan apesadumbrado, lleno de una nostalgia que no alumbro a entender.

En una de esas asomadas a mi ventana, me di cuenta, allá a lo lejos, en la lejanía, en el cerro de la cárcel, conocido también por el Desierto de Nuestra Señora de Belén, miré en su altozano, allá en la sierra de mi Córdoba, observé una luz nueva, de momento con el rabillo del ojo mi mirada si fijó en las ermitas, donde unos anacoretas esperan seguir viviendo más allá de la muerte. Vi a Fernández Grilo esculpiendo flores escritas para recuerdo de esas casitas blancas como palomas. Muy alta esta la cumbre, la cruz muy alta, para llegar al cielo, cuan poco falta. Mis ojos de vez en cuando con el rabillo del ojo miraba a mi izquierda esa hermosa torre de la Catedral de mi Córdoba donde sus doces campanas, me llegaban a mis oídos su tañer por un misterio que no llegué a comprender en aquellos instantes.

Y…cuando miraba a mi derecha, como por arte y de un atractivo milagroso, mis ojos ya no echaban las cortinas, se quedaron de par en par, luminoso, radiante con luz nueva y resplandeciente al Sagrado Corazón de Jesús. Desde la atalaya de mi tragaluz, veía esas casitas blancas como palomas. En aquellos momentos cuando miraba desde ella y reparaba en las ermitas, me vino a la memoria una plagaría que me enseñaron de niño en mis muchos años cuando cursaba mis estudios en los salesianos: mirando a mis ermitas con voz temblorosa recé la oración. De pronto miré hacia arriba y abriendo los ojos vi los alargados dedos del Corazón de Jesús moviéndolos hacía el cielo, fue el momento cumbre de esa noche agitada que creía que iba a perdurar hasta el infinito. Las estrellas se columpiaban y mecían en el cielo de esa noche. Pudiera ser que fuese un sueño todo esto, que fuese pura fantasía. Lo cierto y verdad es que después de cerrar los ventanales de mis ojos. No volvieron a abrirse hasta por la mañana. Anoche intenté dormir y no pude. Bendito trasiego el de esa noche estrellada.