Miguel Camuñas.- No soy periodista ni cronista, simplemente me gusta
tomar nota y describir literariamente lo que ocurre a mi alrededor para salir
un poco de la monotonía de la tertulia de taberna o de parada del autobús.
He tenido que reflexionar antes de expresar mi más
sincera repulsa por la tragedia ocurrida en Barcelona.

    

 Que nadie intente encontrar una lógica a este
comportamiento desnaturalizado y salvaje. Tan desagradable como imprevisible.
Apasionado derroche de irreparables daños grotescos y autodestructivos como si
el ser humano estuviese despreciando a los demás y quisiera anularlos hasta la
extinción, sin mirar, sin vernos como conjunto, sin reparar que somos parte de
ese reino que un único Dios creó para nosotros.
 Seguiremos defendiendo la libertad los que
humildemente, enarbolamos esos valores que están por encima del fanatismo y la
locura colectivos. Pero cada día es más difícil luchar contra esta conjura de
los necios, contra esta ruleta rusa que está cargando la frivolidad de unos
intelectuales y una clase dirigente en los países occidentales que no saben o
no quieren utilizar los derechos que la democracia debe considerar
fundamentales contra la barbarie.
Sólo nos quedan los recuerdos. Recuerdos disfrazados
de sueños holliwoodienses o más propios de los mundos de Disney.  Sólo los
lejanos pensamientos pasados que intentan fomentar algún atisbo de lógica en
esta situación de incongruencias tan nefastas. Sólo los ensueños deprimidos y
melancólicos que nos embargan de nostalgia. No tengo certeza de ver la luz al
final del túnel, cuando este puede ser un agujero negro hacia el tiempo que la
historia guarda en su cajón de catástrofes y penurias. No, no hay tiempo mejor
ni peor en el mantenido saqueo del paraíso donde aparecimos.
Pero más triste que ver desvanecerse los recuerdos de
este paraíso, es pensar que generaciones venideras conozcan perfectamente el
infierno.

    

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