Miguel Camuñas.- El largo y cálido verano da para mucho, tal vez esa
pesadumbre neuronal de los que se quedan sin veraneo en ciudades de interior
como la nuestra sufrimos ese síndrome que llamaba mi madre, calentura de coco.

 

Recuerdo en el 86 aquella famosa parodia urbana de la
“serpiente de los patos”, me ha venido a la cabeza cuando vi hace unos días el
proyecto de una playa en Córdoba, está bien, ya ha dado para anécdotas y
chistes que aún persisten y veo otra “noticia” cuanto menos curiosa, la
posibilidad de hacer accesible para caminar sobre ella, la muralla del
Marrubial, que no digo que no sea factible, pero que ahora con la que está
cayendo, me parece otro pego.

Quiero evocar el origen de este vocablo que tiene un
antecedente histórico en nuestra ciudad, cuando a principios
del XIX cuando, un francés llamado André o Louis Pegó (o Pegau) se
asentó en Córdoba. Hombre ilustrado pretendía hacer partícipe a la sociedad
cordobesa del momento de los últimos adelantos científicos europeos; así, no
dejaba de hablar entre otras cosas sobre cómo hacer volar un globo aerostático
con una persona dentro.
Tal fue la expectación que formó que se reunieron los
materiales por él pedidos para fabricar dicho artefacto. El día elegido para hacer
volar el globo congregó a buena parte de los cordobeses del momento, pero el
globo jamás levanto un palmo del suelo, convirtiéndose todo aquello en una
fantasmada del señor Pegó. Tal fue la decepción que cuando algo no
funcionaba o no servía para nada se empezó a decir que era como lo del Pegó,
hasta degenerar en nuestros días en “pego”.