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Poetas y poetas
Justo Egosoy.- Vaya por delante que considero que pienso que Javier
Marías
no hizo sino enzarzarse con el pelele de paja que él mismo se había
fabricado, pues ni siquiera el podemita más recalcitrante puede ser tan
refractario a la sensibilidad estética como para considerar a Gloria Fuertes
más que un poetastro de tercera regional después de haber leído a Quevedo en la
escuela. Esto dicho, déjenme —o dejarme [sic], como diría la rimadora
que inspira estos párrafos— entrar en el fondo de la cuestión, pues ahí reside realmente
el quid de la cuestión, o el kid, si prefieren los hinchas de la
coplista madrileña.

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Marías apunta contra los que quieren
ver una conspiración heteropatriarcal tras la supuesta escasez de hembras en el
canon literario occidental. El escritor no habla por hablar, sino que sustenta
su opinión con un irreprochable listado de escritoras laureadas por la
excelencia de sus obras, y no por sus partes pudendas como las saltimbanquis
progresistas de cuota. Ante semejante argumento, no cabe contrarréplica posible
salvo el berrinche de alguna niña repelente al comprobar que alguien no le da
la razón. «¡Pues ahora me voy a enseñar el suje en la capilla de la facu, ossea!».
No faltará empero algún otro tonto más leído que nuestra ficticia Tetitas —cualquier
semejanza con algún aparatchik del Soviet de Karmenagrado es pura
coincidencia—, de aquellos que Bloom muy certeramente bautizó Escuela del
Resentimiento. Su argumento, tan simple por dentro como por fuera: la mujer
está poco representada en el canon. Y, si a eso vamos, los negros, los indios,
y los transmaricabollo. Si me lo permiten, discutiré esto mediante un ejemplo.
Imagínense que las
bellas artes fueran un juego de lotería. Este juego, durante la mayor parte de
su historia, habría sido prerrogativa de los varones europeos o, más
concretamente, de una pequeña fracción de éstos con ganas y caudales para
invertirlos en el azar, y una administración de lotería cercana. Sin embargo, como
bien supondrá el avisado lector, no todos los jugadores habrían corrido la
misma suerte. Ya sabemos que Fortuna, como las musas, favorece a unos u otros
caprichosamente, por lo que sólo unos pocos serían los tocados por la diosa. De
estos pocos, unas decenas habrían ganado el primer premio cada año. Y de entre
éstos, sólo uno habría ganado el Gordo de Navidad. Pues bien, este y sólo este
afortunado pasaría a engrosar el canon.
Continuando con la analogía, unas
pocas mujeres —o negros, o indios, o transmaricabollo— habrían desafiado las
convenciones sociales comprando lotería. No hace falta saber de cálculo de
probabilidades para intuir que sus posibilidades de ganar un premio generoso
son escasas, pero alguna pedrea siempre toca, si no en Navidad, en el Sorteo
del Niño. Pues sepan que tan sólo esto les habría bastado a los acólitos de los
Estudios de Género Postcolonial Afroamericano para pretender reescribir el
canon. Tras una minuciosa inspección de la lista de ganadores, habrían
concluido que la mayoría de ganadores de un juego cuyos participantes son casi
exclusivamente varones europeos son —no se sorprendan— varones europeos. En
lugar de admirarse de la presencia contra todo pronóstico de otros ganadores
del Gordo, se asombran de no encontrar más.
Piensen, por ejemplo, que frente a la
relativa facilidad de un varón para desarrollar su genio en un monasterio
leyendo y escribiendo lenguas clásicas, Santa Hildebranda, doctora de la
Iglesia, requería de un escriba varón para componer sus textos. ¿Cuál creen que
es la probabilidad de que surjan más monjas del talento de la mística teutona,
que sean conscienten de éste y que, además, tengan un amanuense a su
disposición para poner sus visiones negro sobre blanco? Si me excusan la
perogrullada, para ganar la lotería, hay que jugar. Este axioma tan aparentemente
simple es lo que se quiere poner en tela de juicio.
No obstante, lo que mi lector le lleva
una fracción de segundo comprender tan sólo aplicando su sentido común, a los
adeptos a la progresía le cuesta asimilarlo. Háganse cargo, estamos hablando de
un culto que no considera los hechos como son, sino como a ellos les gustaría
que fueran, por increíble que suene. De esta manera, como a ellos les gustaría
que más mujeres, negros, etc. hubieran ganado el Gordo, pretenden solucionarlo
metiendo a más de ellos en la lista de ganadores. Naturalmente, necesitan
cambiar el criterio de pertenencia para que funcione. En este caso, con haber
ganado la pedrea de cualquier sorteo, suele ser suficiente. Si no me creen,
miren el ejemplo de Frida Kahlo, venerada por el feminismo analfabeto, cuya
técnica es tan deficiente como su estilo, y que carecía otro mérito artístico
destacable. Sus credenciales no las encontrarán en su obra, sino en un
dramático accidente y en haberse pasado a Trotsky por la piedra.
La consecuencia obvia es que la lista
deja de ser de ganadores para convertirse en un sumario de participantes
aleatorios. A pesar de ello, las ganadoras de la pedrea siguen sin más que su
premio de consolación por más que sus nombres aparezcan en una nueva lista,
como las autoras de cuota no adquieren genio o talento, por mucho que sus
nombres resplandezcan junto a grandes autores en facultades ideologizadas de
todo el mundo. Con los cánones artísticos, como con la relación de agraciados
con el Gordo, sucede que dejan de serlo en el momento en que se baja el listón.
De ahí que los menos zotes de entre la merma ilustrada apuesten por erradicar
el canon, sabedores que la vagina o la negritud del autor no cambian un ápice
los valores estéticos intrínsecos de la obra y que,  al lado de los verdaderos clásicos, no pueden
esconder el engaño. Por eso les pido que desempolven sus lecturas escolares,
las relean página con página junto a Gloria Fuertes, y traten de decir que es
una gran poeta sin tener que reprimir una carcajada.
 Justo Egosoy @JustoEgosoy

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