La Revolución Conservadora está en marcha y se ha iniciado en
EEUU.

Los memos zombificados que son víctimas de
lo “políticamente correcto” ladran a Trump, luego cabalga,
aunque no sea santo de mi devoción, al menos inicialmente, pero por algo se
empieza.

Es posible que si Trump fuera europeo compartiría etiquetas o
hashtag (como dicen los tuiteros) del tipo #identitarios, #socialpatriotas,
#stopUE, #stopOTAN, #stopglogalizacion, #stopLGTB, como hacen los
movimientos identitarios españoles.

Los primeros pasos de Trump, a mi juicio, son gestos contra la
globalización.

Esa globalización, entre otras cosas, produce cesión de soberanías
de las naciones en pos de “gobiernos” supranacionales, pérdida
de identidades y valores en nuestros pueblos, dilución racial (los globalistas
son los racistas que no creen ni quieren la diversidad de razas) y pobreza,
mucha pobreza, y a cambio nos devuelve una bazofia consistente en  la
imposición de lo “políticamente correcto” mediante la perversión de
valores y una resignación ante la esclavitud impuesta por las oligarquías que
están por la agenda del Nuevo Orden Mundial.

Llegó un momento en que las oligarquías estadounidenses tenían que
elegir entre más Imperio  o más Nación y eligieron esto último por
razones, al menos, tácticas.

No es extraño en tanto que las civilizaciones que han dejado
huella en la historia suelen compartir un patrón común cual es su
expansión, de menor a mayor importancia en ciudad-estado, reino, nación e
imperio y si resulta insostenible algún estadio, tienden a replegarse al
estadio anterior, para avanzar después o retroceder más hasta desaparecer, así
de simple.

Si difícil fue la elección de la opción entre más Imperio o más
Nación, más difícil fue sacarla adelante con unos súbditos imbelicilizados por
tanta propaganda “demócrata” clintoniana, apoyada por el propio Bush
Jr,  y abanderada por la criminal Hilaria Clinton, quien con la
complicidad del sionista húngaro Soros y utilizando como herramienta la Fundación
Clinton, han creado, armado y sostenido al ISIS, con la activa participación
del gobierno de Obama, Arabia Saudí, Israel y Turquía.

Por encima de los políticos e incluso de los súbditos (dejamos de
ser ciudadanos con la globalización) está lo que el sabio profesor y politólogo
Dalmacio Negro (uno de los últimos que quedan vivos tras el fallecimiento del
filósofo Gustavo Bueno) denomina la ley de hierro de la oligarquía
(inicialmente formulada por Robert Michels,  un relevante politólogo
alemán, allá por los albores del siglo XX).

Básicamente la tesis que sostengo es que Trump está ahí porque las
oligarquías dominantes así lo han querido, disponiendo, convenientemente los
mecasinos para ello y optando por más nación.

Es lógico, EEUU tiene brechas internas que hay que tratar  y
brechas externas que hay que cerrar tras clamorosos fracasos por mucho ejército
que tengan, cosechando fracaso tras fracaso, con escasas excepciones y desde la
II GM.

Aún cuando pueda parecer que Trump es una suerte de outsider del
establishment, no lo es, pues es parte del mismo, y está ahí porque las
oligarquías lo han puesto con la coartada de los súbditos.

EEUU se repliega para reparar, reforzar, tomar impulso y
avanzar.

En esta ocasión, el escogido por las oligarquías ha sido
 Trump, probablemente un sionista (baste ver quiénes predominan en su
gobierno en materia económica), que temporalmente pretende volcarse más con el
pueblo estadounidense que con los compromisos internacionales.

Además, quizás fuera la elección acertada, pues ese imperio
estadounidense, inicialmente promotor destacado de la globalización,
herramienta de la agenda del Nuevo Orden Mundial, ha sido debilitado por ella
misma, desgastándose en operaciones militares y en golpes de estado
“suaves” con la promoción de “primaveras” que no han
prosperado, salvo en Ucrania.

EEUU ya tiene, prima facie, su oponente a la globalización que es
Trump y en Europa, Putin, precisándose de un mundo con diversos polos y no uno
sólo.

Ahora bien, Europa es extensa y diversa, y se necesitan más antiglobalizadores que
frenen nuestra decadencia, manifestándose en un genocido blanco prolongado en
el tiempo e intenso, gracias a las consabidas herramientas de las decadentes
totalitarias dictaduras demoliberales (que conciben la democracia como una estúpida
religión al servicio de las oligarquías para dar coartada a sus fines mediante
sus medios) bajo la coartada de organizaciones internacionales que parasitan la
soberanía de cada nación, llámese ONU, OTAN o UE.

Esas asesinas herramientas de la globalización son la
política de género (destructora de todos nuestros valores europeos encarnados
por el cristianismo), el supremacismo del mestizaje y de la inmigración masiva
a Europa (para mediante la mezcla racial diluir a las diferentes naciones y
razas de europeos en aplicación del Plan Kalergi), la deslocalización de la
producción a otros continentes y el empobrecimiento progresivo de la
población.
Quieren ahogar a la vieja Europa reemplazando a los europeos, cada
vez menos reproductivos y más viejos, con sangre foránea con una cultura y
tradición que no se puede ni integrar ni asimilar en Europa, conforme la
desastrosa experiencia actual donde la inmigración es coladero de parásitos y
terroristas (aunque en ambos casos, no todos).
Quizás Trump pueda ser una señal, y así lo parece, que anuncie el
fin de la dictadura de lo “políticamente correcto” y todo su sustento
dentro de una concepción globalizadora y rastrera que atenta contra sus
semejantes en cada nación y cuya decadencia ya ha comenzado.

Si en Europa los movimientos identitarios no toman el poder, por
una u otra vía (y siempre pacíficamente) ya no quedará Europa, sino un
ramillete de zombies sin identidad a merced de los globalistas, con una
imposición de culturas foráneas, enemigos declarados de los europeos, como pone
de manifiesto la historia, para  destrozar la diversidad europea de
siglos.

Obviamente, el efecto Trump en España no prenderá a corto plazo
por causa de que Rajoy, como digno sucesor de ZP, no tomará ninguna decisión
patriota, pues su único fin es perpetuarse aún perseverando en esa gran
traición, para con España y para con los españoles, en tanto renuncia a poner
en orden el segundo problema más importante que tenemos en España (el primero
es el demográfico) y que no es otro que el desafío de los secesionistas que aún
no han sido ilegalizados, así como otras formaciones con vocación
“nacional”, pero igualmente hispanofóbicas, como Potemos, siendo
fuerzas, todas ellas, acreedoras de la más absoluta proscripción mediante su
ilegalización.

En definitiva, Trump está transmitiendo la idea, frente a
esos dictadorzuelos globalistas, eso de “América para los
americanos” (en un “remake” de la doctrina Monroe, adaptado al
tiempo).

Es un buen comienzo, lo que no implica un final de igual
nivel, pero al menos ha iniciado así su mandato y si gentuza como la sionista
Merkell tuvo sus 100 días, también es de recibo dejarle ese margen a Trump.

La solución está en la gente corriente, la que forma parte de los
movimientos identitarios que tienen un objetivo común, el de reanimar,
revitalizar y reactivar nuestra Nación y romper con la globalización, siendo
conscientes que España vive un momento prerrevolucionario y que unos pocos
identitarios valen más, por su fuerza, valor y disciplina que mil globalistas,
acostumbrados a la holganza, la molicie, la mamandurría y el parasitismo (ahora
que tenemos a los secionistas y a los “potemitas” en diversas
corruptas instituciones, podemos padecerles con total amplitud y sin
anestesia).

Si como Trump en EEUU, los movimientos identitarios españoles son
capaces de movilizar a los españoles y superar a los enemigos que quieren
perserverar en la destrucción de España, triunfará la Nación, ahora
 bien, a diferencia de EEUU, para conseguir éso, dada la asquerosa podredumbre
de nuestras instituciones, hay que tomar la iniativa en la calle,
progresivamente, en tanto es, en la puta calle, donde está la legimidad, que no
reside ni en las urnas ni en las instituciones, por dimanar de un régimen
ilegítimo, totalitario, corrupto y únicamente al servicio de las oligarquías
que pretenden la desmembración de España y la pérdida de identidad de los
españoles como pueblo, así como perpetuar en régimen de semiesclavitud a sus
súbditos (auténticas ponedoras sin compasión que valen mientras ponen y cuando
dejan de poner se sacrifican al sumirlas en la pobreza que conduce a la muerte
por la desesperación).

La Revolución Conservadora (término de Armin Mohler retomado por
la Nouvelle Droite, la Nueva Derecha) ha empezado, quizás, y con matices en EE.UU.

Esa Revolución Conservadora debe irradiarse a Europa y con ello a
España, imponiéndose los movimientos identitarios ya sea por las urnas (lo que
no creo porque el sistema utiliza mecanismos tramposos para evitarlo) o por el
poder de la calle, y siempre, claro está, pacíficamente.
Es el momento de los movimientos identitarios en Europa y en
España.

Eduardo Morato / Abogado / 
Presidente de pasionxespaña.es / 
Twitter: @edumorato92