Mujer del espejo Picasso

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Ana había nacido con el cuerpo perfecto pero con los padres equivocados, en el barrio equivocado y con los amigos equivocados. Las andaluzas del barrio solían tener esa belleza que les daba ciertos aires de sultana. Todas nacían igual de guapas y llegaban a embellecer el paisaje gris de ladrillo agrietado y desconchones paseando con gracia ese palmito que mantenía la inocencia de una niña pero donde despuntaban las formas de mujer. Vestidos remendados y pobreza no conseguían eclipsar la belleza de las mujeres. Había llovido por la noche y la mañana estaba fresca y con el olor inconfundible a tierra y a hierba de la vega cercana. Ana se asomó a un pequeño charco para verse reflejada y movió el agua divertida jugando con los dedos de los pies descalzos.

–¡Esta niña se ha ido otra vez sin los zapatos! ¡Ya le daré yo cuando vuelva! Gritó su madre cuando los vio debajo de la cama mientras barría. Pero sabía que era una batalla perdida porque al fin y al cabo los zapatos le iban pequeños a la pobre Ana y le molestaban mucho. Una noche llegó con unas llagas en los tobillos y un dolor insoportable. Desde entonces cuando la madre veía los zapatos suspiraba y seguía con su tarea.

Ana sabía que no le ocurriría nada yendo descalza como corriendo como una salvaje y prefería escabullirse a solas sintiendo la libertad y el aire dándole en la cara despeinándola correteando por la vega, cogiendo raíces de regaliz, que crecía abundantemente por allí y ella chupaba con deleite, recogiendo flores amarillas que brillaban lozanas bailando con la brisa, haciendo una cabaña con ramas o tirándole piedras a las ranas. Lo que no sabía Ana es que un tímido muchacho de su misma edad, más o menos, la seguía y hubiera dado cualquier cosa para poder pasar un rato con ella en aquella soledad. Ser cómplice en el lanzamiento de piedras en el estanque y las correrías de ella. Soñaba con poder pasar un rato juntos y contar con su amistad. Pero temía acercarse y que ella lo rechazara, hasta que se le ocurrió una idea. Desgajó de un árbol parte de un pequeño tronco que se bifurcaba en otros dos. Se fue al carpintero y le pidió que le dejara hacerse un tirachinas. A veces Paquito le ayudaba con los recados y otros pequeños encargos, así que el carpintero le concedió el permiso. El muchacho era mañoso y realizó una verdadera obra de arte: incluso lo pulió y lo barnizó. La goma elástica la consiguió en la ferretería por dos pesetas que había ganado en la carpintería, y al zapatero remendón consiguió convencerlo para que le regalase un pequeño trozo de cuero. Fue radiante a probar el tirachinas a la vega antes de que la chica llegara. Pero aquel día Ana no fue, ni tampoco al otro, ni al otro. Unas fiebres la mantuvieron en cama tomando vapores de eucalipto que los vecinos recogían de la vega.

–¡Qué hase aquí la niña? Preguntó el padre, que llegó tambaleándose y apestando a vino.

–¡Déjala en paz! ¿No ves que está mala? Ni te acerques…

El padre eructó estrepitosamente y se tiró en la cama. Esta vez había habido suerte para las dos. Nadie iba a resultar golpeado. Lo malo era la tormenta que se desataba cuando se quitaba la correa. A veces, cuando venía borracho y había perdido todo el dinero del jornal a las cartas empezaba a dar leña y ciego no sabía si el correazo lo recibiría la mujer, la niña, la mesa o la cómoda, sin venir a cuento. Ana con su delgadez y agilidad conseguía esquivar muchos golpes y eso enfurecía todavía más al padre. Pero entonces se dio cuenta de que esa ira e impotencia por no alcanzarla la acababa pagando su madre, así que terminó por dejar que los correazos la marcasen quitándose la inocencia golpe a golpe, porque ese golpe era uno menos que recibiría su madre. Y ambas sufrían las tormenta en silencio. El silencio de lo que ocurría dentro de las casas era cómplice de atrocidades normalizadas en aquel ambiente. En aquel barrio nadie preguntaba a nadie sobre los moratones, las señales de un correazo o un ojo morado. Las mujeres de ese barrio mantenían una solidaridad y una norma al respecto que todos cumplían sin que ninguna autoridad hubiera venido jamás a imponérsela. Bastante sufrían todas con las palizas, la pobreza, el hambre y las fatigas para encima airear la ropa sucia. Así que todas callaban y aceptaban que su vida era así, que aquello era lo normal y que si su hombre no se dignaba ponerles nunca la mano encima no era hombre suficiente. Aquellos hombres trabajaban muchas horas como burros y funcionaban como malvas toda la semana hasta que llegaba el sábado por la tarde. Algunos cogían la pequeña paga y se la gastaban en la tasca en vino, otros en juego y los pocos se iban a su casa sin pasar por la tasca. Aquellos sí que eran mirlos blancos.

***

Paquito no faltó ni un solo día en ir a primera hora a la vega hasta que al cabo de unos días apareció Ana, llevaba los zapatos puestos. Según la madre la culpa de la fiebre había sido por ir descalza vete a saber por dónde, y a Ana le cayó la bronca ¡Mala suerte! Pero esta vez su madre sí que se asustó y le llevó los zapatos a Amancio, el zapatero, para que se los ensanchara lo que pudiera en la horma.

Al muchacho nada más verla aparecer le dio un vuelco el corazón y sintió una especie de hormigueo en la barriga que le recorrería todo el cuerpo. Jamás se había sentido así.

Ana quedó sorprendida de ver a un chico lanzando piedras muy redondas con un tirachinas.

–Hola, Paquito, ¿qué haces aquí? No te había visto nunca… ¿cómo no estás con los demás?

–¡Pues mira! Aquí… probando el tirachinas… me he venido porque no hay nadie y los mayores no me lo quitarán. Seguro que si me lo ven se me lo quedan… ¿Y tú?

–Yo vengo a veces… ¡mira!… allí crece mucho regaliz… ¿vamos a coger?

Paquito no quiso obedecer la sugerencia. Era el hombre

–Ahora estoy probando el tirachinas… ¿Te gusta?… ¿Ves aquella rana encima de la piedra blanca allí en medio del estanque?

–Sí, pero está muy lejos… ¿llegarás hasta allí?

Paquito lanzó la piedra y dio muy cerca. El chapoteo del golpe del proyectil contra el agua asustó a la rana que enseguida saltó asustada y se sumergió. Ana sintió curiosidad por probar el tirachinas.
Nunca había tenido uno…, aquello era cosa de chicos, así que sintió un no sé qué por romper una norma. Otra de aquellas normas que tampoco estaban escritas. Las niñas no juegan con niños ni con tirachinas.

–¡Uy!… casi… ¿me dejas probar?… pero no se lo digas a nadie.

No sé…

¡Venga… va!… insistió Ana

¡Bueno, pero ten cuidado!

Ana tensó la goma y apuntó a un tronco que había medio podrido al otro lado del estanque.