Mujer frente al espejo Pablo Picasso

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A Pepa le gustaba vendimiar. Aunque sudaba la gota gorda y el trabajo era duro se deleitaba en coger un puñado de uvas al final de la jornada y llenarse la boca a dos carrillos. A veces, se espachurraba un racimo por la cara y el cuerpo. Luego de camino a casa se desnudaba y se metía en la alberca a chapotear. El agua fría le ponía tersa la piel y le gustaba gozar de la soledad en su intimidad. Ella acababa antes y sus primos, su tío y sus padres tardarían todavía un buen rato en seguirla a casa. Una vez se pegó el gran susto cuando un mozo de una aldea vecina y de su misma edad, más o menos, la sorprendió en su inocente juego. Salió disparada y se vistió detrás de las tomateras que había detrás de la alberca, pero no pudo evitar del todo que el chico pudiese admirar por unos segundos sus curvas incipientes y los pezones, hermosos y salientes. Flotando en la alberca quedaron dos hermosos tomates que había dejado flotando para que se enfriaran en el agua y comérselos con sal partidos en dos. Tenía escondida una lata con sal y lo que quedaba de un pequeño viejo cuchillo oxidado sin mango. Después del baño le daba un enjuague a su descolorido vestido y lo dejaba secar en la hierba al sol. Se tendía al lado en un lugar entre sol y sombra, al cobijo de una vieja encina, y soñaba con viajes y con qué habría detrás de las montañas. Su tío, que en su juventud había sido pescador le habló del mar, de lo grande que era, y de los manjares que se le podían sacar solo con ir a cogerlos. Eso le parecía a Pepa un mundo maravilloso. También le dijo que el riachuelo daba a otro que a su vez daba a un río mucho más grande que daba al mar. A veces echaba un palito que desaparecía entre los remolinos blancos de la bravura del torrente para acabar batido por la rueda del molino.
-Si pasa la prueba del molino, pensaba ella, podrá hacer su viaje hasta el mar…

Doña Paca despertó de uno de esos sueños que se tienen durante dos o tres segundos cuando estás despierto

-Son dos pesetas doña Paca
-¡Uy! Dónde tendré yo la cabeza…
Pagó al frutero de la plaza de abastos y metió en su cesta de mimbre dos enormes racimos de uva que el frutero le ofrecía envueltos en un cucurucho de papel de estraza.
***
Cuando Pepa llegó a La Coruña hacía tiempo que estaba sirviendo con la señora en el pueblo. El chico que la vio en el estanque quedó prendado de su belleza y no paró de insistirle al abuelo para que convenciera a su aya para que la trajeran de ayudanta de cocina en la casona. El abuelo había sido uno de esos tarambanas que persiguió en su juventud a cualquier cosa que llevase faldas y sonrió complacido que su misma sangre corriera por su nieto. Enseguida se compinchó con el chico y montó una cacería a caballo con los del ateneo del pueblo. Un criado fue a avisar al padre de Pepa de que tendría lugar la cacería en los bosques cercanos para que preparase viandas y vino para 25 personas. Que se quedarían a comer en el cobertizo y que una carreta vendría a traerle todo lo necesario. También llegaría en la carreta la vieja aya y que le daría instrucciones.

Cuando una casucha de una de esas aldeas esparcidas alrededor de La Rua tenía lugar un evento semejante era como si les tocase la lotería. Llegarían con chorizos, jamones, unos barriles de carne salada de cerdo, tocino, etc. El vino lo ponían los de la casucha, ya que no faltaba nunca y en abundancia en las cuevas que tenían. También producían su propio orujo y según la época no faltaban las castañas asadas, truchas, conejos, jabalí y venado. Así que el abuelo llevaría a su nieto, buen jinete, y de certera puntería a ver si podía convencer a los padres a través del aya para llevarse a la moza de ayudanta. Al aya no se lo podrían decir directamente porque se negaría en redondo santiguándose si adivinaba las verdaderas intenciones. Pero el abuelo sabía cómo tratarla y que teclas tocar para salirse con la suya. El abuelo había llegado a cabo destacado por su valor en el Desastre de Annual en la guerra contra los moros. Estuvo de asistente de un capitán cercano al general Silvestre y le salvó la vida en una ocasión. Desde luego, la silvestrada, como se referían los soldados de reemplazo a la cadena de errores tácticos que uno tras otro cometía el general Silvestre constituyó la guinda después de la pérdida de Cuba y Filipinas: uno de las mayores desastres para España. Los envió a todos a adentrarse en los territorios rifeños sin tener un corredor asegurado de agua y víveres en pleno desierto. No encontraron resistencia, pero el enemigo cortó toda posibilidad de abastecimiento y el grueso de un ejército superior y mejor pertrechado en retirada muerto de sed fue hostigado y destrozado. Las mujeres rifeñas cortaban los órganos genitales a los soldados moribundos y se los metían en la boca. Los abrían en canal y los quemaban vivos. Nunca se vieron crueldades mayores que las que tuvieron lugar en aquel desastre.