Mujer frente al espejo Pablo Picasso

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Ana despertó y vio un adonis junto a ella en la cama. Aunque no hubiese entendido ni una palabra de lo que le susurraba al oído su reciente amigo de la noche anterior su voz era dulce y suave, y al fin y al cabo el sexo es la única lengua franca en esta Torre de Babel en la que nos ha tocado vivir. Aunque no llegó al orgasmo con él, ella acabó el trabajo por sí misma y eso le volvió loco. La juventud del sueco respondió a la llamada por segunda vez y entonces el éxtasis alcanzó a los dos. Después llegó la relajación y durmieron profundamente. Doña Pepa los despertó corriendo unas cortinas pesadas de color bermellón que dejaron entrar la luz del sol a raudales. Ana odiaba ese ruido que hacían las cortinas y el mal humor no se le quitaba hasta después del desayuno. Hasta entonces no había quien le hablase. Doña Pepa lo sabía y después de la escena de la cortina se fue contoneando su enorme trasero. doña Pepa era gruesa, malhumorada, viuda de un capitán que había quedado manco durante la Guerra Civil, y en la casa era una especie de ama de llaves.

Doña Pepa regañaba a Ana cuando dejaba la ropa tirada por el suelo o no le apetecía comer. Parece que la disciplina militar hubiese sintonizado más con ella que con su difunto capitán. A sus sesenta y… años todo debía estar ordenado y en su sitio. Las comidas a su hora. Doña Pepa era la antítesis de la vida desordenada que llevaba Ana. Por eso discutían, se insultaban, y, luego hacían las paces sin mediar palabra. No quedaba ningún resentimiento. El guirigay que unos instantes antes se había formado se deshacía como un terrón de azuzar en agua caliente. Ana seguiría con su desorden y doña Pepa con su orden. El caso es que cuando doña Pepa intentaba poner algún tipo de horario de comidas a Ana sabía que era como ponerle puertas al campo.

-Estás muy delgaducha. Te prepararé unas tostadas, huevos con judías y pimientos fritos. Y ponía la mantequilla y la mermelada en la mesa. Tienes que desayunar fuerte, aunque yo preferiría que tomases del potaje que te tengo preparado. Después no comerás nada.

-Vale, déjamelo en la cocina

-En la cocina no, en la mesa y te lo comes ahora. Si no lo quieres todo, déjate algo…

Ana no acabó de escuchar el resto de la frase que se perdió por el eco del largo pasillo camino a la cocina. Ya empezó a subirle un cosquilleo de rabieta de niña mimada por el estómago y a ponerse roja.

-Te he dicho que ahora no quiero comer. Acabo de levantarme.

Y ahí empezaban los tiras y afloja. Al final el combate quedaba en tablas porque Ana acababa por ceder algo y tomarse un tentempié. A esto, el sueco sí que devoró gustoso, eso si, con muy finos modales todo lo que doña Paca puso en la mesa. La vista de su nuevo adonis le alegraba la mañana y estaba risueña. En realidad no lo quería a él, quería conocerlo…, saber de él a través de él ¿cómo sería en realidad?

Sabía que el Anguila estaría vigilando desde la cantina de la esquina y vería salir del portal a su adonis y subirse en el lujoso coche que había llegado hacía media hora y le estaba esperando aparcado.Un chofe daba lustro al Rolls negro con un paño mientras esperaba. Sabía que eso pondría amarillo de celos, de envidia al Anguila y Ana sonrió maliciosa con la idea. El Anguila todo lo que tenía de sobrepeso lo tenía de cobarde y nunca se atrevería a subir al piso a importunarla ni sacarle dinero con amenazas cuando estaba doña Pepa. A doña Pepa le sobraba fuerza y mal carácter como para derrumbar al Anguila de un tortazo y estamparlo contra la pared. Una mañana doña Pepa entró en el piso a deshora y sorprendió al Anguila maltratando a Ana para sacarle más dinero para vino. El Anguila acabó bien bautizado con insultos y corrido de vergüenza dando trompicones escalera abajo con el palo de la escoba marcado en la espalda. El moratón le duró una semana y el dolor otros tantos días, pero la vergüenza no se le pasó. Desde entonces no se atrevió a subir más al piso porque tenía miedo de que le sorprendiera doña Pepa.

Doña Pepa había nacido en Galicia por allá a finales de los años 20 y le tocó trabajar como una mula ya de jovencita. Los trabajos del campo, el frío, el sol la lluvia y el aire la curtieron y la fortalecieron. Además, era de constitución fuerte. Siempre soñaría con aquellos verdes prados, la bruma de la mañana e incluso el frío. No conoció el mar hasta su luna de miel con el capitán Linares. Cuando atardecía le gustaba quedarse mirando el río, que bajaba bravo cerca de casa y movía un molino cercano más abajo. El sonido del agua chocando tozudamente con las piedras la ensimismaba y le gustaba sumergir las manos y sorber un poco para calmar la sed. El río estaba helado, pero se podían pescar truchas en un remanso que había detrás del molino. De pescar se encargaba el abuelo, porque un reuma le impedía andar por aquellos montes sin la ayuda de una muleta de madera que él mismo se apañó con un palo. Por lo tanto, se encargaba de desgranar el maíz, matar y desplumar una gallina, pescar, arreglar esto aquí y allí. Pero ya no bajaba al campo a trabajar. Seguir lectura >>>