Me llamo Nico. Soy uno de esos desconfiados incorregibles que siempre creen que van a encontrar sus casas robadas cuando regresan de vacaciones. Pero esta vez tenía una razón mayor de lo habitual para preocuparme. Había reservado un taxi para llevarnos a todos al aeropuerto, y lo primero que el conductor me preguntó cuando vino a recogernos y vio las maletas con todos dispuestos a salir de viaje fue: “¿Habrá alguien en tu casa mientras estén fuera?”

Inmediatamente sospeché algo y le pregunté por qué quería saberlo. Dijo que se había olvidado de quitar la silla de su hijo pequeño del coche, y que no habría suficiente espacio para nosotros cinco y nuestro equipaje. Si alguien estuviera en casa, podría dejar el asiento del peque en nuestra casa y recogerlo cuando volviera del aeropuerto.

Me preguntaba si esto era un simple truco que utilizaba el taxista con todos sus pasajeros del aeropuerto. Si fuera así, era una buena idea. Me había puesto entre la espada y la pared sin otra alternativa que admitir que la casa estaría vacía mientras estuviésemos ausentes.

Al final, nos las arreglamos como pudimos para salir del aprieto- bebé-asiento, equipaje y todos dentro. Cuando íbamos ya de camino para el aeropuerto el conductor le dio vuelta a la conversación enfocándola esta vez hacia los coches. Me preguntó qué pensaba del Renault Scénic, y si el rojo estacionado fuera de mi casa era el mío. No podía decir que no, porque uno de los críos de la parte trasera estaba seguro de que me descubriría. Los niños pequeños son así. Así que le dije la verdad. Sí, era mío. Luego nos preguntó a dónde íbamos y cuánto tiempo estaríamos fuera, explicando que le gustaría recogernos desde del aeropuerto a nuestro regreso. Una vez más, le dije la verdad. Nos íbamos a Jamaica por 10 días, invitados por un amigo. En cinco minutos, le había dicho a este completo extraño que estaba abandonando mi casa y mi coche, y que él y sus amigos tenían 10 días libres para librarme de todas mis posesiones mundanas.

Me hice una imagen mental de su descripción para mi informe a la policía a nuestro regreso. Al cuarto día de nuestras vacaciones mi sospecha de que nos vaciarían la casa se hicieron firmes, convirtiéndose ya en una convicción obsesiva. Entonces, recordé un mito urbano acerca de un piloto británico que hacía una escala en Arabia Saudí y no podía encontrar su reloj Rolex en la habitación del hotel. Acusó al botones del hotel de habérselo cogido. El pobre muchacho protestó y juró desesperado que era inocente, pero había sido el únco que había tenido la oportunidad y los medios de robarlo. Fue arrastrado, condenado y le cortaron la mano, según la ley saudí. Dos semanas más tarde, el piloto encontró su Rolex en el bolsillo de su uniforme de repuesto, pero mis miedos y obsesiones sobre que nuestra casa había sido robada por ese taxista o sus cómplices fueron la única nube durante nuestras vacaciones bajo el cielo del Caribe.

Cuando giramos la esquina en nuestra calle a nuestra llegada a casa, pude sentir mi corazón latiendo acelerado en mi pecho. Pom pom, pom pom…¡Pero espera! El coche estaba justo donde lo había dejado. Y no había n una ventana rota en la casa. Cuando metí la llave en la cerradura y vi que las puertas no habían sido  forzadas, y nadie se había llevado nada en nuestra ausencia me sentí  avergonzado. La mayoría de la gente es mucho más honesta de lo que pensamos.

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