Siempre, a lo largo de la vida, ha habido gente más o menos implicada con cualquier asunto que gire a su alrededor y le afecte. Ya puede ser dentro del ámbito familiar, dentro del ámbito laboral o dentro del ámbito social o político. Entiendo que cualquiera es libre de tener una implicación mayor o menor en función de su situación personal y las circunstancias por las que haya tenido que pasar, incluso ahora, por la mochila que lleve cada uno a sus espaldas.

Yo hace mucho tiempo que decidí implicarme en el mundo que me rodea, sobre todo en el mundo político y social, dejando bien a las claras mi ideología y mi forma de ver la vida, y no lo hago obligando a nadie a ver esas cosas como yo; simplemente escribo, doy mi opinión, lo comparto en las redes sociales, pero no le pongo a nadie una pistola en el pecho para que me lea, mucho menos para que esté de acuerdo conmigo o me de la razón.

A lo largo de todo este tiempo escribiendo mi opinión ya son muchas las entradas que he publicado tanto aquí, como en una web que tuve durante unos meses. Entre las dos, las páginas visitadas superan el medio millón y los artículos publicados deben superar los 850 aproximadamente, todos propios, no hay ni uno sólo que sea copia/pega.

Entre todas esas entradas y visitas ha habido artículos que han provocado más o menos polémica, unos mejores que otros y otros que probablemente no tengan el menor interés, más que para mi y los míos, que para mi ya es bastante. Yo no gano un duro haciendo esto, más bien lo pierdo puesto que pierdo tiempo y el tiempo es oro, pero lo hago porque me gusta, es una afición, al igual que a otras personas les gusta regar geranios. Lo que empezó como una tontería se ha convertido, para mi, en algo mucho más serio, mi intención es que cuando mis hijos y mis nietos lean esto sepan cual era la opinión de su padre, o su abuelo, con respecto al mundo que le rodeaba y que tengan la certeza que, por lo menos, no se quedó callado y a verlas venir, como hacen otros, yo quiero implicarme porque me afecta.

A lo largo de todo este tiempo escribiendo he recibido comentarios de lo más variados en mis entradas, hay más de 1.500, con lo que hay de todo. La mayoría de esos comentarios los he publicado, a pesar que hay algunos que dicen muchas barbaridades. Después de publicar cada artículo yo ya se, más o menos, con qué tipo de comentario me voy a encontrar; cuando termino el artículo y dándome cuenta de lo polémico y políticamente incorrecto que puede llegar a ser yo sé las lindezas que me van a escribir.

El artículo inmediatamente anterior a este trataba del asunto de la sentencia dictada con el caso del asesinato de la pobre niña Asunta. Ese es uno de los artículos que yo llamaría “suave”, dentro de los que escribo. Para mi un artículo “suave” es aquel en el que yo se que todos, más o menos, opinamos lo mismo y en el que en realidad, más que una opinión, lo que pretendo es hacer una pequeña reflexión, sin más.

Después de publicar ese artículo me he encontrado con este comentario:

Por supuesto un comentario escrito por alguien que se ampara en el anonimato y escrito con un más que evidente odio hacia mi. De ese comentario se desprenden muchas cosas de las que me he dado cuenta a lo largo de este tiempo. Hay mucha gente a la que no le gusta que haya otra gente que opine libremente, si su opinión no es la que ellos quieren. Una dictadura y censura que ellos practican y que sólo les parece mal cuando son otros quienes la practican.

Ese odio que sienten y que, evidentemente, no les deja vivir tranquilos lo sacan a relucir en cuanto tienen las más mínima oportunidad. En realidad son vampiros que chupan la sangre de quien tienen alrededor, una especie de parásitos que necesitan del trabajo y del cuerpo de los demás para vivir porque por ellos mismos son incapaces.

No se si la tal, o el tal, Aethern me leerá muy a menudo, en realidad me da igual. Las conclusiones a las que su odio hacia mi le lleven, me traen directamente al pairo. Tras leer tu comentario ayer más que asco, que me lo da, me produces una pena terrible; la pena que a cualquiera le puede dar un ser solitario, de esos que tanto abundan, y que van andando por las calles pegados a la pared y mirando solamente al suelo. Yo de ser tú, querida/o, me lo haría mirar, porque estás chiflada/o de verdad.

Hablamos mucho de la situación política de España, o del mundo, pero los políticos y su clase política no son más que el fruto de una sociedad enferma, que es en el tipo de sociedad que tenemos la desgracia de vivir. Sí, ahora tenemos internet, podemos jugar a videojuegos e incluso tenemos unos teléfonos que hacen de todo por nosotros, pero nuestro cerebro no funciona como debería. No tenemos empatía por el prójimo ni mucho menos respeto por su opinión, yo tengo la suerte de tener amigos y conocidos con unas ideas de lo más variadas, es más, totalmente contrarias a las mías y en nuestras charlas alrededor de unas cervezas prima algo sobre las ideas, el respeto por la idea del otro.

Pero eso quizás sea porque esos conocidos y yo pertenecemos a la misma generación, una generación quizás no más preparada que la que hay ahora, pero con una base grabada casi a fuego: el respeto. Cuando no hay respeto hay odio y hay también un enfermizo sentimiento de superioridad: “hay que leer más”, “hablas sin saber”, “no tienes ni idea”, “no dices más que tonterías”, “lo que deberías de hacer es callarte”. Todos esos mandatos aderezados con una buena dosis de intento de humillación hacia el otro, como a mi en este caso hablándome de mi paupérrimo nivel de filosofía, cuando no es eso algo que entrara dentro de mis pretensiones iniciales, yo no pretendía filosofar.

Hay un tipo de ideología política que es la mejor vendida y la mejor vista en España en estos últimos años: el comunismo. Ideología que, a pesar de las desgracias que ha provocado en el mundo a lo largo de la historia, ahora pretenden convertir en salvadora en la España actual. Tiene varias ventajas con las cuales hacer un buen caldo de cultivo en este país: el desconocimiento por no haberlo sufrido nunca y el fomento que el comunismo hace de esos parásitos y vampiros sobre los que escribo hoy. Y es en este último punto en el que me voy a quedar, el comunismo fomenta el vampirismo y a los parásitos.

Cuando alguien te vende que a pesar de no trabajar, o trabajar menos, el estado te va a “regalar” un sueldo, una casa y una posición, en realidad no se está regalando nada. Lo que está pasando en realidad es que gracias al trabajo de unos habrá otros, los parásitos, que tendrán ingresos y viviendas por no hacer nada, legalizando incluso para ello el apropiarse de la propiedad de otro, el famoso exprópiese.En resumidas cuentas eso es lo que se está fomentando en la sociedad actual: el vivir del currante de al lado. Eso se puede traducir en muchas cosas: sueldo, casa o cinco puñeteros minutos de gloria de un miserable.

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