Fotografía: flickr.com

Sobre como, cuando menos lo esperaba, volvió el autor a sentir la Navidad.

Santi Hernández.- La oscura madrugada del día de reyes. El gris autocar de empresa frena bruscamente, y, aún resoplando por el esfuerzo de la agotadora jornada nocturna, me despido de los compañeros y del conductor. No con mucho entusiasmo, pero no he podido olvidarlo, a pesar de todo.¡Feliz día de reyes!. La ciudad me recibe, hostil, y me saluda con una dura ráfaga de viento del norte en la cara. Me cuesta andar por las calles vacías y oscuras. Yo creo que nunca había estado sin dormir toda la noche de reyes. Pienso en lo distinta que es ésta fiesta cuando nos enfrentamos cada día al reto de salir adelante, y qué lejos quedaron aquellos días en que llorábamos de felicidad junto a una bañera repleta de regalos. ¿Habré conseguido que mi hija haya sentido la fiesta tanto como yo? Recuerdo también a mis familiares, alguno de los cuales nos dejó muy joven, y con los que también compartimos la noche mágica.

Sigo peleando contra el viento, y doblo la esquina. La calle está poco iluminada. Unos pasos más, y, de repente, paso junto a aquel cajero automático. Lo reconozco: como casi todos, soy bastante egoísta, y veo esa escena todos los días. Un hombre está tendido en el fondo, junto a varios zarrios, todos ellos en pésimo estado. Una vieja mochila, una manta vieja, y la ya demasiado habitual esterilla de cartón donde éste hombre…pasa la noche de reyes.

Avanzo unos pasos más, pero algo ha pasado. Algo…que solo podía pasar en éstas fechas. Algo…que hace que, de repente, sienta dolor y rabia. Me paro y dirijo mi mano hacia el bolsillo. No. No tengo mucho dinero. Quisiera tener un billete, pero hace mucho que tampoco tengo billetes en mi cartera. Pero sí que tengo unas pocas monedas. Me doy la vuelta, y abro, algo temeroso, la puerta. Y se produce el milagro.

Me acerco lentamente, temiendo despertar a ese hombre que no ha dormido en toda la noche. Tiene la radio encendida. Una música suave, agradable, le hace compañía mientras vela con los ojos entreabiertos. Me acerco un poco más, y me agacho junto a su bandeja, que muestra tan solo tiene unas monedas de poco valor. En el último instante, se me caen las monedas junto a la bandeja, pero ya no me agacho. Me da miedo. Miedo mirarle. Y él abre los ojos. Es un hombre blanco algo mayor, de barba blanca y ojos azules, y con una voz apagada por el dolor, casi susurra una sola palabra: ¡Gracias!. Unas gracias que me rompen el corazón. Unas gracias como no las había oído antes pronunciar, y que, me hacen darme cuenta, de que quizás esa noche, yo, y no él, haya sido Melchor, cuando ya había perdido toda la esperanza de sentir la Navidad.

Me alejo, y casi con lágrimas en los ojos, continúo caminando. Mañana, probablemente, volveré a pasar por el mismo sitio, y me pregunto si éste hombre seguirá malviviendo en un cajero, y si mañana la magia de la Navidad habrá desaparecido, y volveré a pasar por la puerta del cajero rápido, sin detenerme, sin importarme. Como si no hubiera allí nadie pasando como puede una fría noche de Enero.