p { margin-bottom: 0.25cm; line-height: 120%; }a:link { }<<Ir a representación-segundo eslabón>>)

El tercer eslabón de la democracia se refiere al
poder
.

El poder de un presidente en la democracia

En primer lugar, un presidente en una democracia
siempre es elegido cuando el pueblo intuye que es un hombre de Estado
y será capaz de tomar decisiones para salvar al pueblo: como ejemplo
podríamos poner a un Lincoln o a todo un Churchill. El pueblo confía
en un hombre que ha de tener unas cualidades extraordinarias: en
primer lugar, y casi no hace falta mencionarlo porque se le supone,
honradez, honorabilidad y capacidad de liderazgo. En segundo lugar,
instinto para distinguir entre los buenos y malos consejos de toda la
pléyade de satélites que tendrá alrededor intentando influir en
él. La tercera cualidad inteligencia y reflejos para tomar las
decisiones adecuadas. La cuarta cualidad es la valentía para llevar
a término dichas decisiones: la soledad del poder a pesar de todas
las personas que rodean a un presidente y la responsabilidad que
comportan dichas decisiones deben ser abrumadoras. Además, ha
de distinguirse como un buen comunicador para transmitir el
mensaje al pueblo y tampoco le ha de faltar cierto sentido del humor
para relajar la comunicación. Si el pueblo, en una democracia,
intuye que el candidato a presidente tiene dichas cualidades entonces
tendrá muchas papeletas para ser elegido.

El poder del presidente tiene mucho que ver con
la forma en la que ha sido elegido: tendrá poder en un sistema
democrático y solo en ese sistema democrático ese poder será
inmenso. Será tanto que ningún general se atreverá siquiera a
pasársele por la cabeza dar un golpe de Estado y rebelarse contra su
mandato. Será tanto ese poder que a nadie se le ocurrirá ni en sus
más íntimas e inconfesables y secretas pasiones intentar la
secesión de su terruño atacando la unidad de la nación. El poder
del presidente que surge de una democracia de verdad es un potente
elemento disuasorio contra quienes quieren disputar ni un solo átomo
de dicho poder.

 
Surge ahora la cuestión de por qué
eso es así y de dónde sale tanto poder, mucho más incluso que el
que obtiene un dictador totalitario. Pues la respuesta es sencilla:
ese poder lo ha obtenido porque ha sido el mismo pueblo quien, de
común acuerdo, se lo ha otorgado voluntariamente para que les salve
de todos los peligros imprevistos. El presidente democrático ha
obtenido el poder ganando la batalla electoral, y al igual que el
pueblo se lo ha dado se lo puede quitar en caso de deslealtad.

Ahora viene la cuestión del mecanismo por
el cual el pueblo le da el poder a su futuro presidente y aquí es
donde entra en juego el sistema electoral. Quien se presenta a
presidente lo hace solo ante el peligro apoyado o no por un partido.
Los partidos políticos civilizados serán otro de los eslabones de
la democracia que explicaremos. Pues una vez que se ha presentado, si
obtiene una mayoría simple, es decir, no ha obtenido más de la
mitad de los votos en la primera vuelta se hace otra vuelta entre los
dos candidatos que han obtenido más votos. Y es por convención que
la mayoría resultante en la segunda vuelta da el poder al ahora ya
presidente y ese presidente es representante del Estado.

 
Desde ese momento, el presidente
elegirá a su futuro equipo de gobierno y colaboradores sin dar
explicaciones a nadie. Y el gobierno resultante ya se constituye en
poder ejecutivo. No podrá tener nada que ver con el poder
legislativo
. Es más, vigilará al legislativo que estará
siempre bajo sospecha para el gobierno, y el legislativo vigilará de
la misma manera al ejecutivo. La democracia se basa en una guerra
entre poderes y cuanto mayor sea esa guerra mejor para el pueblo:
podrán dormir tranquilos lejos de las luchas y pasiones del poder.

El poder de un presidente en la partitocracia

En nuestra partitocracia y la de casi toda
Europa, el presidente es elegido mediante una curiosa carambola
que más bien parece una broma hacia los electores. El pueblo, además
de carecer de representantes no participa para nada en la elección
del presidente. Un jefe de partido hace unas listas proponiendo por
riguroso orden a una serie de personas. Según los votos obtenidos,
de esa lista, entran más o menos como diputados en el Congreso, con
todas las prebendas que ello comporta. Quienes están en la lista
depende de una o un reducido grupo de personas que controlan el
partido. Luego, esas mismas personas que fueron puestas por el jefe
de partido en la lista son las que eligen a su jefe de partido como
presidente. En definitiva: quid pro quo. Yo os pongo a vosotros en
las mieles del cargo de diputados del Congreso, después vosotros me
ponéis a mi de presidente.

Es evidente que aquí no se da ninguna guerra
ente los del Congreso (legislativo) y los del gobierno (ejecutivo).
Todo es paz y buena compaña. Las únicas estallan entre distintos
partidos por defender sus propios intereses de partido. En estas
guerras el pueblo cuenta menos que un eclipse de sol. Y al igual que
se dan guerras entre partidos se dan pactos entre partidos y
decisiones pactadas entre los partidos: a esta forma de trabajar se
les vino a llamar consensos. La primera que apareció ese término en
los medios fue durante los pactos de la Moncloa.

 
El presidente, al no haber
intervenido para nada el pueblo sino los partidos dependen del
sistema de partidos y su poder se debilita enormemente: de ahí que
en la II república se revelaran algunos generales, hubiese el vacío
de poder que ocasionó aquella rebelión y los separatismos se
atreviesen a todo. Respecto al problema del separatismo el ejecutivo
al carecer de poder se lo pasa al judicial. En EE. UU. el presidente
hubiese tardado cinco segundos en enviar a la guardia nacional contra
los sediciosos y meterlos en una cárcel federal. Eso de entrada, y
después los jueces hubieran actuado según la ley. En una
partitocracia, el poder judicial tampoco puede cumplir su función
cuando se enfrenta a otro poder, en este caso al gobierno de la
Generalidad; porque también carece del poder para hacerlo. En una
partitocracia los poderes no están separados sino que a la larga se
difuminan y entrelazan mediante una cadena de intereses los unos con
los otros. En esa cadena de intereses puede intervenir cualquier
cosa y pocas veces el pueblo el pueblo, y así todos los
poderes quieren coger un trozo de la tarta; pero sin atreverse ni
poder coger la tarta entera porque se basa en sistemas oligárquicos
de poder, y aquí los que se vigilan unos a otros son las oligarquías
o pequeños grupos de poder (por ejemplo, los Pujol). Por ese motivo,
el sistema oligárquico de poder es el más estable de todos: el que
más dura.