Decía Willy Brandt:

“Quien de joven no es comunista, es que no tiene corazón. Quien de viejo es comunista es que ya no tiene cabeza”


En el capítulo anterior comenté que presentaría el argumento de por qué se hace difícil que dos civilizaciones convivan, qué factores pueden ayudar y cuáles hacerlo inviable.

Partamos de un supuesto en el que alguien mantenga cierta convicción política o ideológica. Esa persona seguro que experimentaría cambios de opinión provocados por vivencias, informaciones, formación y experiencias habidas. Desde un punto de vista darwinista sería una forma de adaptación a nuevas circunstancias y situaciones. Seguramente, considerará ciertos cambios lógicos en su forma de pensar al aplicar sentido común sumado a la experiencia que van dando los años.

Aparte de nuestra propia experiencia personal podemos fijarnos en ejemplos conocidos. Sirva como muestra el giro ideológico de 180.º que Federico Jiménez Losantos realizó cuando tuvo una experiencia de primera mano con el comunismo. Viendo la mirada desesperanzada de una joven presa política en un apartado lugar de la URSS, de ser un convencido comunista Losantos pasó a interpretar el comunismo como una gran estafa, el progresismo una mentira y se convenció de que los progresistas eran una panda de vividores. Pero aún después del cambio de opinión, Federico continuó siendo el mismo. Aplicaría los mismos valores que adquirió de niño, pero bajo una nueva perspectiva y seguiría siendo igual de combativo; esta vez en contra del comunismo. Federico simplemente cambió de opinión, pero no de cultura.

Efectivamente, más difícil lo hubiera tenido Federico si hubiera tenido que cambiar de cultura en vez de ideología porque lo que confecciona “lo que somos” es la cultura. Ella forma nuestro organismo social a partir de pequeñas “células” sociales; y no podemos renunciar a ninguna de ellas, como tampoco podríamos renunciar a las células biológicas de nuestro organismo.

Deberemos admitir que cambiar nuestra cultura es ya harina de otro costal. Podemos cambiar lo que pensamos, pero nunca podremos cambiar lo que somos. Y aquí el ingrediente es ya nuestra herencia cultural. Un agnóstico, un ateo y un creyente tienen en común nuestra cultura occidental; les guste o no tienen un vínculo con el cristianismo cuyo cordón umbilical es imposible de cortar. En condiciones normales, se podrían llevar relaciones de buena vecindad con personas de otras culturas sin ningún problema, siempre que se diese un respeto mutuo. Y ese respeto pasa por el dicho tan común de “donde fueres haz lo que vieres”, que es el que hay que tener en cuenta por sentido común  cuando alguien visita países de una nueva cultura. Pero hasta ese sentido común también difiere entre distintas culturas así como otros aspectos como la buena educación.

Efectivamente, con personas pertenecientes a distintas culturas la convivencia afronta una dificultad de raíces muy profundas. A modo ilustrativo, una amiga se quejaba de unos vecinos orientales. Resulta que para esos vecinos era costumbre secar el pescado al sol; y bajo el tapiz que da la normalidad cultural lo ponían a secar en la ventana. A la vecina española jamás se le hubiera pasado por la cabeza hacer algo semejante ya que el olor que desprendía el pescado “pudriéndose” le resultaba insoportable; especialmente en verano. Ese es un claro ejemplo flagrante de falta de sensibilidad y respeto de la cultura visitante hacia la nuestra. De cómo se resuelva ese conflicto dependerá o no una convivencia aceptable. En su país, en condiciones normales, la anécdota del secado no crearía ningún conflicto entre vecinos porque entraría dentro de los parámetros culturales propios a la cultura oriental originaria, específicamente, de la vecina de mi amiga. Y la cultura la componen millones de “células” cuya refundación sería como formar un organismo nuevo a partir de dos organismos individuales.

En palabras de Torcuato Luna de Tena, en un artículo cuya publicación en el ABC ni se atreverían hoy día a soñar por aquello de la corrección política expone:

…toda nación es como una nave ya anclada en la Historia con unas características determinadas -idioma, costumbres, religión, familia, tradición, escala de valores- cuidadosamente preservadas a través de los siglos, y que conforman su personalidad única y diferencial. ” Claro, Tena con su magistral pluma nos está hablando de “cultura.

Por ese motivo, cambiar de cultura resulta casi imposible. Sería como cambiar de organismo. Ni siquiera San Pablo cuando cayó del caballo camino a Damasco persiguiendo a unos cristianos cambió de cultura. Continuó siendo judío, pero se convirtió al Cristianismo y lo predicó hasta el fin de sus días. Fue su divorcio particular, su situación en la vida que le hizo cambiar la forma de pensar, pero sus células biológicas seguían siendo las mismas y sus culturales también. Origen artículo revisado en LO QUE NOS  UNE