Monedas de oro del emperador Juliano

Ha aparecido por la puerta de atras una nueva religión que quiere destruir el cristianismo atacando sus valores morales, tradicionales y culturales. Centra su embestida precisamente en nuestras raíces más profundas, destruyendo nuestra historia. Ataca nuestra esencia más íntima, irrumpe en todos los aspectos de nuestra vida, se ha metido en las familia, en la educación, en la intimidad; en lo que somos. No es una religión cristiana, ni musulmana, ni budista ni pagana. Tampoco proviene de la ideología marxista, porque el marxismo niega toda religión como “opio del pueblo”. Sin embargo, la nueva religión sí parece haber sido adaptada por antifascistas, que en realidad son fascistas;  progresistas de izquierda pijomunistas de salón y caviar, que desconocen el significado del progresismo y ni mucho menos pertenecen a ninguna izquierda. Pero es la etiqueta que las nuevas izquierdas postizas usan para imponerse como moralmente superiores.

Para comprender hasta qué punto se trata o no de un nuevo fenómeno debemos  realizar un pequeño viaje en la nave del tiempo. En el año 362 d. J. C., después de muchas intrigas entre familias corrompidas por el poder, conspiraciones y asesinatos, luchas fratricidas, avatares del destino y casualidades, el emperador Flavio Claudio Juliano, apodado “el apóstata”, ascendió al poder como emperador del Imperio romano de Oriente. Para algunos románticos fue el último defensor a ultranza de los valores de un paganismo que sufría una situación agonizante. Su intento de restablecer el culto a los dioses paganos frente al pujante y reciente cristianismo acabó fracasando, ya que solo vistió la púrpura durante dos años.

Sin embargo, para la mayoría de fuentes cristianas, Juliano fue un enemigo atroz que enfrentó al cristianismo ante un desafío sin precedentes de proporciones descomunales. Si bien, durante su infancia, el nuevo emperador se había educado como cristiano, en la adolescencia decidió abandonar el cristianismo. De ahí le vino el apodo de “el apostata”. Una vez vistió la púrpura imperial no recurrió a una persecución abierta contra los cristianos, o a la destrucción de templos y la profanación de textos sagrados, como otros emperadores habían hecho, sino que articuló una sutil campaña cuyo único objetivo era desarraigar para siempre el cristianismo de la faz de su imperio.

El plan Juliano apelaba a la tolerancia y a la libertad de culto, pero solo en apariencia. Era el “como si” del que tanto habla A.G. Trevijano. En realidad, aislaba a los cristianos socialmente, les impedirles el ejercicio de la enseñanza o mostrar un crucifijo y ridiculizaba al cristianismo frente a cualquier otra religión, especialmente si se oponían a las enseñanzas contenidas en los Evangelios. Dicho sea de paso, una cosmovisión que defendía la vida y la dignidad de todos los seres humanos.

Se puede especular entre la dicotomía de qué hubiese ocurrido de triunfar
las tesis julianas, y si el mundo sería mejor o peor que ahora, con el
triunfo del paganismo sobre el cristianismo. No vamos a entrar a desenmarañar esa complicada conjetura. En vez de especular, vamos a jugar con los hechos que ocurren en realidad e intentar establecer las analogías existentes con el presente.

Las lecciones de la historia nos sirven para orientarnos en el tiempo de la misma forma que una brújula sirve para orientarnos en el espacio. Un ávido lector de viejos libros de historia notará, enseguida, las semejanzas que se establecen entre los acontecimientos del presente con los hechos del pasado, y que el salomónico “no hay nada nuevo bajo el sol”, expresado por Unamuno en estos magistrales versos:

… tropezamos
con el pasado al avanzar, todo es renuevo;
los en brote y los secos son los mismos ramos
lo que ha de ser ha sido ya, nada hay de nuevo

nos conduce hacia un inevitable “déjà vu”. Esa sensación de que un hecho, una impresión, una situación o un olor ya lo hemos vivido antes. Sin duda, recordar semejanzas con hechos históricos despiertan un resorte en
cualquiera de nosotros cada vez que abrimos nuestro periódico del día.

El hilo conductor del presente con el pasado nos induce a pensar que en la actualidad,  Juliano sí está triunfando; pero no de la forma en la que a él le hubiese gustado. Seguro que el joven emperador hubiese arrancado de raíz, en su imperio, algo tan perverso como la corrección política; aun si para ello hubiese tenido que aliarse con el cristianismo. Esa corrección política ha infectado todo el mundo occidental, desde Europa a América del Norte. No hace falta comentar cómo la política de Juliano para erradicar el cristianismo nos recuerdan los luctuosos hechos que vivimos durante la nefasta época de Zapatero, tema al que  puede que prestemos nuestra atención otro día. Así la pretendida “Alianza de Civilizaciones” nos han regalado, dentro de un capítulo más de la corrección política, que se promueva al Islam por encima del cristianismo.

Dentro de la veda abierta contra el cristianismo se hace la vista gorda, en los medios de comunicación, al cruel genocidio de cristianos que está teniendo lugar en ciertas partes del mundo, por parte de fanáticos islamistas. Valores como la libertad de conciencia es incluso perseguida  bajo la espada de Damocles de acusaciones de racismo por un ridículo “quítame allá esas pajas”. Se ha llegado al colmo de la cursilería cuando ciertas palabras han sido borradas del diccionario; como aquellas que puedan referirse al color de la piel; o cómo esa corrección política aísla o ridiculiza, como hizo Juliano, a los cristianos por el simple hecho de expresar su fe. Expresiones del tipo “Feliz Navidad” han sido erradicadas de los espacios públicos y sustituidos por un átono “Felices Fiestas”, vacío de todo contenido. Dentro de poco veremos letreros luminosos que pondrán FELICES COMPRAS. Cómo los belenes han desaparecido de las plazas de los pueblos y ciudades, Cómo unas señoras pueden entrar con los pechos desnudos gritando durante una misa en una capilla universitaria, profanando el acto con obscenidades, tiene como consecuencia la más absoluta impunidad, y se premia con un cargo público. Cómo este horror se ha extendido cual una pavorosa mancha de aceite ejerciendo su cainismo sobre todos los españoles cuando el poder tanto laico como cristiano prioriza a gente de cierto perfil y religión en todo tipo de ayudas sociales sobre los mismos españoles, dejando a familias españolas desamparadas para así entrar en sintonía con un racismo positivo, políticamente correcto. Como si el racismo dejase de ser racismo, fuese del color que fuese. Esta es la nueva religión apoyada desde todas las instancias del poder, por acción u omisión, que está destruyendo nuestra cultura Occidental.

Por ello el triunfo de Trump refleja la reacción que los analistas no supieron intuir. Es el voto de una clase social que intenta sobrevivir como puede. Un tipo de gente que sufre por llegar a final de mes sin ayudas sociales de ningún tipo, porque no resulta políticamente correcto que ningún tipo de ayuda social vaya hacia ellos. Son los desheredados, que pagando impuestos abusivos, recibiendo sueldos mileuristas por interminables horas de trabajo; eso, el que tiene suerte, luchan a brazo partido por sus hijos. Ese ha sido el voto que ha subido a Trump. Esperemos que la balanza se equilibre y prevalezca la razón, para que la ley del péndulo no tenga lugar y nos vayamos al otro extremo. Ningún extremo es sano socialmente porque producen conflictos sociales, a veces, imparables. Que la inteligencia, la justicia social y los valores universales nos guíen a todos, y nos saquen de la intolerancia del julianismo.

Y el efecto llamada resultante es aterrador para nuestra supervivencia como sociedad, pues el fenómeno se retroalimenta de muchas fuentes. Desde migraciones masivas, migraciones en patera, saltos de valla, al uso del vientre reproductivo de sus mujeres ¿Cuántos hijos nos podemos permitir los españoles mantener?