Carlos se sintió muy halagado por el ofrecimiento de María. Quedarse un día más no estaría nada mal. Estaba a gusto en la casa y le serviría para recuperarse mejor de las largas caminatas de los días anteriores. Pero le preocupaba algo, la opinión de Juan, era probable que no le pareciera bien y así se lo hizo saber a María. Ella no le dio ninguna importancia y le afirmó con rotundidad que a Juan no sólo le parecería bien, si no que estaría encantado. Estaba segura que a su marido le caía tan bien como a ella y estaría completamente de acuerdo. A pesar de ello Carlos quería hablarlo con Juan en persona y tras comentarlo con María decidió salir en su busca por el pueblo. “Si eso te hace sentirte más a gusto hablalo con él, es muy fácil de localizar. A estas horas estará tomando el aperitivo en el bar. Ya sabes donde está”.

A medida que se acercaba al bar las voces de unos hombres se hacían más audibles. Lo que unos metros más lejos parecía una discusión al lado del bar no era más que una conversación. Una típica conversación de españoles a voces hablando unos por encima de los otros. A Carlos le recordaba todo eso a su abuelo cuando estuvo un estudiante inglés en su casa por intercambio. En lugar de hablarle claro para que le entendiera le hablaba alto, casi a voces. Eso a Carlos siempre le había hecho mucha gracia y las voces de los hombres reunidos en el bar le generaba muy buenos recuerdos, aunque para muchos eso no tuviera ningún sentido. Muchos de los pensamientos de Carlos, de haber sido analizados, hubieran producido su ingreso en un centro de salud mental. Él pensaba eso muchas veces cuando analizaba las cosas sin sentido que se le pasaban por la cabeza. Claro, que también pensaba que habría que analizar lo que pensaban los demás. A lo mejor acabaría más gente ingresada que en la calle, por lo que siempre concluía que unas dosis de locura era la normalidad.

Nada más entrar por la puerta sucedió lo del día anterior, silencio absoluto y todo el mundo girando su cabeza para analizar al extraño forastero, que lo único que tenía de extraño es que era forastero. No necesitó Carlos hacer demasiados esfuerzos para localizar a Juan porque enseguida este salió a su encuentro.

– Hola Carlos, ¡qué buena sorpresa! ¿Todavía aquí? Te imaginaba ya de caminata subiendo el Teleno.
– Hola Juan, me he levantado muy tarde y María me ha puesto un desayuno tan bueno que he comido de todo y ahora no me puedo ni mover.
– Tómate algo, estaba aquí charlando con toda esta gente. ¿Quieres una caña?
– Si, gracias Juan. Hace mucho calor en la calle y me apetece refrescarme.
– ¿Y qué cuentas? ¿Qué tal has dormido?
– Genial, estaba tan cansado que habría dormido hasta mañana.
– Pues eso tiene fácil solución, quédate con nosotros hasta mañana – afirmó Juan ante la cara de asombro de Carlos.
– Fíjate Juan, eso es precisamente lo que me acaba de decir María y venía aquí a hablarlo contigo por si tuvieras algún inconveniente.
– ¿Y por qué iba a tener yo inconveniente alguno? Si María te ofrece quedarte eso ya es suficiente, yo no tengo pega alguna.

Carlos no salía de su asombro. Y su asombro no era tan grande por el ofrecimiento de Juan, como por su actitud cuando estaba fuera de casa. En casa parecía diferente, callado y quizás un tanto huraño. Pero fuera parecía estar más en su salsa, en un ambiente que quizás le gustara más y en el que le apeteciera más estar. A pesar del asombro a Carlos le alegraba verle así, porque ese era el Juan que él había conocido el día anterior y no el que se encontró nada más cruzar las puertas de su casa. Definitivamente decidió que el mundo estaba loco de verdad y tanto Juan como María formaban parte de ese mundo de locos.

– Y qué, María te habrá dado mucha conversación. Le gusta mucho hablar, ¿a que sí?
– Si, la verdad es que si. Tú mujer es una persona muy abierta y amable. Me cae muy bien, la verdad es que los dos me caéis muy bien y estáis siendo muy amables conmigo. Con gente como vosotros da gusto.
– Gracias hombre. No creas que dejamos entrar a cualquiera en nuestra casa, pero a ti se te ve una persona maja, vamos, que nos has caído bien a los dos. Precisamente comentábamos eso antes de acostarnos. O más bien lo comentaba María, porque creo que siguió hablando de ti incluso cuando yo no la escuchaba porque me había dormido. Si que tenías sed, si. ¿Otra cañita?
– Pues si, pero a esta invito yo. ¿Otra para ti?
– Si, eso está hecho. – Afirmó Juan bebiendo de un trago la cerveza que aún tenía en el vaso.-

En ese rato de pequeña conversación Juan y Carlos se fueron quedando a solas en una esquina de la barra del bar. Pareciera como si el resto de la gente se sintiera un poco incómoda con el forastero, pero no era así. Eran la típica gente castellana, un tanto secos y distantes hasta que conocían a alguien pero abiertos y amigables en cuanto cogían una cierta confianza con el desconocido. Carlos se encontraba en su salsa, le gustaba la gente auténtica y no la gente falsa a la que tan acostumbrado estaba en Madrid. Gente que vivía continuamente de aparentar lo que no eran o, lo que es peor, lo que no tenían. En ese momento se alegraba de su fortuna, de la que tanto se quejaba últimamente. Había dado con una pareja encantadora que, a pesar de todo, no dejaba de sorprenderle.

No fueron una, ni dos, fueron varias cañas las que se tomaron Carlos y Juan en una amigable charla en la que hablaron de temas completamente banales. Juan le hablaba del campo, de tractores, de la cosecha y acabaron hablando de temas tan delicados como el fútbol y la política. Carlos se dio cuenta que Juan no era la persona callada de su casa. Todos le apreciaban y todos le saludaban, incluso los que venían de los pueblos de alrededor. Un bar es fundamental en un pueblo y la hora del aperitivo es obligada, es el momento en el que todo el mundo puede hacer vida social. Carlos, que no estaba acostumbrado a beber tanto a esas horas, fue notando que las ya innumerables cervezas iban provocando su efecto y decidió ir al baño. A su vuelta Juan le esperaba con una nueva ronda, les habían invitado a los dos. Le ofreció su bebida y siguieron su conversación.

– ¿Y a qué hora dices que te has levantado?
– A las diez, cuando vi la hora pegué un brinco en la cama. Era demasiado tarde.
– Pues si te has levantado a las diez y has venido al bar a la una eso significa que María te ha dado mucha conversación. Muy normal en ella.
– Si, hemos estado hablando un buen rato.
– ¿Y qué te ha contado? ¿Te ha hablado de mi?

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