Apunta con excelente tino el Sr. A. G. Trevijano, cómo en una democracia la representación implica que los representantes de la sociedad civil se peleen y confronten defendiendo a sus representados. Significa conflicto y tensión permanente para llevarse el gato al agua. Significa barrer para casa, entendiendo “casa” los intereses de los representados; y el consenso vendría a ser todo lo contrario: traición a los representados. Trevijano dinamita el mito del diálogo como método y hace estallar en mil pedazos la corrección política y todo aquello que nos venden desde los medios de comunicación.

En el consenso los representados desaparecen como inocentes conejos en una chistera para convertirse en una masa amorfa incrustada en los partidos políticos, a los que siguen ciegamente con la misma pasión que a sus equipos de fútbol. El ciudadano sufre de miedo a la libertad y espera que sea papá Estado quien lo acoja bajo su paraguas. Consenso, por tanto,  es corrupción garantizada y lo que  rompe las normas morales de la representación formal. Consenso es la mayor traición que nos pueden hacer, es vendernos al enemigo y encima entregarles las llaves de la ciudad.

Ahora, una sorprendente bomba trevijanista en estado puro, porque no estamos acostumbrados a la verdad: El auténtico motor de la democracia formal es el egoísmo… todo lo contrario del buenismo y corrección política predicada como nueva religión indiscutible por la socialdemocracia europea.

En contraposición a uniformar posturas mediante consensos entre partidos, los representantes deberían estar para ser lanzados a la arena del circo (entiéndase la cámara baja) como gladiadores y luchar a brazo partido por nosotros, sus representados. Trevijano apunta acertadamente que la peor traición con la que pueden vender a la sociedad civil es el consenso; acompañantes inseparables de la propaganda ideológica y la violencia institucional:

La propaganda ideológica del Estado y de la violencia institucional, acompañantes del consenso, ha sido tan intensa que ahora, a diferencia de lo que acontecía en el siglo XIX, el peligro no está ya en el sufragio universal de las masas sin ilustración, sino exactamente en su contrario.

El verdadero peligro está en los Partidos estatales que, en lugar de representarlas y dirigirlas, se han adueñado del Estado haciéndose ellos mismos masa social y materia de intereses. Con demagogia de masas, han suplido el descubrimiento revolucionario de la separación de poderes, con la integración permanente en el Estado de una sindicación de partidos de poder estatal. A.G.Trevijano Teoría Pura de la República. Pág. 37-38 Ediciones MCRC

Contrastando el hecho evidente al que apunta Trevijano sobre a dónde nos conduce el consenso: a la unión de poderes y sindicación de partidos dentro del poder estatal, y tal como marcan el mismo Trevijano o Enrique de Diego por activa y por pasiva: la cacareada transición no fue más que un consenso de repartos del poder entre los actores que participaron en la transición tras la muerte del dictador, quedando dicho poder intacto en la forma del presente estado de partidos. Y para muestra un botón: ahora los partidos quieren alcanzar un consenso para combatir la corrupción: es decir, los corruptos se van a poner de acuerdo para combatir a los corruptos. Parece un chiste ¿ verdad?
En definitiva,

“la incompetencia pide ser consensuada para diluir en lo colectivo todo asomo de principio de responsabilidad política”. Trevijano pág., 277

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