Carlos se quedó maravillado con la cena que había preparado María. A pesar de haber sido avisada por su marido de antemano no entendía como le podía haber dado tiempo a preparar dos tortillas de patatas, una ensalada, una buena ración de chorizo al vino, jamón serrano, queso…y todo ello regado con un vino que parecía casero. Había elegido para la ocasión lo mejor de su ajuar, sin saberlo, Carlos estaba seguro que esa era su mantelería de los domingos. A María se le veía excitada y muy habladora, amable y servicial, además de muy simpática. Carlos estaba seguro que él era su novedad en aquel momento y dudaba mucho que esa mujer tuviera demasiadas novedades, más bien al contrario, parecía tener una vida bastante rutinaria.

Lo primero que hizo fue plantárle dos besos de bienvenida a Carlos de esos que suenan, de los de abuela y con mucha efusividad le agarraba del brazo para sentarle en la mesa.

– Encantada Carlos, yo me llamo María, ¿cómo estás?
– ¿Tienes hambre? He preparado cuatro cosillas para cenar, rebuscando un poco de aquí y de allá en la cocina.
– Pero, ¡siéntate! Estás en tu casa.

Pasar de cuarenta y ocho horas en soledad a conocer una mujer como María fue un cambio para Carlos que no podía asimilar tan de repente. Ni siquiera preguntaba esperando una respuesta. Preguntaba y preguntaba y Carlos sólo tuvo opción a dar un par de veces las gracias y algún que otro monosílabo. A pesar de todo eso se pudo dar cuenta de la indiferencia del saludo de Juan a su mujer. Apenas un hola de su marido, a lo que ella contestaba con una cara de resignación bastante habitual, por lo que parecía.

Juan se sentó en la mesa y sin prácticamente mediar palabra comenzaba a comer mirando al infinito y contestando al resto de comensales tres o cuatro obviedades. Carlos se sorprendió con esa actitud ya que el tiempo que había conocido a Juan le había parecido una persona habladora, amable y prudente a la vez, todo lo contrario a su actitud en casa. Esto provocó en Carlos una pequeña decepción, aunque María no parecía darle importancia alguna. No había empezado a probar el primer bocado y María ya le había contado que tanto Juan como ella tenían cuarenta y siete años. Que llevaban siendo novios desde los dieciséis y que se habían casado a los veintidos. Le explicó que tenían dos hijos, Juan y María, que eran mellizos y que tenían los dos diecisiete años. Que ahora estaban en la capital “internos” para estudiar una carrera. Todas estas explicaciones se las daba María mientras se levantaba continuamente a enseñarle cada una de las fotografías que había alrededor de la televisión. Carlos había perdido la cuenta varías veces, pero no debía haber menos de veinte fotografías.

A María se le veía amable, humilde y prudente hasta cierto punto, con muchas ganas de agradar y de ser amable. Vestía una blusa suelta, que Carlos interpretó debía ser por lo menos de su abuela. Unos pantalones pirata, de esos que llevan todas las mujeres de mediana edad. Calcetines hasta los tobillos y zapatillas. Pero a pesar de su atuendo se veía una bella mujer morena de ojos verdes. Se adivinaban bonitas formas, a pesar de llevar dos tallas más de ropa. Carlos no podía entender como una mujer tan bella se adornaba tan poco. Pero a lo que más vueltas daba Carlos en su cabeza era a tres cosas: A lo bueno que estaba todo lo que estaba comiendo. A la actitud de Juan con su mujer y, sobre todo, a que quedaba poco tiempo para las historias de María y en breve tendría que empezar con las suyas. No tendría más remedio, no había la más mínima duda que María iba a preguntar.

No tenía ninguna intención de confesar ante quienes eran dos desconocidos, a pesar de su amabilidad, pero no dudaba que María le iba a someter a un tercer grado. Sería inevitable y apuraba el vino con rapidez para procurar aguantarlo lo menos sobrio posible. Juan no decía prácticamente nada, comía y miraba hacia la televisión apagada. A María le dio tiempo a contarles el programa de “Sálvame” de la tarde, con lo cual Carlos dedujo que le sometería al polígrafo.

-Y dime Carlos, ¿tú de donde eres?
Juan contestó rápidamente por él antes que a Carlos le diera tiempo a tragar el bocado y contestar.
-Es de Madrid, María. Me lo ha dicho a mi antes.

Juan tenía razón, Carlos no encontraba lógico dormir en casa de una persona a la que ni siquiera había tenido la deferencia de decirle de dónde era. Le había invitado sólo sabiendo su nombre, ni siquiera sabía sus apellidos y mucho menos qué hacía allí. A Carlos le facilitó mucho las cosas que fuera Juan quien rompiera el hielo de sus respuestas, así le dio tiempo a apurar otra copa del fantástico vino casero que le habían puesto.

-¿Has venido de vacaciones, Carlos?
-No exactamente, María. Digamos que algo parecido a unas vacaciones. He venido a conocer todo esto.
-¿Andando? Pues no hay mucho que ver.
-Si, andando, ¿por qué no? Te equivocas María, León y su provincia tienen mucho que ver siempre.
-Pues es raro que hayas venido andando.
-Ya sabes María, que el deporte es bueno para la salud mental y física.
-Si, pero muy cansado.

Y María comenzó a reírse con su propia broma como si no lo hubiera hecho nunca. Tenía algo la risa de María, era contagiosa, Carlos empezó también a reír con ganas, pero de Juan no sacó más que una pequeña mueca a modo de sonrisa. Carlos no sabía si eran los efectos del vino o la simpatía de María, pero cada vez estaba más cómodo en aquello que empezaba a ser más interrogatorio que conversación.

-¿Cuántos años tienes Carlos?
-Cuarenta y cinco.
-Estás muy bien para tener cuarenta y cinco años, no los aparentas, será el deporte. ¿Estás casado?
-Lo he estado, ahora estoy divorciado.
-¿Qué os pasa en la ciudad que os divorciáis todos?
-Ya ves, cosas de la vida. Será que tenemos poca paciencia.
-¿Tienes hijos?
-Si.
-Ay, pobres. ¿Cuántos tienes?
-Tres.
-No perdiste el tiempo. ¿Cuánto tiempo estuviste casado?
-El suficiente para tener tres hijos.

Carlos no pudo evitar comenzar a reír. Su respuesta provocó las carcajadas de María, e incluso de Juan, que parecía como ausente toda la cena. A Carlos le gustaban mucho los documentales de la Segunda Guerra Mundial y María preguntando le recordaba a las ametralladoras alemanas intentado evitar el desembarco de los aliados en las playas de Normandía.

-No pretendo ser indiscreta pero, ¿por qué os divorciasteis?

Siempre que alguien empieza una pregunta de esa forma es que se está dando cuenta que ese tipo de preguntas es una completa indiscreción, por eso se justifica antes de hacerla. Pueden más sus ganas de saber que su prudencia. Carlos no se extendió en su respuesta, lo solucionó con el clásico “discutíamos mucho”, lo que abarca un amplio abanico de motivos, pero que calma la curiosidad del interrogador. Siguiendo el guión de las conversaciones vitales lo siguiente sería que a qué se dedicaba Carlos. Este se adelantó a su pregunta y contestó con un genérico: “soy un representante autónomo”.

La sobremesa transcurrió con una agradable normalidad, con un buen postre y con un licor de hierbas casero para tener una buena digestión. Eran ya las doce de la noche y, a pesar de lo agradable de la tertulia, Carlos estaba ya agotado y se le notaba. María se dio cuenta y decidió indicarle a Carlos cual sería su habitación. Sería la habitación de su hijo Juan. Una habitación de esas de adolescentes, repleta de raros carteles de héroes de videojuegos y de fotos de adolescentes con poses de putas de cuarenta años. Carlos esperaba no abrir los ojos en toda la noche porque alguna de esas visiones es probable que le provocaran un buen susto entre sueños.

Juan dio las buenas noches a Carlos sin levantarse de la mesa, María le acompañó a la habitación y le indicó donde estaban las cosas, la luz, el cuarto de baño, las toallas y las mantas, por si hacía frío. Al despedirse María lo hizo dándole un beso en la mejilla de buenas noches, también le dijo lo encantada que estaba de haberle conocido. Todo eso provocó en Carlos un sonrojo al que no estaba acostumbrado. No sabía si debido al vino, a la sorpresa del beso o la belleza oculta de María. Cuando se acostó le pasó lo que pasa siempre que alguien se acuesta agotado, le costó dormirse. Eran muchas las cosas que le pasaban por la cabeza.

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