En el siglo v a. d. C. Arquidamo, el rey espartano, sitió la ciudad de Corinto. Arquidano era un excelente estratega militar y, tras varios intentos, enseguida aceptó que iba a ser casi imposible vencer por la fuerza los inexpugnables muros y potentes armas defensivas de la ciudad. Aquí es donde sus servicios de inteligencia se mostraron decisivos. Sus espías le informaron sobre la división política que sufría la ciudad. A continuación, anunció una tregua y simplemente esperó que una de las dos facciones políticas se pusiese en contacto con él. El resultado no se hizo esperar mucho. Uno de los dos partidos políticos se puso en contacto con él para entregar la ciudad. De esta manera, Arquidamo logró tomar la ciudad que había asediado.

La historia, como siempre, es nuestra brújula no en el espacio pero sí en el tiempo. El pulso que los partidos nacionalistas mantienen contra España no solo es una cuestión que se resuelva en tribunales constitucionales. Es una cuestión de seguridad nacional, ya que son patentes las simpatías que los nacionalistas han demostrado siempre hacia enemigos seculares nuestros. No sabemos qué estarían dispuestos a entregar a cambio de conseguir sus objetivos. El problema se agrava por la falta de autoridad en unas ocasiones, y de connivencia en otras, que todos los gobiernos han demostrado hacia el nacionalismo; sea este del pelaje que sea. Tal ha sido la connivencia, que se llegó, durante el gobierno del presidente Zapatero, a sentar las bases para pactar, ceder y excarcelar a verdaderos criminales. Y Rajoy, cuando por la situación excepcionalmente grave que se sufría en España tras la nefasta época del gobierno de Zapatero, obtuvo una aplastante mayoría absoluta, se limitó a administrar el desastre anterior siguiendo unas reglas impuestas desde fuera y cargó el peso sobre los hombros de los ciudadanos, y no de los políticos; los verdaderos responsables. Le faltó la visión de un verdadero hombre de Estado, y con ese poder que se le dio para salvar España, haber impulsado una España más fuerte simplemente asentando un sistema democrático sustituyendo al partitocrático existente. No había más que plantear un plebiscito bien explicado. Tienen el poder mediático para hacerlo, si quieren. De haber salido la democracia vencedora se hubiese acabado con el actual sistema de reinos taifas, ello hubiera resultado en un gigantesco ahorro en el gasto político suficiente para saldar la deuda; y la democracia habría aumentado de tal forma el poder del presidente del Gobierno, que los nacionalismos hubiesen dejado de ser un problema; como ocurre en países verdaderamente democráticos tales como Francia y EE. UU. Rajoy tuvo el momento histórico apropiado para impulsar el cambio que España necesitaba, y no lo aprovechó. Pero, en estos momentos, el mismo sistema partitocrático impulsa la mediocridad. Será difícil salir de ese círculo vicioso mientras los ciudadanos sigan confundiendo partitocracia con democracia. Y será difícil salir de este círculo vicioso mientras los medios de comunicación continúen siendo desleales hacia los ciudadanos. Es imposible creer que verdaderos periodistas no distingan entre ambos conceptos para poder explicar a los ciudadanos las diferencias entre un sistema partitocrático y otros democrático.