Progresía, apareció como término de nuevo cuño desde la izquierda y es la característica de la nueva clase de “progres”, “pijoprogres” o “pijomunistas” -término que tomo prestado-, afincados en la casta política profesional, de perfil medio bastante bajo (más frecuente en los partidos de izquierdas, pero presente en todos), que nada tiene que ver con el progreso, entendido como desarrollo, al que todos tenemos derecho y buscamos legítimamente.

Una de las políticas que, desde mi punto de vista, más ha caracterizado a los gobiernos socialistas ha sido la de actuar sobre el sistema educativo en un intento de “socializar” también la Educación, con una serie de decisiones que iban encaminadas a igualar el nivel por abajo, para que nadie se pudiera sentir discriminado por la falta de oportunidades. La política de “todos tenemos derecho a todo”, sin la menor alusión a que los derechos se consiguen tras el cumplimiento de las obligaciones. Cierto que los gobiernos del Partido Popular poco o nada han hecho para mejorarlo.

En esa línea de igualitarismo, que no de IGUALDAD, con mayúsculas, una de las actuaciones más relevantes y que, en mi opinión, más consecuencias ha tenido en la situación actual, ha sido, en mi opinión, la creación indiscriminada de Universidades que, desde principios de los años ochenta, se ha producido en cualquier ciudad de relativa importancia en cuanto a población se refiere.

Sabemos que, hablando de educación universitaria desde el punto de vista de la economía familiar, el capítulo más importante y gravoso para las familias es el de la manutención y alojamiento, fuera de casa, de los hijos que accedían e esta educación media o superior -la propia enseñanza pública es prácticamente gratuita en España-. Por tanto, la creación de Universidades por doquier -creo que hay 50 públicas, si no más, frente a los 12 Distritos Universitarios de 1975-, podría tener una repercusión positiva en este sentido, al acercar la Universidad a un mayor número de posibles alumnos a los que se les abarataría sensiblemente el coste de estancia en una Universidad lejana a su domicilio familiar -la enseñanza media ya no lo requiere-. Hasta ahí de acuerdo.

El lado negativo de esta “incontinencia universitaria”, como llamé hace años a este proceso de crecimiento indiscriminado y sin límite, es que, en lugar de que se produjese al ritmo que la demanda lo fuera exigiendo y dando tiempo a la formación de buen profesorado, indispensable para una enseñanza de calidad, había que hacerla a toda prisa, dotando plazas de profesorado que se ocuparon, en la mayoría de los casos, por personas con muy poca o ninguna experiencia docente -preferentemente próximos al socialismo que llegó en los ochenta-. Es decir, en lugar de fomentar esfuerzo y mérito como condiciones indispensables para conseguir un título, se puso fácil con el pretexto de la “igualdad” y del menor coste y que todos los jóvenes vayan a la Universidad.

Al mismo tiempo, se dijo adiós a la Formación Profesional que las antiguas Universidades Laborales y Escuelas de Aprendices de muchas empresas industriales desarrollaban lanzando al mercado extraordinarios profesionales de oficios diversos (electricistas, mecánicos, etc., ahora escasos) y mandos medios. O sea, en lugar de formar buenos profesionales, ‘fabriquemos’ titulados. Si luego no encuentran trabajo acorde con sus titulaciones y eso da lugar a personas con alto grado de frustración y, además, resentidos con el sistema, tanto mejor para el objetivo final.

Si el problema era el económico, ¿por qué no mejorar el sistema de becas que ya existía, para que nadie, con capacidad y mérito, se quedase sin la posibilidad de acceder a la Universidad, en lugar de crear una en cada esquina con un coste, de inversión y mantenimiento, inasumible a medio y largo plazo, como estamos viendo? Pero eso no formaba parte del plan. Bajar el nivel hacía más fácil “pastorear conciencias”, que hace a la gente más ‘dócil’; los ‘borregos’ piensan poco. Además, se evitaba otro efecto positivo: que la gente de valía se desplazara a estudiar fuera de su entorno familiar y de amistades podría abrir las mentes y aportar un enriquecimiento personal impagable. Algo que hubiera ido, además, contra la creación del “sentimiento regionalista” que se pretendía, aprovechando la demanda en ese sentido del nacionalismo vasco y catalán, incipiente en los ochenta y muy arraigado hoy, y la oferta del “café para todos”: DIVIDE Y VENCERÁS. Todo estaba estudiado.

No voy a entrar aquí en cómo se dotaron infinidad de plazas de profesores (merecería un análisis profundo) en muchas Universidades -nuevas y no-, en una España en la que el péndulo se había ido al otro extremo y el PSOE controlaba el sistema educativo de manera prácticamente unánime, excepto Cataluña y Vascongadas (Andalucía, no ha conocido otra cosa que gobiernos socialistas, y Castilla La Mancha y Extremadura, excepto en una legislatura, lo mismo. Resultado, en la cola del Informe PISA, aunque “la culpa es del franquismo” -cuarenta años más tarde-, dijo hace unos días alguien del PSOE andaluz); tampoco entro en el deterioro que ha supuesto la cesión de la educación a las autonomías y la inmersión lingüística impuesta como condición de ‘mérito’, excluyente a veces, para concursar a plazas en las autonomías, mal llamadas, ‘históricas’. Ambas, causas del deterioro en el nivel del profesorado y, como consecuencia, en el de los nuevos titulados.

En esa línea, se produjo también la creación de múltiples diplomaturas de grado medio con más profesionales (menos cualificados) al mercado, compitiendo por los mismos puestos de trabajo -o menos, como ha ocurrido entre 2008 y 2014-. Para completar el cuadro, y de ahí parte del título del artículo, se eliminaron las antiguas titulaciones medias -Perito en todas sus acepciones (Industrial, Aeronáutico, Agrícola, etc.), Ayudante de Obras Públicas, Facultativo de Minas, Aparejador, etc.-, todas ellas dignísimas profesiones y con magníficos profesionales en sus filas y se sustituyeron por Ingeniero Técnico…, Arquitecto Técnico, etc. o licenciaturas varias con un intento igualitario para satisfacer a una población, muchas veces mediocre, que así se sintió más ‘realizada’, propiciando la necesidad, por parte de los antiguos Ingenieros y Arquitectos, de añadir Superior a su título para distinguirse, ya que muchos de los nuevos titulados medios han eliminado de hecho la segunda parte del título, “Técnico”, y simplemente son “Ingenieros”… de la especialidad que sea. Es decir, se convierten las LAGARTIJAS en “COCODRILOS TÉCNICOS” y todos contentos. Podemos imaginar el batir de mandíbulas de los cocodrilos con risa floja frente a sus nuevos “colegas”. Pero los humanos, y más en España, aguantamos casi todo. Aquí, nunca pasa nada.

Y objetivo conseguido: todos ‘iguales’ -por abajo, claro-, manipulación más fácil y que la gente piense poco o, directamente, no piense, que ya lo hará el ‘Gobierno’ por todos, y si es de izquierda, mejor. Orwell (1984) en estado puro. 15-M, asalto al Congreso y Podemos a ayuntamientos y parlamentos.

Afortunadamente, no se puede -ni se debe-, generalizar, y siguen habiendo buenas Facultades y Escuelas Técnicas en España –no me atrevo a decir Universidades- y buenos profesores en muchas de ellas, verdaderamente vocacionales, que egresan buenos titulados en muchos casos.

Pero en el Gobierno y en el Congreso, no digamos en otros Órganos menos significativos, vemos a diario personas en los más altos cargos, diputados y senadores entre otros, con poca formación y experiencia. Los menos, procedentes de universidades que no citaré para no herir susceptibilidades y muchos que ni siquiera tienen esa mínima titulación de ‘compromiso’, en general, sin más ‘mérito’ que haber ingresado jóvenes en los partidos políticos, algunos metros cuadrados de carteles electorales pegados, mucha bisagra en la cintura, sonrisa y aplauso fácil al líder que hace las listas, etc., que prueban sobradamente lo que acabo de decir.