Si algo tenían en común Juan y María era el ser muy directos. No se andaban por las ramas, no pensaban y volvían a pensar qué decir y, sobre todo, cómo hacerlo. Lo hacían sin más. Juan ya le había demostrado desde que le había conocido que no era tonto y esta vez no hizo más que certificarlo. Juan quería saber también, no sólo era María la que tenía dudas o preguntas sobre su marido, Juan también. Y Juan no solo parecía también tener dudas, sabía perfectamente que María las tenía también sobre él. Carlos no paraba de preguntarse desde que Juan le hizo esa pregunta y bebió otro sorbo más de cerveza si no formaría todo parte de un concurso. ¿Sería una especie de cámara indiscreta de televisión? ¿Le estaría poniendo alguien a prueba? ¿Tanta confianza inspiró a esas dos personas para encontrarse en esa situación? O lo que quizás fuera más lógico, ¿se encontraba de repente en medio de una pareja con ganas de continuar juntos pero sin ninguna comunicación?

Esto último no sería ninguna sorpresa puesto que es algo que le pasa a todo el mundo, en todas partes. A él mismo le pasaba y le estaba pasando. Las relaciones cuanto más cercanas son se hacen mucho más difíciles. Muchas veces era sorprendente lo que le contaba algún conocido que él estaba seguro no le habrían contado ni a su madre, ni a su esposa o a su propio hermano. Pero él sabía que en ese tipo de situaciones el que más perdía siempre era el mensajero, el famoso teléfono roto. ¿Cómo transmitir una confidencia de una parte de la pareja a la otra? O todavía más difícil, ¿debía hacerlo? Parece mentira la rapidez con la que alguien es capaz de pensar en menos de un minuto. Pero lo que si tenía claro es que el silencio era la peor de las respuestas que le podía dar a Juan.

– Si Juan, hablamos de muchas cosas también de ti.
– ¿Y bien? – Inquirió Juan – ¿Me vas a contar de qué hablasteis?

Carlos, se estaba quedando mudo, no sabía qué decir. Ese era el único momento en el que se había sentido incómodo entre Juan y María. En ese momento echaba de menos su ascenso, su caminata y su baño en solitario en el riachuelo que nacía en aquella cima. ¡Cuánto echaba de menos esa soledad en aquellos momentos! Allí solo se molestaba en escuchar los ruidos de los pájaros y en encontrar la mejor forma de secar su ropa recién lavada en el río. Pero ahora no estaba allí, ahora estaba con Juan, después de tomarse un número indeterminado de cervezas y ante una pregunta directa y con pocas posibilidades de escapatoria.

– No se Juan. ¿Qué te puedo decir? Me habló de ti, me habló bastante de ti y de lo preocupada que estaba por tu actitud de los últimos tiempos. Se pregunta que si te pasa algo con ella, si hay algún problema…eso se pregunta.
– Lo hemos hablado muchas veces y ya le he dicho que no pasaba nada. Me molesta que me lo pregunte continuamente. Me sorprende que te lo haya contado a ti, no nos conocemos casi de nada.
– Si Juan, es sorprendente. Pero creo que estoy yo más sorprendido que tú de que lo haya hecho. Es más, aquí estamos en el bar y tú me has preguntado sobre ello directamente. Me da la sensación que el menos sorprendido de los dos eres tú.
– Si quizás tengas razón. María es así, yo la conozco muy bien. En cuanto coge confianza con una persona lo cuenta todo, no se calla casi nada. Yo soy más reservado, no cuento casi nada. Aunque contigo he hecho casi lo mismo que María. Se ve que los dos te hemos cogido confianza y cariño. Esto debe ser delicado para ti.
– Si, bastante delicado. Os aprecio a los dos y no me gustan estas situaciones.

Carlos, parecía haber encontrado el momento de cierta debilidad de Juan y no sabía si aprovecharlo preguntando más o callarse y esperar a que fuera Juan a que le contara. Quizás esa fuera la mejor opción. Callarse y esperar y que fuera Juan el que le contara lo que fuera, si él quería, claro. Juan parecía un poco abatido como aquel que cree tener un problema secreto e ignora que todo el mundo lo sabe, aunque guarde silencio sobre ello. En el momento en que cualquiera hace mención a ese problema, en el momento en el que el protagonista se entera que no es algo secreto, el problema parece multiplicarse por diez.

– En realidad si me pasa algo con María, Carlos. Pero me vas a permitir que no te lo cuente, no soy capaz de ello. ¿Lo entiendes?
– Lo entiendo perfectamente Juan y estás, además, en tu derecho de no contar nada. yo soy casi un completo desconocido y es lógico que no quieras contarme nada. De hecho yo tampoco os he contado casi nada a vosotros.
– No será porque María no te ha preguntado, ¿verdad?
– Si, si que lo ha hecho. – Contestó Carlos tras soltar una sonora carcajada. – Pregunta, ¡vaya si pregunta!

Aquellas risas provocaron también un ambiente un poco más distendido en una conversación que se había vuelto algo tensa. No había ningún tipo de disputa, ni de agresividad entre los dos, pero si cierta tensión por lo delicado del tema tratado en la conversación. Definitivamente Carlos ya sabía que a Juan si le pasaba algo con María y entendía perfectamente que no quisiera contárselo. Era lo un tema lo suficientemente delicado para que no actuara como estaba actuando.

-Es tarde Carlos, María seguro que ya nos está esperando para comer. Gracias Carlos.
-¿Gracias? ¿Por qué Juan?
-Por escucharme y no preguntar.

De camino a casa para comer Juan ya fue pasando al silencio más absoluto. Algo que Carlos agradeció, no quería hablar más sobre ese asunto. El problema de Juan parecía grave. Mucho más grave de lo que él habría creído en un principio y, desde luego, mucho más grave de lo que le pudiera parecer a María.

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