El desayuno se alargaba en el tiempo. Sin darse cuenta, Carlos y María, llevaban casi una hora sentados a la mesa. Estaban haciendo una extraña sobremesa, la del desayuno. Era un desayuno diferente al que estaban los dos acostumbrados. Carlos, un café bebido y siempre con prisas. Nunca se levanta con hambre mientras trabaja, un café, otro al cabo de una hora en un bar y, como mucho, comiéndose la galletita que le ponían con él. María, solía comer un poco al desayunar, no gran cosa. Desayunaba normalmente sola y siempre lo hacía con prisas. ¿Prisas para qué? Se preguntaba siempre. La casa no le daba mucho trabajo desde que los niños no estaban y en el pueblo no había demasiado que hacer, solo ir a comprar el pan.

Ella buscaba siempre alguna actividad, alguna manualidad pero no tenía la suficiente paciencia. La televisión, la radio o algo de lectura eran sus aficiones favoritas hasta que decidieron poner internet en casa. Juan no quería, decía que eso de internet era una bobada pero ella le convenció con la excusa que los niños lo iban a necesitar cuando estuvieran en casa. Eso, internet, le abrió un mundo nuevo. Como todo el mundo le hablaba de las famosas redes sociales ella sentía una gran curiosidad por descubrir ese mundo. “¿Que te has dado de alta en Fisbu?” Le dijo una vez Juan, entre irónico y enfadado. “¿Y qué haces tú ahí?” Resultaba curioso ese enfado para María, era un enfado con cierto aire de reproche y celos. “¿Celos?” Se preguntaba María. Juan no había demostrado nunca ser celoso, quizás por la seguridad que le daba vivir en un pueblo en el que el noventa por ciento de los habitantes superaban los setenta años. Si salían del pueblo era para ver a algún familiar, a los niños, o a hacer compras, y lo hacían siempre juntos. “Fisbu” era un terreno casi desconocido para Juan y eso no le gustaba.

Carlos asistía un tanto perplejo a las confesiones de María. No se explicaba que una persona tan entrañable, como a él le pareció Juan, tuviera ese tipo de reacciones. “¿Y qué problema hay por eso? Yo también tengo Facebook y no tiene nada de malo”, le dijo a María. María al principio le contaba a Juan todas las cosas que leía o la gente a la que estaba conociendo a través de internet. Pero poco a poco se fue dando cuenta que eso a su marido no le gustaba, le conocía muy bien. Intentaba demostrar indiferencia, pero después él mismo se delataba haciendo algún comentario desagradable hacia su mujer. Decidió no contarle nada de internet y aprovechar para usarlo la gran cantidad de tiempo que él se pasaba fuera de casa. Era más fácil eso que dar explicaciones o, mucho peor, que ese fuera un motivo más de discusión. María evitaba las discusiones, no sabía si hacía bien o mal, pero no discutía nunca. Solo callaba y miraba hacia otro lado.

Carlos pasó del temor a hablar del tema a tener interés y curiosidad. Le parecía que si María optaba por contarle eso era porque tenía confianza con él y le había cogido cariño. En su cabeza, la imagen de Juan pasó, por un momento, de ser Ángel a una especie de demonio. Por suerte María se ocupaba constantemente de quitarle esa idea de la cabeza. Describía a Juan como una persona buena, honrada, trabajador y muy protector con su familia, con ella y con los niños, aunque a ella a veces le pareciera demasiado.

Carlos estaba completamente identificado con María y por momentos sintió cierta pena por ella. Pero al momento se le pasaba esa sensación. María era una mujer alegre y fuerte y sabía que, aunque no lo pareciera, la situación la dominaba ella completamente.Estaba seguro que en realidad las riendas de ese matrimonio las llevaba ella, aunque tuviera tantas quejas. Él no era ningún psicólogo, pero Juan tenía todo el aspecto de ser un hombre muy inseguro, quizás con un cierto sentimiento de inferioridad con respecto a su mujer. Al contrario que María, Juan no estaba envejeciendo demasiado bien y probablemente él se diera cuenta de ello. Una de las mayores sorpresas que se llevó Carlos al conocer a Juan fue conocer después a María. No le pegaba como mujer de Juan por su aspecto físico, parecía mayor que ella y un afortunado por tener una mujer tan bella, siendo él una persona normal.

No había vuelto a mirar el reloj y llevaban dos horas desayunando, se les estaba pasando la mañana por completo. Carlos se ponía nervioso, empezaba a ir con bastante retraso sobre el horario que más o menos tenía previsto y así se lo hizo saber a María.

– María, debo continuar. Es muy tarde.
– ¿Tarde? ¿No decías que hacer esta ruta era como una especie de liberación mental y física? Pero no liberación del reloj. ¿Qué prisa tienes?
– Es que si no voy a salir muy tarde.
– ¿Tarde? Tú estos días no tienes horarios ni obligaciones. ¿No eran esas algunas de las cosas de las que te querías olvidar estos días? ¿Me equivoco?

Carlos se había quedado sin saber qué decir. María tenía toda la razón y poco a poco él solo se había buscado obligaciones en algo que precisamente era para eso, para olvidarlas. Miró a María, se encogió de hombros y sonrió, no dijo nada. Esa era su forma de darle la razón, no tener nada que decir. María le entendió perfectamente y sonrió sintiéndose orgullosa de haberle cazado en ese renuncio.

– Carlos. ¿Otro café?
– Si, muchas gracias.
– Carlos.
– Dime María.
– ¿Por qué no te quedas hoy?