Fotografía: flickr.com
Expone el reconocido comentarista político Paul Krugman en un artículo de opinión del New York Times (19/12/2016) el peligro a la que está expuesta una república a deslizarse hacia un fascismo: “Hay que estar voluntariamente ciego para no darse cuenta de los paralelismos existentes entre el auge del fascismo y nuestra pesadilla política actual”.

 

No es necesario comentar los virulentos ataques de este periódico durante toda la campaña hacia Donald Trump. La sociedad americana ha quedado polarizada entre el blanco y el negro sin escala de grises intermedios. Si seguimos las teorías de Peretó en estos parámetros estarían los dos tercios de la población. El otro tercio estaría en el limbo de sentirse totalmente apolíticos. No deja de tener cierta razón Krugman respecto a los peligros que los extremismos pueden conducir, y para ello recuerda semejanzas con los errores cometidos en la Europa anterior al estallido de la Segunda Guerra Mundial. Extremismo implica soluciones extremas, y en los procesos extremos es la clase media corriente la que más sufre. No hay nada más terrible que la vuelta de los soldados en bolsas de plástico, y ello es algo en lo que el pueblo americano tiene, desgraciadamente, mucha experiencia. Buen conocedor de la historia, también establece Krugman una serie de paralelismos entre la caída de la república en Roma y los síntomas que ahora vislumbra en la política americana. El síntoma más alarmante lo encuentra en la subida al poder de hombres muy poderosos si estos hombres rompen con normas que no están escritas en ningún lado, pero que a nadie se le ocurre romper. Así fue el caso de Julio César, que rompió con una tradición que no estaba escrita en ningún lado, pero que todos habían respetado hasta entonces: “Cualquiera que fuese la importancia que un individuo le diese a conseguir prestigio y riquezas para sí mismo y para su familia, siempre quedaba subordinada al bien de la República”.

Para nada estoy de acuerdo con la exposición sesgada de Krugman. Trump no ha roto ninguna tradición verdaderamente fundamental. Lo único que ha hecho es lo que nadie se había atrevido hasta ahora, y es aparentemente romper con la corrección política. Estados Unidos no se fundó sobre la base de “lo políticamente correcto”. Cualquiera que haya leído a Tocqueville se dará cuenta de que esa nueva religión que nos han impuesto los medios de comunicación desde los púlpitos de sus micrófonos y cajas cuadradas no tienen nada de moral. Son todo lo contrario. Son amorales disfrazadas de moral. La corrección política no contaba para nada entre los cuáqueros que desembarcaron en el “Mayflower” ni había contado, casi, hasta la llegada de Obama. Esa ideología llega primero como un sustituto ante el fracaso del comunismo con la caída del muro de Berlín. Es decir, lo que más admiro de América, que es su vacuna contra el comunismo está siendo defendido por Trump, al romper con esa ideología. Diga Paul Krugman lo que diga, Trump es el primero de los americanos; y la clase media, esa que cuyos hijos han estado llegando en bolsas con el belicismo y los fiascos de Hillary, esa que ha sufrido el paro de la industria americana, esa clase media que ha sufrido un nauseabundo racismo positivo y a quienes todas las ayudas sociales han sido negadas en beneficio de colectivos cuyo perfil coincidía con el pontificado por la corrección política, esa clase media ha votado a Donald Trump. Desde luego, siguiendo las normas “políticamente correctas del partido Demócrata” Hillary lo hubiese barrido del mapa, pero esas normas no son América. Y las rompió ante el escándalo de todos. Pero esos todos no eran más que el “establishment”: la casta política y sus voceros, los periodistas. El pueblo es otra cosa. Y donde hay democracia el pueblo no se equivoca. En cambio, donde hay partitocracia, se equivoca siempre.

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