Hay mucha gente que sabe ya de mi historia, no la voy a repetir más porque sería más que aburrido, sería bastante cansino para todos, pero si que me voy a quedar con algo: con las entrevistas de trabajo. Yo a lo largo de mi vida laboral he tenido que hacer muchas entrevistas de trabajo, siempre a uno y al otro lado de la mesa. Cuando tuve mi empresa, para contratar gente y cuando la cerré para ser contratado y, posteriormente, para contratar gente para otros. Dada mi experiencia me desenvuelvo muy bien tanto de una forma como de otra y cuando he recibido entrevistas ha habido siempre un denominador común: no contratarme porque era demasiado bueno. Creerán que peco de soberbia, en realidad me da igual lo que crean, pero esto que estoy contando no es más que una verdad que comparto con quien tiene la generosidad de leerme.

Cuando recibes esa respuesta muchas veces te das cuenta que quien recibe una entrevista de trabajo tiene un tope intelectual: el del entrevistador. El entrevistador es, normalmente, una persona que al final va a ser el jefe del entrevistado y lo que menos busca en el entrevistado, en quien va a ser su subordinado, es competencia. El entrevistador realiza las entrevistas con más miedo que el entrevistado, sobre todo cuando el nivel es claramente superior al de él y si encima el entrevistador tiene problemas psicológicos de autoestima es peor todavía.

Cuando yo cerré mi negocio no quería trabajar por cuenta propia ni en pintura, nunca más en la vida, es lo último que quería en el mundo; pero tras esa experiencia de entrevistas decidí volver a hacerlo al no quedarme más remedio. Ahora, y ya pasado un tiempo de todo aquello y a mis 47 años, no quiero trabajar para nadie, a pesar de perder seguridad, porque sería incapaz de aguantar a un jefe, de esos que hay tantos, mediocre y al que no admirara. A un jefe hay que admirarle por su validez, yo he tenido la gran suerte de haber admirado a todos los jefes que he tenido, y no porque fuera un pelota, simplemente porque les consideraba gente muy preparada.

Ahora cuando vas por cualquier empresa, negocio, y si es en política ni te cuento, y ves el título que figura en muchas tarjetas de visita de otros tantos imbéciles te das cuenta que el mundo está como una tubería atascada de porquería que no deja que corra el agua limpia con facilidad. El ansia de buscar la inferioridad en el subordinado y el miedo natural que, de por si, tienen normalmente los pelotas y los incapaces, provoca que detrás se quede gente que tendría derecho a una vida robada por mucho tonto.

Si miras a un espejo público que ve todo el mundo, el de la política, ya es para quedarse alucinado. ¿Cuanto incapaz hay sentado en un escaño del congreso que no abre en cuatro años la boca y que se está garantizando su vida y su jubilación? Yo diría que si no todos, el 95%. Si en el PP manda Rajoy, si en el PSOE manda Sánchez o si en IU manda Lara hay que echarse a temblar pensando como serán los de abajo, se les caerá como mínimo la baba. A estas alturas de la vida ya no sabes que aconsejarle a un hijo. Si quieres que sufra y luche por sus objetivos, si quieres que sea independiente y que vaya con su verdad hasta el fin del mundo, habrá que aconsejarle que sea el mismo y que demuestre quien es, aún a riesgo que acabe teniendo una vida laboral difícil. Si quieres que triunfe, que tenga un gran puesto de esos que se ponen en inglés en las tarjetas de visita, ¿qué hay que aconsejarle? ¿Qué se haga el tonto y que vaya haciendo la pelota por la vida? ¿O quizás mejor que trate de ser emprendedor y ganarse la vida por cuenta propia en un país en el que un empresario arruinado es crucificado, como le ha pasado a su padre?

Pues como en el fondo soy un romántico y un sentimental seguro que le acabaré diciendo: “Hijo, eres el mejor, sé tu mismo”.