Que no seamos nunca parte de un silencio: feliz Navidad

No sé si recordarán aquel cuento corto de Washington Irving, el de Rip Van Winkle, un cómico personaje dormilón que se fue un día al bosque huyendo como el diablo de las recriminaciones constantes de su mujer, se recostó para descansar un rato bajo un roble y, según el cuento, se echó una siestecita de veinte años. Al despertar y volver a su aldea no reconocía nada ni a nadie.

Apareció en un mundo que ni conocía ni tampoco le reconocía, y donde habían cambiado demasiadas cosas. Ya había tenido lugar la guerra de Independencia Americana, y sus vecinos habían dejado de ser súbditos de la Corona inglesa; y, ¡claro!, se tomaron muy mal que gritara ¡Viva Jorge IV!, al entrar en la taberna, teniendo en cuenta que todos eran esforzados patriotas que habían luchado contra aquel rey. Rip se había ido como súbdito de la Corona inglesa y despertó como ciudadano estadounidense.



Por supuesto, nadie se creyó su historia; aunque los viejos del lugar reconocían que mencionaba muchas cosas y detalles pasados, del lugar, y recordaba a mucha gente; como si de verdad hubiera vivido allí hacía veinte largos años.

Imagine ahora que le pasa lo mismo que a Rip, y se echa un día una siestecita, simplemente porque le apetece. Se despierta, ya tarde, se despereza, y cuando vuelve a casa ve que todo ha cambiado. Que nada es como lo dejó. Otro día tenga cuidado y no vuelva a acostarse cerca de un agujero de gusano, que es lo que dicen los científicos que puede burlar el entramado espacio-tiempo. Para Vd. y por su reloj habrían pasado dos horas. Pero mientras, habrían transcurrido trescientos años. Su racionalidad recibiría un duro golpe, se pellizcaría, se daría una torta en la cara para despertar, se restregaría los ojos. Nada, ese nuevo mundo permanecería allí con desesperante testarudez ¿Qué reconocería de lo que le rodea?

Al paso que avanza la tecnología, las calles no serían las mismas, la gente no pensaría igual, la moda no se parecería en nada a la que recordaba, la sociedad sería distinta;  los medios de transporte, los objetos cotidianos serían un verdadero misterio. Hasta el idioma habría sufrido cambios. Nada de lo que le rodease se parecería a lo que conocía. Imagine la ansiedad que le produciría ese volver a nacer, pero con el lastre de los recuerdos de su vida pasada enfrentándose en completa soledad a una realidad distinta. Sus amigos, su familia, su gente habría muerto hace ya muchos años. Su universo se habría desmoronado en una ociosa tarde de siesta sin que fueses capaz de controlar nada, Y sus esquemas lógicos se derrumbarían por el duro golpe recibido.

Paseando en estado de “conmoción”, por ese lugar, que antes debía ser “su calle”, y cuando está a punto de marearse y caer al suelo, ve algo que le dice que no se ha vuelto loco, y que le vuelve a conectar con la realidad. Algo le llama poderosamente la  atención porque todavía permanece exactamente igual que como Vd. lo recuerda. La torre de la iglesia. Se acerca y comprueba que el edificio sigue relativamente igual. Cuando entra, en lo esencial, ese espacio ha permanecido congelado en el tiempo que se le escapó. Ya tiene una prueba que le une al pasado…

Pretender que la historia empiece con las revueltas sociales del s XIX, y que el cristianismo no cuenta es como negar el ajo en la sopa de ajo. No hay que ser historiador ni ningún experto para reconocer al cristianismo como el motor que generó los hechos históricos y cambios sociales de los últimos veintiún siglos en nuestra sociedad occidental. No hablar del cristianismo y reconocerlo como parte esencial de lo que somos es igual de absurdo que intentar explicar el funcionamiento de un coche sin mencionar para nada el motor. Del motor no se habla porque no es políticamente correcto ¿A que es absurdo? Pues ese error se está cometiendo hace tiempo en España y Europa.

Para aliarnos económica o culturalmente con otros países renunciar a nuestra esencia, a nuestras más profundas tradiciones, a lo que somos, es una absoluta memez. Ello implica que tampoco debemos renunciar a los símbolos. Los políticos y mandatarios temen ofender, por ejemplo, a los musulmanes, si ponemos un Belén en medio de la plaza del pueblo, o un árbol de Navidad; o si en nuestras escuelas se celebra una representación de la natividad. FELIZ NAVIDAD se ha retirado de las luces navideñas en las calles de muchas ciudades. Hace años que se ha sustituido por el eufemismo de FELICES FIESTAS. Somos una sociedad guiada por absolutos ignorantes y catetos.



Hay cuestiones que son irrenunciables para nuestra supervivencia como sociedad. No permitamos que unos fanáticos que se creen progresistas o comunistas y odian el cristianismo nos guíen. Debemos reaccionar contra los postulados que quieren inducirnos a renunciar parte de nuestra esencia cultural. Desgraciadamente, siempre ha habido suicidas. No es una cuestión de fe, es una cuestión de cultura, de tradición y de un gran pedazo de la Historia.

Así que FELICES FIESTAS, por supuesto. Pero, sobre todo, FELIZ NAVIDAD