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Todos somos ya conscientes de cómo el desarrollo de las nuevas tecnologías nos ha introducido un verdadero caballo de Troya en nuestros hogares. Smartphones, 4G, tablets, ordenadores personales, etc., que tan atractivos se nos presentaban al principio, pero que resultan ahora eternos y forzosos acompañantes. Han acabado por convertirse en auténticos cordones umbilicales uniendo la empresa con el hogar de forma que estas se han apropiado del tiempo personal.

Entramos en lugares virtuales para continuar desarrollando proyectos; y a su vez, también, en cierta forma, invitamos a la empresa a entrar en nuestros hogares. Un verdadero “quid pro quo”, ¿o no? Puede que ni tengamos que desplazarnos al lugar de trabajo.

Si estas tecnologías se utilizarán para mejorar la productividad y las relaciones entre la empresa y los trabajadores mediante la tan conllevada conciliación laboral y familiar, una justa retribución, etc. y la satisfacción del trabajo bien hecho, bienvenida sea. La tecnología estaría al servicio del hombre. Pero si por el contrario sirven para alargar la jornada laboral, exponer al trabajador a condiciones de estrés, a interminables jornadas, y sufrir diferentes y sutiles presiones, malvenidas sean.

Parece ser que la tendencia es la de perder aquellos logros dorados que costaron sangre, sudor y lágrimas; como los tres ochos: ocho horas de sueño, ocho de trabajo y ocho de tiempo libre, o que la edad mínima de los jóvenes para empezar a trabajar fuesen los dieciséis años, en vez de los cinco.

De hecho, ha emergido una nueva cultura del trabajo en muchas de las multinacionales occidentales; y no tan multinacionales. La cuestión es cómo nos hemos hecho este jara-kiri ¿Cómo hemos renunciado a las promesas de que el trabajo duro sería reconocido, recompensado y nos garantiza una vida de estabilidad económica?

Sin mencionar el nombre de una empresa diré que técnicos supercualificados se mataban por conseguir un puesto de trabajo de alta tecnología muy reconocida mundialmente. Les esperaba entrar en un complejo de lujo, con piscina, sauna, salas de relax, de juegos, gimnasio, barra libre en el bar, en el comedor.

La condición era trabajar por proyectos, en pequeños grupos; marcarse cada grupo o trabajador sus propios horario y comprometerse a unos objetivos. Esos trabajadores no salían del complejo ni los fines de semana. Sin darse cuenta vivían por y para el proyecto

¿Os acordáis de los monjes medievales? Por lo menos ellos tenían unos horarios muy rígidos, pero en nuestra empresa las horas de trabajo podían llegar a ser interminables; hasta conseguir el objetivo. Y después ellos mismos se imponían otro objetivo. Y uno más… Todo en la empresa inducía a este estilo de vida y los trabajadores se apuntaban con entusiasmo ¿Eran esclavos voluntarios, o unos privilegiados?

Una de sus trabajadoras renunció al trabajo por otro más normal y menos cualificado. No había soportado la presión de renunciar a su vida familiar…

Entre el blanco y el negro se dan todo tipo de grises. Empresas que obligan más, que inducen menos… Las técnicas de manipulación del personal están muy estudiadas y los trabajadores no son conscientes de ello. Lo cierto es que hemos vuelto después de dos siglos al principio de la película. La rueda ha dado un giro completo, como dicen los ingleses. Vuelta al principio: se buscan esclavos, paga baja, dedicación 24h

Unos obligados por la simple supervivencia y otros deslumbrados por el viejo truco del palo y la zanahoria resulta que estamos entrando en una trampa que olvida y prescinde del factor humano: que el hombre es un ser social, pero que la familia no son los compañeros de trabajo. Se requiere formación y el pago digno por un trabajo digno. Se requieren tantas cosas… Ahora, el que crea que los sindicatos se plantean algo de esto y están dispuestos a defender un equilibrio entre intereses de la empresa y los trabajadores que de un paso al frente. Pero no caigan en un precipicio.