Dada la hora que era Carlos solo tenía clara una cosa, a esa hora Juan no estaría ya en casa. Estaría en su nave o estaría en el bar. Carlos estaba excitado, como con urgencias, pensar en todo lo que había estado pensando esa tarde le había provocado una cierta ansiedad. Ya no podía quedarse callado, ya no podía quedarse a la expectativa. Tanto María como Juan le habían abierto las puertas de su casa y de sus vidas, en poco tiempo, pero el suficiente como para que él tuviera la necesidad de tener que actuar. No creía que todo aquello fuera fruto de la casualidad o de dos personas indiscretas. Los dos le estaban reclamando ayuda, le estaban pidiendo que interviniera. Necesitaban a alguien que hiciera algo por ellos, de lo contrario, ¿para qué le habrían contado nada? ¿Por qué le habían abierto su corazón y sus sentimientos de aquella manera? Decidió que era el momento de hacer algo y que, si se equivocaba, no tendría más remedio que disculparse e irse. Muchas veces había cometido errores Carlos a lo largo de su vida y en todas se había disculpado. No le costaba nada pedir perdón, aunque por ese motivo muchas de las personas con las que se disculpaba no se lo tomaban en serio. Disculparse no es fácil para nadie y es un acto de gran valentía que poca gente es capaz de hacer. Hacerlo salva muchas situaciones desagradables, aunque después quede alguna cicatriz.

Empezó a buscar a Juan en la nave, allí estaba él, haciendo como que hacía, pero sin hacer. Como tanta gente que no sabe hacer otra cosa que trabajar y cuando lo tienen todo hecho se lo inventan. Juan miró a Carlos con cara de sorpresa. Carlos era de una expresividad demasiado evidente como para disimular. Su cara denotaba esa excitación y esa ansiedad que llevaba dentro. Llegado a ese punto ya no se podía callar, ya no había nada que ocultar. Se le notaba, Juan se lo había notado y él notaba que Juan lo notaba. Disimular y callar era lo peor que podía hacer Carlos ante ese tipo de situaciones.

-Hola Carlos, ¿Qué tal estás? ¿Te pasa algo? Te noto raro.
-Hola Juan, bien estoy bien. He estado paseando y dando vueltas a muchas cosas y no he tenido más remedio que venir a hablar contigo.

Ese sexto sentido que todos tenemos pareció encenderse en Juan y Carlos se dio cuenta de ello. Tenía un destornillador y una pieza de tractor en las manos y no fue capaz de encontrar donde colocarlas. No atinaba exactamente a saber qué hacer con ellas, pero parecía como si en ese momento hubieran empezado a abrasarle en las manos. Hay momentos en los que alguien nos va a decir algo inesperado y que nosotros de una forma casi irracional sabemos lo que se nos va a decir. Eso parecía pasarle a Juan en aquél momento. Era como si Carlos le hubiera contagiado esa ansiedad y en ese momento allí estaban mirándose el uno al otro, ansiosos por hablar y por contarse. Parecía como si Juan fuera a empezar a contestar antes de que Carlos preguntara, pero no lo hizo. Simplemente preguntó.

-Pues tú dirás, Carlos. ¿De qué querías hablarme?
-Noto algo raro Juan. He hablado con tu mujer y contigo y parece como si quisierais que interviniera en algo y no estoy muy seguro de ello. Necesito que tú me aclares si necesitáis mi ayuda.
-¿Ayuda? No te entiendo Carlos, ¿en qué nos vas a ayudar?
-Es evidente, y eso es algo que me habéis contado los dos, que tenéis problemas en vuestro matrimonio. María me lo contó, sin yo pedírselo, y tú esta mañana también lo has hecho. Es más -prosiguió Carlos- tú me has dicho que tenías un problema, pero no me lo has contado.

Juan estaba nervioso, era como en ese momento en el que recogíamos las notas del colegio del buzón de casa y a pesar de las ganas de saber los resultados tuviéramos el miedo de hacerlo. Miró hacia abajo y puso una cara de resignación, como la de un cordero al que estuvieran a punto de degollar y conociera cuál iba a ser su futuro.

-Si, es cierto. Te dije eso.
-Yo creo que tú necesitas contarlo y yo creo que necesito saberlo. Me da la sensación que esperáis algo de mi pero, si no me cuentas nada, nada podré hacer. ¿Me lo quieres contar, Juan?
-Si te lo quiero contar. Nunca se lo he contado a nadie y ya tengo la necesidad de hacerlo.

Muchas veces los problemas se acumulan y no se los contamos a nadie. Cuando los problemas se acumulan llegan a un punto en que casi asfixian y el protagonista tiene la necesidad de hacer participe a más gente de ellos. Eso era lo que le pasaba a Juan, ya no podía más. Carlos había sido la excusa perfecta. Educado, discreto, complaciente y amable. Con ganas de complacer y de ayudar. María y Juan se habían dado cuenta de ello y por eso le empezaron a abrir sus sentimientos.

-Bien Carlos. Fue hace diez años, María y yo estábamos pasando por una gran crisis en nuestro matrimonio. La cama no funcionaba, no nos hablábamos, no compartíamos cosas. Casi no nos aguantábamos y yo me sentía asfixiado, me ahogaba con ella. Un día quedé con unos antiguos compañeros de colegio en la ciudad para cenar. Salimos por ahí y conocí a una mujer. Se llamaba Elisa y tuvimos una aventura que duró un año, después dejamos de vernos. Hace un tiempo Elisa reapareció en mi vida y me presentó a su hija de ocho años, se llama Claudia. Claudia es mi hija, Carlos.