– ¿Qué tal está todo Carlos? ¿Te gustan esos huevos caseros?
– Me encantan María, están buenísimos. Ahora ya no voy a poder tomarme un huevo frito si viene del súper.
– Es normal, aquí en el campo es todo más sano. Los tomates son tomates de verdad y los huevos también.
– Tienes toda la razón, no te das cuentas hasta que no lo pruebas.
– La cocina cansa mucho y siempre gusta que el trabajo que da te lo agradezcan.
– Así es, yo también cocino y siempre pregunto si le gusta a la gente…incluso antes de haber probado nada.
– Juan, sin embargo, no lo aprecia ni dice nada. Parece como si viniera a llenar el buche a plato puesto. Come, duerme la siesta y se va al bar…sin más.
– Es probable que solo sea cuestión de confianza, ya sabes que donde hay confianza da asco, María.
– No es cuestión de confianza porque hace unos dos o tres años no era así, ha cambiado.
– Bueno, no se. A lo mejor son imaginaciones tuyas. Ya sabes que un matrimonio se convierte en rutina muy rápido y después pasan cosas de esas. La anormalidad de la normalidad, diría yo.
– Puede ser, pero la que está aquí todo el día encerrada soy yo. No veo a casi nadie y si después llega él y apenas me dice nada, pues imagina que plan.

Carlos se sintió un poco incómodo ante esa confesión y decidió meterse un bocado en la boca, ya que no sabía que contestar ante una confesión así. María parecía haber cogido mucha confianza con él en poco tiempo y le confesaba cosas que, estaba seguro, que poca gente sabría. En su fuero interno solo le surgía una pregunta, la de por qué le contaba algo tan personal a él.Intentó cambiar de conversación haciendo mención a lo bien que hacía el café María, pero ella parecía no escucharle. Había sido como abrir una especie de caja de Pandora que ya no había forma de cerrar.

– Fíjate – continuó María – que ya he pensado de todo. Que ya no me quiere. Que no me soporta. He llegado a pensar que estaba con otra – afirmó riendo – pero ya ves tú, no sale del pueblo. Y aquí somos cuatro gatos, me habría enterado.

Como se dice vulgarmente, Carlos ya no sabía ni donde meterse. No deseaba saber más de esa historia porque al final tendría que opinar algo y no sabría qué decir. Tanto María como Juan se habían portado tan bien con él que era incapaz de dar la razón a uno, quitándosela al otro y viceversa. Decidió apurar el desayuno a más velocidad para intentar escuchar lo menos posible. Se había dado cuenta desde el primer momento que la conoció que María era una persona muy abierta, pero no pensaba que tanto. Cuando hablaba de ello, además, esa alegría innata en ella se convertían en una cierta melancolía y esos bellos ojos verdes se tornaban un tanto rojos.

– ¿Y no has pensado hablarlo con él? Sugirió Carlos.

Parecía que esa pregunta había salido de diez calles más lejos porque no se atrevió a pronunciarla más que como un susurro.

– Sí, ya lo he hecho – afirmó María con resignación – pero lo único que me contesta es que eso son bobadas. Se enfada, y Juan es un hombre muy tranquilo, con lo que tampoco me atrevo a sacar el tema muy a menudo, aunque se lo preguntaría todos los días. Todos los días son iguales. A veces pienso que quizás sea problema mío, me voy haciendo mayor y ya no me veo tan atractiva como era. Mira esta foto de cuando tenía veinte años, era una preciosidad.
– Bueno, yo todavía te veo muy bella. – Afirmó Carlos con rotundidad.

Esa frase le salió a Carlos del alma y, por la cara que puso María, le había hecho mucha ilusión que lo dijera. A Carlos le asustó un poco decir aquello, no quería que María pudiera pensar que lo hacía de forma gratuita, solo para que ella se sintiera bien. Él era un hombre y María le parecía una mujer muy atractiva para cualquiera. Una confesión como la que le estaba haciendo para muchos hombres supondría una oportunidad, pero no para él. No iba a inmiscuirse en un matrimonio por muchos problemas que tuvieran y menos con el comportamiento que habían tenido los dos con él.