A Carlos le gustaba dormir con parte de la persiana levantada, no le gustaba la oscuridad completa. Decidió entreabrir un poco para que la luz de la farola que iluminaba la casa de Juan y de María iluminara un poco la habitación. Las adolescentes cuyos carteles colgaban de las paredes de la habitación ya no le parecían adolescentes con pinta de putas maduras, ahora, con la penumbra, le parecían directamente unas brujas. Nunca había podido entender el por qué una adolescente famosa quería dar ahora ese tipo de imagen. Recordaba su época de adolescente en que le gustaban las chicas del tipo a las de “Parchís”, adolescentes con pinta de lo que todavía eran, niñas.

Las sábanas de la cama se notaba que no habían sido usadas, recién lavadas y planchadas, aunque se notaba que era la cama de su hijo por las dimensiones, algo pequeña. De todas formas todo eso le dio igual, era una cama, algo que no había podido disfrutar en las últimas, ¿cuarenta y ocho, cincuenta horas? Ya no lo podía recordar, estaba demasiado cansado para echar cuentas. Se estiraba todo lo que podía para destensar sus agarrotados músculos. Las piernas le dolían más por cansancio que por los golpes recibidos, estaba cómodo, pero ese mismo cansancio provocaba que no se durmiera.

Por su cabeza pasaban muchas cosas. Llevaba días sin hablar con sus hijos, ahora pasando unos días con su madre, y decidió que al día siguiente les llamaría sin falta porque echaba de menos escuchar sus voces. Pensaba también en esa dura caminata que se había pegado hasta llegar allí y la gran alegría que le supuso alcanzar la cima de la montaña. No estaba demasiado acostumbrado últimamente a victorias y eso es lo que alcanzar esa cima le supuso, una victoria. También pensaba en la actitud de ese hombre, Juan, que le había acogido con tanta amabilidad y cuyo comportamiento cambió al cruzar la puerta de su casa. Pensó que en ese matrimonio había algo que no funcionaba, quizás por cansancio, quizás por apatía. No se les veía felices ni a gusto el uno con el otro, algo que ni siquiera se habían ocupado en disimular delante de él.

Quizás le estuviera dando demasiadas vueltas a aquello porque en realidad no era su problema. Pero en ese poco tiempo que había estado con ellos les había cogido un cierto cariño. Su amabilidad y hospitalidad le habían impactado y de hecho allí estaba, durmiendo en su casa. Le habían abierto la puerta a un completo desconocido. Eso era muy reconfortante para Carlos, daba una imagen de confianza que hacía que se le abrieran muchas puertas.

Y después estaba María, ¿por qué le había impactado tanto aquella mujer? ¿Por su vitalidad? ¿Por su amabilidad? ¿Por su belleza? ¿O quizás por el comportamiento que su marido había demostrado hacia ella? Se podía imaginar el ambiente que se respiraría entonces en aquella casa normalmente. Le daba la sensación que una persona como María estaría allí como atrapada. No había actividades en el pueblo que estuvieran a la altura de una mujer que le había parecido tan inteligente como curiosa. La conclusión a la que llegó finalmente fue que le daba demasiadas vueltas a las cosas y que probablemente fueran imaginaciones suyas. Puede que, simplemente, hubieran discutido esa mañana y no les hubiera dado tiempo a reconciliarse cuando él apareció por allí.

Después de estar durante una hora dando vueltas a esas y otras muchas cosas le pudo el sueño, aunque no durmiera toda la noche de forma continua. Llevaba ya muchos años en los que no conseguí recordar una noche en la que no se despertara a lo largo de la misma. Abría los ojos, miraba donde estaba y giraba su cuerpo para cambiar de postura y continuar durmiendo.

El movimiento que se escuchaba por la casa y la luz que entraba por la ventana le hicieron despertarse sobresaltado. Eran casi las diez y media de la mañana. No había tenido la prudencia de preguntar a qué hora solían levantarse y le daba mucha vergüenza continuar durmiendo mientras toda la casa estaba ya despierta. Se levantó de un salto de la cama y se puso la ropa limpia que llevaba en la mochila y que se había ocupado de lavar en el riachuelo de la cima de la montaña. Salió con cuidado y con mucha vergüenza de la habitación y ante un simple hola apareció María a su espalda.

– Buenos días Carlos, ¿qué tal? ¿Has dormido bien?
– Buenos días María. Si, gracias, he dormido muy bien.
– He procurado hacer el menor ruido posible, espero no haberte despertado.
– Todo lo contrario María, no me he enterado de nada. Fíjate lo tarde que es.
– No te preocupes, es normal que estuvieras cansado. Yo me he levantado a las ocho y Juan se ha ido a las siete de la mañana porque tenía mucho trabajo.
– Ah, muy bien. Pues yo no quiero molestaros más, voy a continuar mi camino.
– Pero, ¿no te vas a dar una ducha y a desayunar? Tienes una toallas limpias en el baño y te he preparado un desayuno que te vas a chupar los dedos. Venga, vete a ducharte, que yo te espero en la cocina.

A pesar que hacía muy buen tiempo, Carlos, decidió ducharse con agua caliente. Hacía tiempo que no se pegaba una ducha así y lo echaba de menos. Estaba resultándole una ducha tan placentera que no se dio cuenta que llevaba como diez minutos debajo del agua. Se secó, se volvió a vestir, se lavó los dientes y bajó a ver con qué manjares le había deleitado María.

Cuando entró en la cocina lo primero que le preguntó María fue que cuántos huevos fritos quería. Parecia como si le conociera, ese era uno de los desayunos favoritos de Carlos. No solía tomarlo habitualmente en casa pero siempre que estaba fuera le encantaba hacerlo. También había visto que le había preparado sobre la mesa jamón y un buen café para que ya todo fuera perfecto. En cuanto empezó a comer pensó que no podría haber nadie en el mundo disfrutando tanto de un momento como él lo estaba haciendo con el suyo. Encontró a María más bella todavía que el día anterior. La belleza de una mujer se ve con la cara lavada y sin maquillaje y el aspecto que tenía esa mujer era extraordinario, a pesar de lo desacertado de su indumentaria. Carlos se sentía de nuevo a gusto y tenía ganas de hablar. Le daba la sensación que esa mañana el que preguntaría iba a ser él.