El mero hecho de pensar en continuar su caminata le producía una enorme pereza. Hasta volver a ponerse la camisa era un ejercicio costoso, después de aquel baño y las horas de relajación. Era normal, ya le había pasado otras veces con actividades muy distintas, y mucho más engorrosas que andar. Tras esos momentos de inicial pereza decidió pegar un último vistazo desde la cima a la ruta que iba a tomar. Veía el curso del río serpenteando a lo lejos marcado, claramente, por una hilera de árboles como si fueran balizas para no perderse. El curso de río que podía ver desde allí era como de un kilómetro aproximadamente. Decidió dejar de mirar y empezar a caminar, mirar también le provocaba una gran pereza pensando todo lo que le quedaba por andar. Mejor empezar la marcha que el sufrimiento que le producía mirarla.

La bajada no era demasiado pronunciada y decidió alejarse unos metros de la orilla del río, debido a la incomodidad que sería caminar encima de piedras. Los árboles que marcaban el curso del río quedaban a su derecha y había un estrecho camino natural que le haría más cómoda la marcha. La vegetación era abundante debido a la cercanía del agua y también los mosquitos. Decidió cubrirse el cuerpo lo máximo posible a pesar del calor para evitar las picaduras. Lo que más cuesta al empezar algo es el momento de inciarlo, una vez se puso en marcha enseguida consiguió coger un buen ritmo. En su cabeza tenía muchos pensamientos, sólo interrumpidos por un conteo de los pasos que iba dando. Doscientos uno, doscientos dos, que extraño pájaro el de esa rama. ¿De qué especie será?

Pronto se dio cuenta que aquel paseo era un saludable ejercicio físico, pero sobre todo mental. Muchos de sus problemas reales, de esos que muchas veces le despertaban por la noche, pasaron sorprendentemente a un segundo plano a pesar que sabía perfectamente que no habrían desaparecido a su vuelta. ¿Su vuelta? ¿Y cuando volvería? ¿Cómo volvería? ¿Volvería? De momento lo que más le importaba era aquella caminata a la que, de momento, no ponía límites ni de espacio ni de tiempo. No es que no tuviera obligaciones, no es que tuviera un tiempo libre ilimitado. Es que se había dado cuenta que en los últimos años no había dedicado ni un minuto de tiempo a sí mismo. Sus circunstancias de vida de los últimos años le habían provocado unas extrañas consecuencias. La mayor de ellas era sentirse obligado con todo el mundo a su alrededor. Permitió que le fiscalizaran su vida de tal forma que ya lo veía como algo natural. Esa naturalidad le obligaba a sentir la necesidad de dar explicaciones de cada paso que daba o cada decisión que tomaba, a todo el mundo a su alrededor. Todo eso le provocaba una gran angustia, la de añadirse a sí mismo cargas que en realidad no tenía. Era duro vivir con las cargas propias más las que él mismo, y quizás también los demás, imponían.

Aquella, la de hacer aquella ruta, era la única que en los últimos años ni había consultado con nadie ni había hablado con su entorno más cercano, como pidiéndoles permiso. Todo eso le provocaba una sensación mayor de libertad, necesitaba ese tiempo para él mismo. Necesitaba el tiempo al que había renunciado como una especie de castigo. Se lo merecía, aunque fuera posible que los demás le juzgaran con la misma dureza que le juzgaban la mayoría de las veces, calificando todo aquello como una especie de egoísmo. Algo a lo que, al parecer, todo el mundo le había quitado el derecho: una pequeña atención para sí mismo.

Ya no divisaba la cima de la montaña a la que tanto le había costado subir. El majestuoso árbol que la coronaba ya había desaparecido por completo y también las sensaciones que le había producido alcanzarlo. El sonido del agua del río era tranquilizador, era la mejor de las bandas sonoras que podría tener en aquella situación. Tenía sed, decidió acercarse a la orilla para beber agua directamente del río. Se había dado cuenta que había comenzado a tener esa especie de prisa que le impedía parar a tomar un bocado tranquilamente. No tenía tiempo, aunque en aquellos momentos era lo que más le sobraba.

Tenía claro que iba a pasar la noche al aire libre. Había caminado mucho y no tenía idea de que hubiera ningún alojamiento cercano. En ese improvisado viaje en el que no llevaba absolutamente nada preparado no sabía con qué se iba a encontrar, todo sería como una especie de sorpresa. Pasado uno o dos kilómetros empezó a observar algo que hacía cambiar el paisaje, había campos cultivados. A pesar de ello no parecía que hubiera ningún pueblo cercano, aunque no debería estar demasiado lejos, diez o quince kilómetros a lo sumo. Una pequeña distancia para realizarla en coche, pero andando por aquel camino sería unas tres horas mínimo.

Estaba ya atardeciendo, el sol calentaba con mucha menos fuerza y se daba cuenta que la luz era cada vez más tenue. En ese momento fue cuando se dio cuenta que llevaba cuarenta y ocho horas din dormir y estaba empezando a encontrarse cansado de verdad. La posibilidad de encontrar una cama donde dormir se le hacía casi imposible, casi como si le tocara la lotería. Estaba absorto en sus pensamientos cuando escuchó a lo lejos el sonido de algo parecido a un tractor. La lógica le decía que si había cultivos alguien tendría que trabajarlos. Tuvo claro en ese momento que el pueblo estaría mucho más cerca de lo que pensaba.

Sus oídos no le traicionaron, a unos trecientos metros se divisaba aquel tractor que había escuchado. Decidió acelerar la marcha, puesto que parecía que había terminado ya su trabajo y que volvía hacia casa. Ante el miedo a que definitivamente se fuera decidió correr y gritar para hablar con el agricultor. Había tenido suerte, observó que había bajado del tractor y había parado el motor esperándole con los brazos en jarra y, sin ninguna duda, con una gran desconfianza.

– Hola buenas tardes, disculpe que le moleste. Me llamo Carlos, ¿cómo estás usted?
– Hola, bien.

Era evidente que aquella persona estaba entre sorprendida y desconfiada, sería difícil entablar una conversación con él, y más para pedirle un favor. Había aparecido un desconocido en sus tierras que venía, además, de una dirección de la que nadie venía nunca, y menos andando. Decidió no dar demasiadas explicaciones e intento ser lo más amable posible para resultar simpático.

– Mire, vengo caminando desde bastante lejos y me preguntaba si me podría hacer el favor de llevarme con usted a su pueblo. Estoy buscando un sitio donde dormir.
– Pues lo tiene usted difícil, el alojamiento más cercano está a sesenta kilómetros de distancia. Bastante lejos para ir andando.
– Ya, pero por lo menos habrá un bar en su pueblo en el que pueda comer algo, estoy desfallecido.
– Si eso si, monte en el tractor yo le llevo.
– Muchas gracias, por cierto, ¿Cómo se llama usted?
– Juan, me llamo Juan.
– Muchas gracias Juan, encantado.

Aunque no tuviera claro donde iba a dormir el hecho de sentarse en un bar a comer y beber algo ya le pareció un lujo. Le produjo, además, una gran alegría que aquel hombre le acercara al pueblo, a pesar de su desconfianza inicial. Aunque la cabina era pequeña subirse en aquel tractor fue como si le fueran a acercar a un pueblo en un Ferrari. No sabía los kilómetros que había recorrido, pero se había habituado de tal forma a andar que había ya casi olvidado la comodidad de un medio de transporte.