– Pero Juan, si yo me voy mañana por la mañana.

Esa fue la única frase que Carlos fue capaz de articular tras la petición de Juan. Carlos era una persona siempre dispuesta a hacer los favores que estuvieran en su mano, pero no le gustaba nada ser portador de malas noticias. Y mucho menos hacia una persona a la que había cogido ya cariño como María. Era capaz de entender casi todo, pero no era capaz de entender la cobardía de no asumirlo y contarlo. Que Juan le hubiera pedido eso le parecía un acto de egoísmo, pero no tanto hacia él como hacia María, su mujer de toda la vida. ÉL no sabría cómo hacerlo, apenas conocía a María como para saber enfocar una conversación de ese tipo con ella. Cuando se conoce a alguien se sabe cómo explicarle las cosas, de qué manera va a afrontar mejor una noticia así.

Pero por otro lado estaba Juan, más tranquilo por haber contado a alguien su secreto pero totalmente alterado sabiendo que había llegado el momento de contárselo a su mujer. Se sentaba y se levantaba, daba pequeños paseos y se volvía sentar. Estaba nervioso, alterado, estaba fuera de él. Intranquilo como el que está en una sala de espera de un hospital. Daba la vuelta, miraba hacia Carlos como queriendo decir algo, pero no decía nada. Así una y otra vez hasta que de repente le volvió a mirar con cara de decidido y nervioso.

– Carlos, he sido muy injusto contigo. No puedo pedirte que le cuentes a María algo así. Lo voy a hacer yo, hoy mismo.
– Si Juan, creo que debes hacerlo tú. Es una buena decisión.
– ¿Me acompañas?
– No Juan, yo esperaré fuera. Me iré al bar, daré un paseo. No se, ya veré qué hacer. Pero debes ir tu solo, debes ir a contárselo lo antes posible.
– Tienes razón.

Y Juan se marchó casi corriendo a casa, después de que Carlos le acompañara hasta la altura del bar. El bar parecía ya el segundo lugar de residencia en el pueblo. De las pocas personas que había dentro casi ninguna se inmutó ya ante su entrada. Nada más verle entrar le pusieron su cerveza, como hacen los camareros que ya conocen a sus clientes de toda la vida. Un trago, un vistazo al periódico, nada interesante. Vuelve a levantar la vista hacia la televisión, las noticias. Mirada al teléfono móvil, ninguna novedad. Y así fue pasando el tiempo, una cerveza tras otra. Había pasado ya una hora y todavía le pareció demasiado poco tiempo. El motivo de la conversación era lo suficientemente importante como para que esta fuera larga. ¿Qué hacer? ¿Debería modificar los planes e irse esa misma noche? Las cosas habían cambiado tanto en tan pocas horas que no parecía el mismo día aquel que estaba a punto de terminar al que comenzó.

Dos horas ya y Carlos seguía en el mismo sitio y con los mismos movimientos de aquel que no sabe que hacer, de aquel que está haciendo tiempo. Alguna que otra conversación sin importancia, teléfono móvil, vistazo a la prensa y televisión. Comió algo, tenía hambre y era, además, otra forma de hacer tiempo. Casi tres horas ya, ya empezaba a ser muy tarde y algo tendría que hacer. Decidió que era ya el momento de ir hacia la casa, si seguían hablando él recogería sus cosas y, simplemente, se marcharía.

La casa de Juan y María parecía un lugar más oscuro y solitario de lo que le había parecido la noche anterior, mientras la miraba desde lejos. Quizás fuera el saber lo que estaba pasando allí dentro lo que la hiciera un lugar menos apacible. A Carlos le sorprendió observar que la puerta de la calle estaba completamente abierta, se veía una tenue luz del interior a través de ella. Golpeó la puerta un par de veces advirtiendo de su presencia allí. Nadie contestaba, entró. A medida que iba pasando entre todas las fotografías de María y de la familia fue dando avisos de su presencia sin encontrar respuesta. Al entrar en el salón oscuro de repente una voz salio de la penumbra.

– Ya lo sabes todo, ¿verdad Carlos?

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