El camino se había iniciado tranquilo y sosegado. La ruta parecía más fácil de lo que en un principio hubiera podido parecer, era casi hasta un relajante paseo. Tan así lo era que se dedicaba a mirar el paisaje a su alrededor, verdes árboles, grandes praderas y un estrecho camino que, aunque polvoriento, no tenía prácticamente ni una sola piedra. Tan relajado estaba mirando el paisaje que no se dio cuenta que poco a poco ese tranquilo paseo se iba convirtiendo en una dura caminata.

El paisaje empezaba a cambiar, de los verdes árboles pasó a árboles más oscuros, casi grises. Las grandes praderas ya sólo quedaban a su espalda, teniendo sólo de frente, una empinada montaña la cual no parecía acabarse nunca mirando al cielo. No se divisaba el final. Las inexistentes piedras de antes eran ahora puntiagudos guijarros capaces, incluso, de romper las extraordinarias botas de montaña que había comprado para realizar su andadura.

Empezaba a tener miedo. Oscurecía y los animales empezaban a ocultar con sus sonidos el silencio del anochecer. Todavía no sabía que hacía allí, tal vez fue una especie de necesidad espiritual pero tenía el empeño de realizar la caminata. Lobos, lechuzas, murciélagos y algún sonido raro del que no sabía interpretar a que especie pertenecía. No tenía prisa por llegar, pero sí muchas ganas y decidió intentar avivar el paso. Era casi imposible, la pendiente se empinaba cada vez más y en un resbalón se había dado un buen golpe en la rodilla.

Fue una suerte que la piedra con la que se golpeó no tuviera aristas, de lo contrario le habría provocado una herida profunda y no ese enorme moratón. Parar para descansar se había convertido más en una necesidad que en cualquier otra cosa, pero no estaba dispuesto a hacerlo, le daba miedo dormirse con todo ese ruido a su alrededor. ¿Y en realidad que necesidad tenía de hacer todo aquello? ¿Por qué estaba allí? ¿Por qué se hallaba en ese lugar del que era más fácil ya continuar que darse la vuelta?

Algo le obligaba a hacerlo, ni nada, ni nadie en especial, sólo la pura necesidad de hacerlo. La montaña ya se encontraba justo delante de él. Parecía como un inmenso monstruo con aquella oscuridad, que se imponía orgulloso para que no consiguiera continuar. Ahí fue cuando surgió la primera duda, ¿no sería mejor volver? Volver sería una especie de derrota, tendría que recorrer todas esas grandes praderas y, aunque el camino sería más cómodo, seguro que no conseguiría hacerle sentir tan bien como a la ida.

No había más remedio, había que empezar a subir todo aquello, por orgullo, por extraña necesidad y por todos esos sonidos que parecían estar cada vez más cerca. ¿Por donde debía hacerlo? ¿Cómo no se le ocurrió planificar de alguna forma todo aquello? Era cuestión de tener un poco de paciencia e ir rodeando la montaña para encontrar el mejor camino por donde ascender. Al cabo de un rato, escondido entre unos matorrales y unas grandes piedras encontró el mejor sitio por donde subir. Era bastante estrecho y angosto, pero tenía a los laterales ramas y piedras lo suficientemente fuertes como para facilitarle el ascenso. Lo intentaría por ahí, si su maltrecha rodilla se lo permitía.

A medida que subía el camino y la pendiente se hacían cada vez más difíciles. No sabía calcular con que grado de inclinación estaría ascendiendo, pero había tramos que parecían completamente verticales. La noche era ya muy cerrada y la luna, aunque llena, no iluminaba lo suficiente debido a varios nubarrones que la cubrían de vez en cuando. Se volvió a caer dos o tres veces más, ya no lo recordaba, pero las piernas las tenía como su hija pequeña después de acabar los tres meses de veraneo: destrozadas.

En una pierna tenía abundante sangre, en la otra moratones, pero él seguía ascendiendo. Eran ya las tres de la madrugada y sólo paraba a beber agua de vez en cuando y a comer pequeños bocados para no desfallecer. Echaba de menos su cama que, aunque con una de las láminas del somier rota y ruidosa, ahora le parecía el mejor lugar del mundo. ¿Por qué estaba haciendo todo eso? Esa pregunta le asaltaba continuamente en su cerebro, sobre todo cuanto más difícil se hacía todo.

Quizás todo eso le hiciera re-ordenar sus ideas. Quizás la necesidad de estar sólo, harto de las tonterías que oía a diario de la gente de su alrededor a los que cada día soportaba menos. El hecho es que estaba consiguiendo más con su empeño en conseguirlo de lo que avanzaba con sus piernas.

No se lo podía creer, pero aquel robusto y solitario árbol que divisaba a escasos treinta metros tenía todo el aspecto de ser la cima. Ese fue un acicate más para continuar subiendo, esta vez con más intensidad, esta vez con más fuerza. Las piernas le seguían doliendo, tendría que ir al hospital, pero ya casi no notaba el dolor.

Su alegría fue enorme cuando descubrió que tenía razón, la cima estaba marcada por el árbol. Eran ya las siete de la mañana, ya amanecía. El paisaje que entonces pudo divisar a su alrededor le hizo darse cuenta que aquel grandísimo esfuerzo tenía dos recompensas. Una, el puro hecho de haberlo conseguido y la segunda contemplar un paraje que pocos más habían visto, o que por lo menos no les parecería tan hermoso como le parecía a él en ese momento. Recordó entonces su conversación con su amigo:

– No lo vas a conseguir.
– Ni lo intentes, todo el que lo intenta tiene que renunciar y desandar lo andado.
– Es prácticamente imposible.

Si, era cierto, era prácticamente imposible, pero no del todo.